El Peso de las Vocales
03.07.08 @ 21:44:16. Archivado en Cultura
Henos aquí una vez más para reflexionar sobre el idioma, para entretenernos con alguna curiosa aparición. Esta vez sería interesante aplicar la especulación a variantes más accesibles, como el instrumento que apuntala el pensamiento, las palabras, pero desde su nivel más primario, las letras, en esta ocasión, las vocales.
Con 23 consonantes y 5 vocales hemos creado a través de los tiempos un lenguaje de precisión, de abierta capacidad creativa, de insuperable condición para la complejidad y la simpleza. Además, lo hemos utilizado para contradecirnos, vituperarnos, halagarnos o complacernos.
El genio del idioma ha dado a luz una interminable capacidad para establecer la comunicación, pero también para confundir y entorpecer. De esto último tenemos la responsabilidad los transgresores del habla, los latifundistas del error. Un estropajo lingüístico aparece de pronto como un animal extraño que se lanza sobre nosotros con la voracidad de un extractor de residuos de comida.
Con la letra A, la madre de las aberturas, de las apariciones, las apariencias, tenemos un modelo de amplitud y de asociación, de alcance y apreciación. Podemos amar o arrebatarnos, acomplejarnos de las asociaciones que armamos. No puede existir palabra sin esta letra, ni la madre sería la criatura sagrada que adoramos, ni el padre el fantasma agresor que desde los tiempos antiguos amenaza. No sería la comida algo apetecible en la mesa, ni la bebida estaría en la copa ávida por ser apurada. Podemos asombrarnos, aislarnos y aburrirnos a priori o al acabar con el olor a azufre de Astaroth o de Ahrimán. Su misión también es acercarnos, averiguar y asimilar el hecho de que el asesino acecha.
No nos extraña encontrar la A en los ambientes donde abunda la plata y la avaricia, donde se adormece un alelí o se afana un abanico en arremolinar el aire. Con respeto podemos asimismo encontrarla en las abadías, en los altares mientras en los abrevaderos apuran el agua los animales amenazados por el aspaviento de los ardores solares. En las aglomeraciones y en los asuntos afamados o anodinos que atañen a las ansias se amagan los amigos y los aromas ahuyentan a algunos.
A es la contundencia con que concluye la ira, y salpica de asonancias la carcajada y alienta el asombro ante la advertencia. La apreciamos en el agua y en sus argénteas aureolas. Su tono es de terrible fonación cuando pertenece al mundo del dolor, cuando estremece el ámbito con un ay y de delicadeza cuando transita por el territorio de la satisfacción y se desliza con la apacibilidad de un aaaah.
Alguien me señala que añada al afecto, al amor, pero algún otro argumenta algo con angustia al articular algo tal atracción.
La siguiente vocal, la E, nos lleva de un solo empuje a empezar o emanciparnos de estulticias y efervescencias. La E es cómplice del escupitajo, de la embestida, de la entrega, de los envoltorios sospechosos y sirve de estímulo a los embajadores y admite el ensimismamiento. También nos permite, de la mano del tiempo, envejecer, entender el estremecimiento de la existencia, pero antes de esgrimir erradas expresiones, estudiar, esgrimir y examinar. Sin la E no se es y sin ella no se puede ser. ¿Dónde estarían los enanos si la E no existiera o las ergástulas, los edificios y los ejemplos ofrecidos por nuestros padres y maestros? ¿Dónde hubieran encontrado esclavos los emperadores, así como también enemigos y cómo hubieran ennegrecido su espíritu.
Seguidamente la letra I, esa sutil barra vertical se convierte en una arista de las ideas, de las ideologías, de la insensatez, de la idiosincrasia y la idiotez. No habría imbéciles ni inteligentes. Es curioso que ambos extremos se encuentren en este mismo punto.
Está en la delgadez del hilo y la alegría de los hijos o se somete a los intereses y los impulsos y la ira. De su famélica exigüidad también llegan a percibirse a los imberbes, los iconoclastas y los indios, a los ilustres y a entender el proceso de la ignición que se convierte en incendio. En su delicada conformación, con su frágil delgadez se pueden decir igualmente idioteces y demostrar la ignorancia más intensa. La imaginación pertenece a su reino de verticalidad, de la misma forma que la invención y la instrucción a veces puede tomar elementos de lo irreal.
Por su parte, la O, perfecto círculo, radio irrompible de la eternidad, donde puede encontrarse el oro y el moro así como también quienes oran y olisquean. Los ojos son hijos cercanos del rostro, lo mismo que las olas y el opúsculo, los ósculos y los oasis. Es una dimensión indestructible capaz de ordenar y de obedecer, de opacar y ordeñar. La oscuridad se esparce, en tanto que la noche crece. Es obligatorio organizarse y para ello la O se encuentra siempre disponible.
Al final de la lista la U. Gracias a este arco inverso podemos unirnos, ungir, usufructuar, urdir, conocer las plantas umbelíferas, la unicidad, los unigénitos, reparar en nuestras uñas, conocer el aparato urinario y acudir a los urinales, en tanto la ubérrima tierra nos entrega la uva. La U se asoma también en los aullidos, en las ululaciones de las sirenas, en los abucheos y abluciones y nos deja ese amargo sabor de la punzada como resultado de los abusos.
Después continuaremos encontrándonos con las letras que conforman nuestro idioma. Por ahora, las vocales descansarán como un murciélago, una al lado de la otra en imperfecta armonía.
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Roderick Guzmán Meza


