Segundo Encuentro con Yasunari Kawabata
21.07.08 @ 22:24:04. Archivado en Literatura
Quisiera escribir hoy sobre Yasunari Kawabata, el primer premio Nóbel de Literatura japonés. Nacido el 11 de junio de 1899. No pudo disfrutar de una infancia feliz debido a la muerte prematura de sus padres, devastados por la tuberculosis. No es extraño que muchos años después, decidiera quitarse la vida inhalando gas en su casa, quizás como fatídico homenaje a quienes le procrearon, ahogados en su propio esputo y sangre pulmonar.
Debo entender que antes de descubrir un punto refulgente en la oscuridad de lo cotidiano, un estremecimiento sensorial o espiritual sirve de aviso de señalamiento de que algo ha de surgir con resplandores inesperados.
Lo importante sería estar preparados para la recepción de ese instante. Kawabata emprendía su proceso creativo con esa expectativa, mientras narraba o describía alguna situación, carácter o suceso. Siempre habría detrás de lo rústico y lo vulgar un sutil mundo de delicados contornos y sublimes alegrías estéticas.
Ese era el momento de la magia para Kawabata. Aprendió a estar atento a la señal, al surgimiento de la chispa del pedernal más húmedo. Desarrolló el olfato por lo sensitivo, por lo serenamente hermoso, no necesariamente espectacular ni grandioso.
Revierte esa magia la pesadumbre de lo cotidiano y lo desleal, de lo horroroso y lo patético. Espera ese atisbo de la belleza, tal vez como símbolo de perfección divina, tras la confluencia del dolor y del horror. Siempre estará allí la flor después del lodazal, escondida en un minúsculo y rugoso grano, siempre prevalecerá la música después del grito, el color después de las tinieblas.
Si leemos una historia de Kawabata, parece que nos deslizáramos con cierta velocidad sobre un césped mullido por el declive de una colina. Se puede sentir la brisa en el rostro, el olor de la hierba empapada de relente, pero de pronto, una inclinación del ángulo de descenso, aumenta la velocidad y el vértigo para encontrar un final quebrado, fragmentado a partir de una suposición inicial.
Se impone cierta expectativa, como si aguardáramos el siguiente paso, el próximo párrafo donde han de concluir en pleno movimiento del sentido común, las historias bajo la égida de lo inusual y lo inesperado.
Es como una emboscada de excéntrica consumación. El silencio nos asalta y nos hace quedarnos ávidos de otro movimiento de la batuta de esta sinfonía. Algo de turbación nos ha sorprendido, pero sentimos una especie de alivio y de felicidad al ver ese último punto, allí donde al parecer todavía queda para algo más que no habíamos pensado.
Sin embargo, las deudas son saldadas. Kawabata nos ha dicho lo que pretendía. Nos condujo con una lámpara por delicados sitios, a veces un salón donde se han rotos los cristales, a través de cuyas traslúcidas mamparas podíamos percibir sombras que se deslizaban, figuras secretas capaces de empujarnos a un precipicio con tan solo un amago.
Después reparamos, al recordar todo lo leído, que cada palabra ha sido cincelada sobre una base de mármol, imperecedero asiento de la belleza para conducirnos hacia ese punto donde no hay para más.
La ruborizada expresión de la mujer, la sensualidad vuelta cenizas del anciano que observa a la adolescente dormida sin rozarla, la suave curva secreta de los escondrijos de la mujer palpada por su aliento, el viento entre los bambúes y las flores, el callejero circular de los vehículos, el concurrido restaurante, recuperan la belleza primigenia de un universo de ficción.
Japón es dibujado por Kawabata con un fino pincel, sobre un frágil papel de arroz en medio de una tormenta de cambios, de movimientos, a veces inesperados y otros previstos desde el horizonte de los tiempos.
Kawabata fue maestro de otro trágico escritor nipón, Yukio Mishima. Como él, Yasunari optó por el suicidio. Tanta sensibilidad no podía mantener vivo un organismo como el suyo, tanta sutileza y amor por la levedad no podría ser encapsulada por tan grosera materia, por tan apestoso empaque como es el cuerpo humano.
Conectados por diversos eslabones, por desiguales influencias, ambos maestros sucumben a sus propias angustias. Kawabata es más delicado, pero menos poético que Mishima que vierte su sangre sobre la alfombra donde después rodará su cabeza.
Kawabata es una entidad aérea, un ave mecida por la brisa sobre la pelada montaña de un monte, es un organismo hecho apenas de cartílagos y ángulos óseos. En su mirada se atisba cierta nostalgia de nubes y de espacios abiertos.
El autor japonés se desconectaba de la realidad, pero no para interpretarla, sino para percibirla desde otro ángulo sin motivaciones rutinarias, para observarla desde la perspectiva otorgada por un hilo de luz inesperado o una ráfaga de viento que desvela una raíz del polvo del camino.
Sabe que detrás de todo hay belleza. No concibe que tras la muerte no haya habido esa forma de sublimación estética. Por eso la busca en todos los movimientos del orbe, en los abruptos cambios, en los solapados escondrijos o en las formas más convencionales o vulgares… por eso recurre al suicidio como máxima especulación filosófica de esa belleza a la cual aspira.
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Roderick Guzmán Meza


