Mujer salva de la pena de muerte al asesino de su hijo
15.07.08 @ 21:34:21. Archivado en Cultura
En una calurosa tarde, dos hombres discutían por una deuda. Las voces subieron de tono, los insultos saltaban por todas partes y se convertían en aristas de fuego. Los pájaros que reposaban sobre un naranjo levantaron el vuelo asustados por el griterío. Los tenderos se asomaron a las puertas de sus negocios para observar la disputa. Los primeros golpes fueron lanzados con fuerza y dieron en el blanco, un rostro pálido y chato de pómulos altos y ojos rasgados.
Después de unos minutos de forcejeo, uno de los dos rivales doblegó al otro gracias a su mejor manejo de las manos en el acto de agresión. El otro cayó sobre el pavimento con heridas en la cara. Casi vencido, con el convencimiento de que la humillación le envolvería, extrajo de su cinto un cuchillo y abrió el vientre de quien le había depositado en el suelo con un soberbio derechazo.
Sobre un charco de sangre, el herido intentaba afanosamente retener el hálito de vida que apenas le quedaba. En cada expiración dejaba escapar sus fuerzas y pronto una nube oscura cubrió sus ojos. El otro intentó escapar pero fue detenido por dos guardias que habían sido advertidos por algunos vecinos.
Le condujeron al cuartel de policía donde fue después, puesto a órdenes de las autoridades competentes de Pekín. Llegó hasta la prisión donde, después de recorrer un resonante pasillo, fue ingresado en una de las celdas. Quienes le condujeron habían de instalar en su rostro un par de moretones, un cíngulo violáceo sobre uno de los ojos le daba una apariencia de bufón.
Song Xiaomin, el asesino, compareció ante el tribunal pocos meses después. El juez era un hombre cetrino y de rostro duro, con profundos arrugas que surcaban su frente y sus mejillas. Detrás de unas gafas bifocales de grueso y oscuro molde, unos pequeños y oblicuos ojos castaños miraban con dureza al reo mientras argumentaba.
Sentada en silencio a pocos metros del acusado, la madre de la víctima posaba su mirada sobre diversos objetos de la sala, un cuadro de Mao mirando el horizonte en pose rebuscada, un paisaje nevado de árboles quebradizos y pájaros fantasmales que deformaban el cristalino reflejo de un lecho fluvial. No quería escuchar los argumentos del hombre que había matado a su hijo, del perverso espécimen que le había expropiado de la felicidad.
En un momento de descuido de los guardias (ocurre también en los más rígidos sistemas), el recluso, esposado y suplicante se lanzó a los pies de la señora Liang Jianhong que intentaba evadir el contacto y se levantaba a medias sin poder desligarse del oneroso encuentro con el asesino de su vástago.
Aferrado a la basta de la falda de la mujer, Song lloraba y gemía con desolación. Algunos de sus gritos se deslizaron entre los pliegues de las cortinas y se incrustaron por los poros de la pared y otros salieron por debajo de las puertas hasta incorporarse al bullicio del pasillo principal de la estancia.
Esta historia comenzó en el año 2006, cuando Song había viajado a Pekín con el hijo de la señora Liang, Ma Gang. Vivían al norte de la capital china en una aldea de poca expectativas, de magníficos silencios y de famélica pobreza. Ambos compartieron durante su estancia en la gran ciudad, habitación, alimentos y otros recursos. Al parecer, Ma Gang enfrentó un apremio y pidió prestado a su amigo.
Pero el dueño del dinero también debió hacer frente a una carestía y pidió el pago de su efectivo, lo que Ma Gang no pudo hacer. Entonces vino la discusión, los empellones, los insultos y la agresión.
El proceso ya es conocido. El juez fue implacable y tenaz en su decisión. Indiferente a cualquier ruego o demanda. Sin embargo, una reforma de la pena de muerte fue hecha en China en el año 2007 y su suerte cambió. La modificación legal permite revisar las penas capitales decretadas por tribunales menores.
La condena fue cambiada a solicitud de la madre de la víctima quien recibió la promesa del asesino de cuidarle en su vejez, de convertirse en una especie de hijo sustituto, de sombra bienhechora.
La benevolente dama dijo a los medios de su país que la ejecución de Song no iba a devolverle a su hijo y por eso pidió una oportunidad para el asesino. Ella aseguró que le odia y lo seguirá haciendo por el resto de su vida, hasta rechazó cualquier tipo de compensación económica por parte de la familia del reo porque son más pobres que ella, pero de nada valdría verlo morir ante un pelotón de fusilamiento ni mirar su cuerpo colgado por el cuello de una cuerda en la plaza pública.
Por su parte, Song, dijo haber aprendido una lección de tolerancia y humanidad y prometió hacerse cargo de la señora cuando salga de la prisión dentro de doce años, que ha sido la pena a la que ha sido destinado.
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Roderick Guzmán Meza


