Elegía por la muerte de mi Padre
14.07.08 @ 21:21:45. Archivado en Personal
Y por fin, ¿era este el dolor deparado por el destino y la vida, era esta la consumación de todos los misterios, de todos los credos y dogmas, de todos los miedos y los enigmas? ¿Es este el destino final de la conciencia o acaso todavía nos queda por descubrir otro secreto?
Te hemos perdido, padre, una mañana luminosa. El canto de los pájaros en tu ventana no anunciaba el aciago momento de tu partida, el resplandor del sol no presagiaba la presencia de las tinieblas en torno a ti.
Una pérdida, el desvanecimiento del pensamiento, el corazón hecho polvo, la niebla sobre la mirada, las tinieblas del alma expuestas. Un vacío abierto entre dos polos, la nada como el sendero que conduce a la eternidad donde los dioses han preferido habitar para olvidarse de nosotros.
Sobre ti, padre, ávidas de tu esencia física, ansiosas de tus formas, las manos de la muerte, largas y huesudas que rozan tu rostro, los dedos descarnados que acarician tu cabello inmóvil y delinean tu perfil.
Te has marchado en una mañana llena de luces y colores, con un solo movimiento, un estertor casi imperceptible. El sol chorreaba oro sobre el paisaje. La brisa esparcía el olor de la tierra húmeda, bañada de relente y de licores sagrados.
Te has ido entre los alaridos del corazón, en medio de los desvanecimientos de la tristeza.
Ahora estás entre los elfos y las hadas, en la dimensión de la fantasía y las especulaciones. El fuego de tus ojos se consumió como una antorcha en la tormenta, tus palabras se convirtieron en humo y cenizas, mientras descendían desde los altos barandales del día los residuos de una noche lenta y trabajada por el desvelo.
Ahora, tu partida deja inconclusas algunas cosas, el rigor, la disciplina, el orden se resquebrajan, algo de tu luz se ha ensombrecido en la sala donde te sentabas por las tardes a ofrecernos tus palabras.
Desde algún sitio de tu organización biológica he surgido para establecer mi proyecto de vida. He llegado desde donde se fundaron tus pasiones y ahora te has marchado hacia el horizonte, hacia el sitio donde los remeros agonizan, hacia la playa donde duermen las ilusiones.
Una mano desconocida se extendió hacia ti. Surgió de entre las grietas donde se desataban las turbulencias de los calendarios, de entre los arcones donde habían sido atesorados los sonidos del dolor. Tal vez ahora te conduce hacia constelaciones en formación donde has de ser estrella o cometa, hacia las nebulosas antesalas de la eternidad.
Con el corazón transformado en filamentos te hemos conducido hasta el templo, callados, cabizbajos, cejijuntos. Te hemos colocado entre cirios encendidos, bajo la mirada fría de los santos y de los querubines de rubios rizos.
Tomo asiento ante tu féretro. Imagino que detrás de tu frente se apagan las visiones, en el fondo de los globos oculares se deforman las imágenes que surcaron tu cerebro. Poco a poco la noche se ha instalado en tu cabeza, poco a poco las tinieblas absorben todos los códigos y los credos por ti aprendidos durante noventa años.
Escuchó el sermón del clérigo que alaba tu larga vida, tu legado, tus contribuciones al bienestar de la familia y de la comunidad. Mi madre contiene las lágrimas para responder a las plegarias, para sellar el verbo con un largo amén. Su voz se corta como un relámpago entre las nubes, sus manos son mariposas dormidas sobre su regazo.
Miro sus ojos cerrados mientras reza y el rictus de su boca que tiembla. Miro el contorno de su rostro, estremecido por emociones y recuerdos secretos, desconocidos para mí, en este momento, revividos. Me duele, no solo mi dolor, sino también el suyo, el que traspasa su carne y laceras sus huesos y hace hervir su sangre, ese dolor que adquiere la forma de un retrato, de una voz, de una mirada, de un encuentro.
Por un momento, todo se desvanece, todo se disuelve y se convierte en infinitas partículas. Ha desaparecido en una visión, el santuario y sobre un desnudo promontorio la lluvia cae. A un lado puedo ver búcaros donde los alelíes, las magnolias y los claveles ondulan al compás del viento y de su rapsodia. Después se convierten en clavos, en cuchillos y vestiduras colgadas de los ramajes de los árboles que se asemejan a espectros. Entonces, todo es absorbido por el sonido del bronce que retumba en la tarde imposible y retorno a la realidad.
Entonces, mi mano se aferra a una de las manijas del féretro. A mi lado, sombras, voces, figuras difusas, ahora tangibles y definidas, luego ráfagas.
Levantamos el cajón y creo escucharte decirme algunas frases, padre. Suenan como el vaivén de la llama, la crepitación de los átomos o el aleteo del colibrí sobre la flor abierta y desnuda.
Serán tus proverbios o tus refranes, serán admoniciones por mi semblante masacrado por el llanto a duras penas contenido, acaso tu alegría se desborda desde los confines del tiempo, donde ha terminado el ciclo de los cálculos y las cifras pierden su sentido, donde las dimensiones se diluyen y donde ya no existen las reglas ni los momentos de abatimiento.
Avanza el cortejo con el lamento aferrado a la garganta, incrustado entre los huesos de la tráquea como sílabas de hierro. Las manos entrelazadas como animales impulsados por una incontenible fuerza de extinción.
El paisaje es gris, figuras deformes, avistamientos efímeros, celajes que tiemblan sobre la fluorescencia de la hierba y los caracoles de la locura que se arrastran con la lentitud entre el altar y los lupanares.
Los pájaros aparecen vestidos con chaquetas de vapor entre los rostros de los que lloran, los gritos de las criaturas invisibles que habitan el cosmos se convierten en el murmullo de la tierra abierta, en el insomnio de la lámpara y el suicidio de los cristales.
Nos detenemos. El cementerio es recorrido por una horda de fantasmas. Han llegado ya hace mucho y aparecen para recibir al recién llegado, para conducirlo hacia los pabellones secretos de la noche.
Es entonces cuando veo el lugar fatídico, el sitio de escarnio y desolación, donde los sepultureros han rasgado el manto de la tierra para ajustar la dimensión de la patria de las osamentas. La filosa guadaña del miedo acecha.
Te depositamos con cuidado, con lentitud, con perturbación en el fondo de la fosa. Sabemos que estás ahí, pero lo negamos, te has quedado en casa con la mirada absorta en una fotografía.
De entre mis dedos se desliza una flor. Cae sobre el ataúd. Los pétalos abiertos parecen sonreír y creo escuchar tu adiós en cada susurro de su terciopelo mientras los granos de arena tamborilean sobre la superficie del cofre devorador de carne.
Después, la tierra te cubre. Mirarás por toda la eternidad, la imagen de la Última Cena. Sobre nuestras cabezas se cierne un temporal que aguarda a que concluyamos la despedida para desprenderse de las cisternas del cielo. Mi corazón lo he colocado sobre la lápida y te digo adiós mordiendo mis labios porque sé que algún día volveremos a vernos.
Has comenzado tu viaje, peregrino de la bruma. Alcanzarás tu destino mientras nosotros nos preparamos para partir, algún día. Te digo adiós y de rodillas coloco la palma de mi mano sobre la tierra, se que tú también has de hacer lo mismo.
Queda mi madre entre mis brazos, sus lágrimas se derraman sobre mis hombros y procuro ser fuerte, ser un pedernal inconmovible para impedir su caída. Padre no soy Edipo, ni tú eres Layo, ni mamá es Yocasta. Hemos sido otra forma de tragedia, otra forma de drama, otra forma de existencia.
A MI PADRE, FALLECIDO EL MARTES 8 DE JULIO DEL 2008, EN LA CIUDAD DE PANAMÁ. GRACIAS POR HABER SIDO QUIEN ME DIO LA VIDA, GRACIAS POR EL AMOR Y LA SABIDURÍA, GRACIAS POR HABER SIDO LA LUZ, LA FUERZA Y LA INTELIGENCIA. HASTA SIEMPRE PAPÁ, ALGÚN DÍA NOS VOLVEREMOS A ENCONTRAR... RODERICK GUZMAN MEZA.
Comentarios:
Tarde o temprano todos sufrimos alguna de estas despedidas definitivas de una persona a la que queremos... Roderick, en estos días, ha despedido a su progenitor, esa persona que a veces nos trata con dureza pero a la que tanto debemos, esa persona que nos corrige, pero, sin la cual, tal vez no aprenderíamos a enfrentarnos a las vicisitudes de la vida.
Preciosas las palabras que ha ofrecido Roderick, como definitiva despedida, de la mejor manera que sabe hacer, a aquel que le precedió en su vida, que le marcó un camino, pero que luego, ya anciano, requirió de su ayuda. Si desde el cielo las puede leer, estoy segura de que se sentirá orgulloso.
Mi más sentido pésame, Roderick.
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Roderick Guzmán Meza


