El Incivil Billy The Kid
07.07.08 @ 22:08:28. Archivado en Ficción, Biografías
Se dice que fue producto de una relación tumultuosa entre dos irlandeses, Un hombre de poca estatura pero de espíritu volcánico y una mujer pelirroja de grandes pechos y voluptuosas caderas. Habían llegado los dos a Estados Unidos en busca de una vida sin los apremios que les proporcionaba Dublín. Instalados en Nueva York, pronto vieron sus sueños convertirse en ceniza, en lodosa corriente.
William Harrigan o William H. Bonny era pequeño y flaco. Su cuerpo tenía forma de pera, angosto de hombros y más ancho en la parte baja, con un rostro casi asexuado que le hacía parecer una especie de andrógino, sin sombras ni señas que mostraran el paso del tiempo. Era blanco como la cera y algunas pecas saltaban sobre las aletas de su nariz cuando hablaba. El pelo era rojizo, como una maraña de alambre de cobre.
Sus padres le decían “el niño” porque siempre tuvo esa apariencia disminuida y frágil. Su voz era como el sonido de una flauta, aunque al crecer se tornó levemente más grave, no mucho pero ya dejaron de burlarse los chicos de él. Al principio era tímido y torpe y cuando se liaba a golpes con los demás muchachos no demoraba mucho en ser sometido por los mayores y hasta por los más jóvenes, pero más compactos. No pocas veces llegó a casa con la nariz rota, manando sangre y algún moretón en los ojos.
Eran los tiempos de la expansión territorial de Estados Unidos. La civilización buscaba tierras al oeste y llegaban en oleadas los menos preclaros representantes de una identidad nacional conformada por extranjeros, menesterosos, bandidos y pendencieros.
Los padres de Harrigan decidieron marchar hacia esas tierras sin conquistar en busca de ese sueño que ya se había desvanecido en la metrópoli neoyorkina. No quedaban ya fantasías ni esperanzas en las callejuelas ni en los muelles ni las fábricas. Sobre un carretón emprenden el viaje. En la parte trasera, Billy se adormece con las constantes sacudidas del armatoste.
Pero no llegaron a ver el horizonte que tanto habían anhelado. Sucumbieron a las fiebres y al duro continente que se levantaba como una arpía sedienta de sangre. Billy pudo ver el rostro de sus padres descompuestos por el mal, carcomidos por la niebla de la muerte, ensoberbecidos de eternidad y sombras.
En aquellos lugares la ley escrita no valía el papel donde había sido redactada. Se imponía el poder de las armas, el furor de la violencia, la rapacidad y la fuerza. Billy, era llamado también por sus compañeros KID “el niño”, tal como debieron haber escuchado a sus padres.
Supo antes de usar el revólver las artes del engaño, la magia de la manipulación y la astucia. Enclenque como era, su fuerza física apenas inspiraba pena. Cuando descubrió su rapidez de manos, su capacidad para con celeridad y certeza oprimir el gatillo, se colgó del cinto un arma y envalentonado se alió con grupos de pendencieros.
Ahora estamos en 1875. Los barones del ganado se enfrentan en una demencial guerra en el condado de Lincoln. Billy se enlista al servicio de L.G. Murphy y J.J. Dolan, ambos aliados a una cofradía de políticos corruptos. Entre ellos se mencionaba con cierta cautela al comisario William Brady.
Billy the Kid no tenía mucha confianza en estos hombres que a cada momento conspiraban entre sí y no pocas contra ellos mismos, pero debía sobrevivir en un entorno demasiado hostil, harto peligroso para él. Escuchaba en silencio y acataba las órdenes sin discutir ni objetar. Fue de confianza para esta tríada de pillos, pero también él aprendió las artes de la intimidación y la malevolencia.
Billy conoció poco después a un pistolero de nombre John Tunstal. Este hombre era originario de Inglaterra. Era caballeroso y cortés e inspiraba a Harrigan mucha confianza. Sentía en su interior un afecto casi filial por este individuo que pertenecía al bando contrario al de nuestro protagonista. A Billy the Kid no le importó cambiar de toldas. Es posible que algo de su padre hubiese encontrado en Tunstal.
Pero este inusual caballero murió poco tiempo después. Los antiguos compinches de Billy le tendieron una trampa y lo mataron a traición en una disputa de ganado. El inglés cayó sobre un montón de estiércol de vaca y su rostro fue desfigurado por las botas y las espuelas de sus asesinos.
Billy se enteró de la muerte del hombre al que llegó a admirar como a un padre. Se sentó en el portal de la casa y mirando a lo lejos un remolino de polvo que se movía hacia el este, juró tomar venganza y eliminar a todos los que habían participado en el crimen, así como a los que lo habían dispuesto.
El primero en la lista fue el comisario Brady. Billy hizo agujeros en la pared de adobe de una casa situada en la calle principal del pueblo de Lincoln por donde solía pasar el representante de la ley. Desde allí podía observar a todo el que caminara por la polvorienta avenida. Introdujo su arma en cada uno de los huecos para probar la visibilidad y la posibilidad de disparar sin ser visto.
Caí la tarde de un día de agosto, hacía calor. La cantina hervía en parroquianos. El comisario hacía su recorrido habitual con una hilacha de hierba entre los dientes y el sombrero que oscurecía el lado derecho de su rostro.
Entonces, al verlo aproximarse y mientras levantaba el brazo para saludar a alguien del otro lado de la calle, Billy hizo fuego. La bala entró por la sien derecha y salió por el otro lado de la cara. Destruyó el pómulo izquierdo y parte de la mandíbula. Otro proyectil le rozó el hombro y un tercero hizo trizas el tabique nasal antes de que el cuerpo ya sin vida se desplomara totalmente. Todo fue tan rápido que Harrigan logró escabullirse sin ser visto.
Billy pidió perdón por este crimen al gobernador Wallace, quien había llegado hasta Lincoln para tratar de restablecer el orden por instrucciones precisas del presidente Hayes. Tal vez tuvo la intención de enmendarse, de ser un individuo que colaboraba con el desarrollo de aquella parte del país, tal vez alentó la idea de instalarse en una granja y cultivar algunas hortalizas y producir ganado de leche junto a su mujer y sus hijos. No lo sabremos nunca.
El asunto es que el funcionario aceptó la propuesta de Harrigan. Pero como éste se negaba a rendirse y demostrar cobardía, simularon una operación de captura donde hubo disparos de más, algún que otro rozón de bala y persecuciones.
Sin embargo, el perdón no llegaba. Billy the Kid comenzaba a ponerse nervioso y enviaba telegramas que no eran respondidos. Alguien llegó hasta él un día con la noticia de que se planeaba capturarle y llevarle a juicio. El gobernador no respondía ningún telegrama, así como tampoco había demostrado interés en volver a tomar en cuenta el asunto.
Los policías se aproximaban desde el este. El pistolero intuía la traición. Preparó varios caballos y algunas provisiones para escapar. Trató de irse de madrugada cuando las sombras son como una pared por lo densas. Cuando traspasó los límites del pueblo, aparecieron los gendarmes. El tiroteo no tardó en rasgar los telares del silencio de esa alta noche.
Billy se ubicó en un elevación perseguido por los agentes de la ley. Una lechuza ululaba cerca de allí sobre una rama. Desde el promontorio asestó sendos disparos a sus perseguidores. Ambos murieron en ese sitio. Billy escupió sobre sus cadáveres y robó su dinero, sus armas y algunas otras pertenencias.
Después de aquel encuentro, la fama le precedía a donde iba. Llegaba a un pueblo y enseguida le salían al paso retadores, pistoleros de poca monta o salvajes matones y borrachos que trataban de ganar algo de fama o acaso el dinero de la recompensa que ya andaba por los 500 dólares, una fortuna para la época.
A Harrigan le tocó escapar a México donde para la época tampoco había muchas diferencias al comparársele con el oeste estadounidense. Allá había enfrentamientos, movimientos territoriales, bandas armadas, asesinos implacables, cazadores de recompensas.
Billy the Kid comenzó a sentir el gusto por apretar el gatillo y ver caer a la gente sobre olas de sangre. Era muy rápido. Sus dedos y sus manos estaban hábilmente coordinados, desde su cerebro la orden de disparar recorría las redes nerviosas que activaban sus manos de manera vertiginosa.
Se dice que mató a 22 hombres, sin contar mexicanos, como el mismo reconoció alguna vez. Sobre la cacha de su revólver había grabadas 22 rayas, cada una representaba un muerto. Harrigan se ufanaba de ello y se procuraba algo de atención para alimentar lo que él consideraba su leyenda.
Mató a ganaderos, granjeros, comisarios, herreros, sepultureros, banqueros y dejó de sentir piedad y miedo cuando el segundo de todos ellos se desmoronó sobre el polvo con un proyectil incrustado en el corazón. La misericordia no era una palabra conocida por Billy.
Formó su propia banda con la que asaltó a los ganaderos y mató a cuantos cometieron la osadía de hacerle oposición. Pero la suerte y la capacidad de lucha se acaban. Es posible que ya este hombre de apenas 21 años se diera por vencido muy dentro de si y con actos sintomáticos que solo logró interpretar un hombre, se entregara para poner punto final a su drama.
Era el 14 de julio de 1881. Estamos en Fort Summer, Nuevo México. Billy fuma un cigarro, cae la noche con celeridad sobre los tejados herrumbrosos de las casas. El viento sopla del este. Por la calle se acerca el comisario Pat Garret, antiguo socio de Billy en la guerra de los barones del ganado. El “niño” se encuentra dormido sobre el regazo de una mujer, una mexicana de ojos oscuros y grandes, de cabello azabache, con una piel rosada como la aurora. Se han amado y Billy le estampa un beso en los rojos labios antes de dormirse.
No pasa mucho cuando la puerta cae derrumbada y entra Garret. Billy intenta tomar su revólver, inerte sobre la mesa junto a una botella de licor. Un segundo antes de que la mano de Harrigan rozara el pesado metal, una bala le entró por la espalda, la segunda le dio en la nuca. Billy cayó sobre un mar de sangre que fluía de sus heridas. Allí expiró.
Hasta aquí la historia oficial. Versiones hay que lo ubican en Inglaterra adonde huiría después del encuentro con Garret que erró los disparos. Otras dicen que quien murió fue alguien parecido a Billy, posiblemente un muchacho sordomudo que le hacía mandados, mientras el bandido escapaba por la parte trasera de la casa. También se ha dicho que el pistolero marchó a Texas donde colgó para siempre la cartuchera y se dedicó a la ganadería. Allí habría muerto a los 90 años.
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Roderick Guzmán Meza


