Terrorismo Intrafamiliar (R)
16.07.08 @ 21:22:14. Archivado en Cultura
Ni edad, educación, religión, clase social, grupo étnico o nacional pueden eximirse, la violencia intrafamiliar está más allá de encajonarse. El dolor físico, moral y psicológico es lacerante y perturba la vida de quienes han tenido el infortunio de padecerlo.
Este problema se ha extendido por todo el orbe y deja manchas por todas partes. El macho domina y debe ser obedecido. Su voz dicta las leyes y su mano es una férrea tenaza. El golpe sucedía al grito y el sufrimiento es un camino interminable.
El perfil del terrorista intrafamiliar, según los especialistas, se forma con lentitud, con tenacidad durante los años de crecimiento del individuo. Es lógico suponerlo víctima del ultraje, acumulando dentro de sí toda la potencia de su ira para desahogarla más tarde, cuando su condición le permita cobrar una fantasmal venganza.
La cultura machista ya no es un asunto focalizado en un determinado grupo de la población. Los latinos ya no somos el prototipo del macho escandaloso y abusivo; otras culturas poseen ínclitos ejemplos de voracidad y sus modelos alcanzan fastuosas cuotas del salvajismo.
Hemos conocido casos entre chinos, hindúes, hispanos, británicos, estadounidenses, árabes, en fin, asentado en muy diversas sociedades, el terrorista intrafamiliar se desliza con el antifaz de una edulcorada personalidad, socialmente potable y afectivamente apetecible.
Ese hombre que domina a su pareja al punto de agredirla una y otra vez durante años, es un sociópata feroz, incapaz de vencer el demonio que se hospeda en su alma, al menos sin someterse a un prolongado proceso curativo.
La agresión puede ser el golpe tenaz, la tumefacción, la hemorragia, la carne abierta, el hueso roto. También el insulto soez, la voz tronante, la obscenidad, la contundencia en el verbo lacerante.
La violencia de género ha comenzado a repuntar las estadísticas. Los números de hace un año han sido rebasados con solvencia por las cifras actuales. La sociedad comienza a sentir el furor y el empecinamiento del criminal doméstico e intenta detenerlo.
Los organismos de bienestar social, las organizaciones no gubernamentales elaboran estrategias para enfrentar el flagelo y no pocas veces se encuentran con una muralla de desidia levantada por los sistemas jurídicos.
Innumerables han sido las ocasiones en que las mujeres agredidas, cuando se han atrevido, han interpuesto denuncias contra sus maltratadores y las medidas no han logrado inquietar a los trasgresores que una y otra vez se abalanzan contra las indefensas féminas a las que algún día encandilaron con el fogaje de su pasión y que ahora se han convertido en blanco de sus traumas y sus complejos.
Mujeres asesinadas ocupan la portada de los diarios, sus rostros desfigurados, sus ojos fríos y muertos, como remedo de una belleza marchitada por el aliento del vacío o congelada por la nada.
Una gran cantidad de señoras en el mundo sufren por el maltrato, son golpeadas o violadas en su propia casa, por su marido o cónyuge. Las Naciones Unidas han indicado que al menos el 25 por ciento han sido violentadas sexualmente alguna vez en su vida.
La organización ha señalado que según el país, del 25 al 75 por ciento de las mujeres, reciben maltrato físico en sus hogares de manera habitual. Cerca de 120 millones han sufrido la mutilación de sus genitales o han sido discapacitadas como consecuencia de acometida violenta de su pareja.
Igualmente informan las estadísticas, la mujer enfrenta el riego de morir asesinada por su marido, en mayor proporción que por un extraño.
Este escenario es consecuencia de una cultura de la violencia en la que el hombre duro, fuerte, agresivo, dominante, incapaz de mostrar sus sentimientos más sutiles, se convierte en el tirano que debe imponer su voluntad.
Además, el consumo de sustancias como el alcohol y las drogas potencializan las posibilidades de una conducta hostil y agresiva.
A pesar de todos estos puntos en contra, el agresor termina colgándole a la mujer el calificativo de loca, de provocadora. Es necesario darle un escarmiento, alegan los infractores.
Crear una relación de dominio donde se incluyen también los hijos es el objetivo del maltratador. El miedo en sus rostros es un estímulo ardiente para este sujeto de malsanas reacciones. Su corazón es de hielo y sus puños de hierro.
Los agresores pueden presentar un perfil difuso. No existe una fórmula que permita ubicarles o definirlos de manera infalible. Sin embargo, uno de los puntos donde podrían encontrarse las simientes de su malevolencia es una autoestima vulnerada, un complejo de inferioridad que le impulsa a someter con la única opción que le queda: la fuerza bruta o la violencia.
Quizás exista un elevado nivel de frustración al no poder haber logrado insertarse de manera eficiente en un fantástico mercado de competitividad. Esto ha de convertirlo en la fiera herida al acecho, esperando tan solo la señal que desatará toda su furia.
Otros elementos propuestos por los estudiosos del fenómeno es la necesidad de controlarlo todo, de sus emociones y la de los demás. También son incapaces de acceder a las profundidades de la tristeza y por ello se colocan el antifaz. Esto más bien permite la represión temporal del torbellino, después se desencadenará la fuerza telúrica.
Es impresionante y deplorable que hasta un 24 por ciento de las mujeres embarazadas haya sido golpeada por su pareja, recibido puntapiés en el vientre, bofetadas en el rostro, puñetazos y empujones. Los terribles resultados podemos imaginarlos.
Por su parte, la Organización Mundial de la Salud maneja cifras que indican que el 20 por ciento de las mujeres entrevistadas por sus funcionarios que habían sido maltratadas físicamente, no habían comentado el hecho con nadie.
Una cantidad menor asegura haber acudido a las autoridades, sin recibir ayuda. Esto terminó en algunos casos por colocarlas frente a su agresor con las consecuencias ya imaginadas.
A pesar de que la mujer ha logrado ganar sus espacios en el mundo, los cambios en las legislaturas son mucho más lentos de los que se dan en la sociedad. Los esquemas existen y se aferran con tesón a mantenerse, en tanto que el mundo intenta cambiar en otras cosas distantes de este mal endémico.
El hombre que sufre estos malestares psicológicos debe comprender sus sentimientos y no temerles. Tiene todo el derecho del mundo a sentir tristeza y a deprimirse sin dirigir su ira contra quien precisamente es su mejor y mayor aliada.
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Roderick Guzmán Meza


