Las Andanzas del Chino Negro y Peter Foster
30.06.08 @ 20:57:35. Archivado en Panamá, Relatos
Le llamaban Chino Negro, por ser una mezcla de las dos razas. La piel oscura, el cabello lanoso y los ojos rasgados. Algunos dicen que hubo una fusión de las más ásperas características de los dos linajes étnicos. Fue un personaje malévolo que no atendía a reclamos de piedad ni de conciliación.
Habría nacido hacia 1949 en el barrio de Curundú, en la capital de Panamá. Ese vecindario sigue siendo igual de sombrío y húmedo, proclive a la generación de entidades violentas, de auspiciadotes de la muerte y del crimen, a pesar de que la mayoría de sus moradores son trabajadores y honestos.
Sus primeras incursiones en el mundo del delito se iniciaron a inicios de la década del sesenta del pasado siglo. Junto a otros dos compañeros asaltaron una tienda de abarrotes en otro vecindario. Golpearon al dependiente y lo dejaron con heridas en el rostro y golpes en la cabeza.
De esta hazaña resultó un botín de unos treinta y ocho dólares. Para la época y para la edad de los pillastres era un verdadero tesoro. El costo de la vida por aquel entonces era infinitamente inferior a lo que es hoy en día. Treinta y ocho dólares que le hicieron sentir el gusto por el atraco y por la apropiación indebida de los bienes ajenos.
Chino Negro se replegó unos meses debido a la acción policial desplegada por el área. Otros grupos de delincuentes se habían activado, casi al mismo tiempo que el suyo. Mientras tanto, se dedicaba a otra de sus actividades favoritas el consumo de alcohol y marihuana escondido en los zaguanes, junto a sus compinches.
Cuando se presentó la oportunidad, Chino Negro, asumió cierta independencia. El peso de la responsabilidad de liderar el grupo le era un tanto incómodo. Prefería actuar en solitario porque esto le permitía evadirse y esconderse más fácil y disminuía el riesgo de ser reconocido, descrito y atrapado.
En octubre de 1968 se da un golpe de Estado en Panamá. Los militares toman el poder. La irregular situación permite la fuga de algunos delincuentes de las cárceles de la ciudad capital. Chino Negro hace festina esta vez en su propio barrio. Asalta varias tiendas de víveres y se hace de algún dinero que le permite vivir con cierta holgura en las afueras.
Por poco es arrestado cuando se incorporó con afanes de robar en un grupo de manifestantes, contrarios al nuevo orden. Como su fama aún no era reconocida, los policías no tenían idea de que soltaban a un peligroso delincuente, sino a algún advenedizo en cuestiones políticas.
Durante unos años continuaron sus golpes intrascendentes, sus asaltos a punta de cuchillo y sus rápidas escapatorias. Se hacía humo entre los callejones y edificios de los barrios de Calidonia, El Chorrillo, Curundú y San Miguel.
Entonces, cuando se divertía tomando unos tragos, uno de los pocos momentos de sosiego que le permitía su carrera de delitos, en el arrabal conocido como Viejo Veranillo, conoce a un hombre que sería su secuaz inseparable, su sombra protectora, Peter Foster.
Foster era un hombre de color, fornido, de nacionalidad panameña que había prestado servicios en el ejército de los Estados Unidos. Su conducta en esa organización militar no fue ni modelo ni ejemplo. Quisquilloso como pocos, intolerante, violento y ruin, Foster no dudaba en liarse a golpes con nadie. Su corpulencia le había convertido en un elemento temible por su innegable fortaleza física.
En esa juerga estaban cuando decidieron aliarse para llevar a cabo algunos atracos en el centro de la ciudad. Chino Negro conocía los suburbios, sabía como encontrar vías de escape, lanzarse en precipitada fuga sin dejar casi pistas. Tenía aliados en todos los sectores populares, no porque fuera un Robin Hood, sino por el temor que inspiraba.
Foster, como ex soldado, conocía mucho de armas y dónde obtenerlas. Condujo cierta noche a Chino Negro a su departamento y le mostró un impresionante arsenal, compuesto por escopetas, rifles, pistolas calibres 45, 44, 380, revólveres 22, 38, bayonetas y otro tipo.
Decidieron asaltar un negocio de repuestos de automóviles. A plena tarde, cuando el dinero de la nómina era contado en las oficinas, cayeron como una tromba, golpearon a los hombre y atando a las mujeres. Uno de los empleados intentó evitar el robo pero le fue encajado un disparo en mitad de la frente. El dedo que había apretado el gatillo había sido el de Chino Negro.
Foster comprendió el alto nivel de peligrosidad de Chino Negro y sintió un enorme regocijo al contar con un cómplice de ese calibre. Enseguida se planificó el próximo golpe, una estación de gasolina ubicada en la carretera que conduce a la provincia de Colón al norte de la capital.
Los dos compinches llegaron en un vehículo robado de color oscuro. Foster pidió el despacho de gasolina regular, mientras Chino Negro observaba desde el asiento del copiloto. Al darles la espalda, el despachador quedó expuesto y desprotegido.
Chino Negro le disparó en la cabeza y el infortunado hombre cayó de rodillas primero y después se desmoronó sobre una ola de gasolina que fluía de la manguera todavía en su mano. Foster rompió la caja de metal y sustrajo todo el dinero. Unos setecientos dólares.
Cuando se disponían a escapar, el otro compañero surgió de detrás de una puerta al fondo de la estación. Gritó algunas palabras que se ahogaron cuando Foster le dejó ir una ráfaga de balas alojadas en una automática del calibre 44, Mágnum.
Mientras huían abrían lastas de cerveza y brindaban en medio de carcajadas y maldiciones. Dejaban un rastro de sangre y espuma sobre el asfalto. Cuando llegaron a la altura del distrito de San Miguelito se introdujeron por una de las innumerables callejuelas y se fundieron con las sombras.
Hasta este momento, los montos de sus robos habían sido exiguos, así que, habiendo probado ya el sabor de la sangre y sentido el flujo de adrenalina al quitarles la vida a personas indefensas, decidieron que el próximo golpe sería mayor.
Estamos ya en 1979. Chino Negro y Foster son personajes de leyenda entre la fauna criminal de la ciudad de Panamá. Nadie los ha delatado, la policía no sabe cómo encontrarlos, aunque poco a poco se acercan a sus huellas.
El blanco de su ataque sería un banco estatal. Obviemos el nombre, pero digamos que era muy concurrido, céntrico y de fácil acceso y salida. Se encontraba situado en pleno centro del corregimiento de Río Abajo, conformado por un numeroso grupo de familias afroantillanas, descendientes de los negros caribeños que llegaron al país para trabajar en la construcción del Canal.
Todo fue rápido. Entraron, sometieron a los guardianes, ataron a los funcionarios y abrieron la caja fuerte. Habría allí en ese momento, unos 45 mil dólares, cantidad fantástica para la época. Cuando salían, un taxi les aguardaba. Habían contratado al conductor para que los sacara de un sitio un poco más difícil por desconocido.
En la puerta, uno de los guardias logró zafarse las ataduras y se lanzó hacia los ladrones. Recibió de parte de Chino Negro un tiro en el pecho. El maleante regresó y le clavó otro en plena frente. Corrió hacia el carro riéndose a carcajadas y lanzando billetes de un dólar al aire.
A pesar de lo aparentemente bien planificado del asalto, Chino Negro no se dio por enterado, hasta cuando fue demasiado tarde, que había perdido su billetera con la cédula de identificación. La policía se lanzó en su búsqueda.
Era el 4 de noviembre de 1979. Chino Negro viaja en un autobús que debería llevarle a la provincia de Colón. Se sienta en el último asiento de la mano derecha. Con la cabeza cubierta por una gorra intenta pasar desapercibido. Por esas cosas de los delincuentes, cuando ve a un policía que ha subido al vehículo, empieza a sentirse incómodo. Mira a todas partes, hace gestos nerviosos mientras roza su cara con los dedos y el sudor le resbala por las sienes.
El uniformado está de día libre por ser su cumpleaños y día de fiesta nacional. Cuando camina hacia uno de los puestos, puede ver a Chino Negro al final de la hilera de asientos. Con alguna meticulosidad mal calculada se aproxima hasta el delincuente. Lo mira detenidamente y le pide que se quite la gorra. El maleante lo hace y el agente le comunica el arresto, pero recibe dos disparos, uno en la cara y el otro en el pecho.
En medio del pánico, el asesino baja del autobús y se introduce por unos matorrales al borde de la carretera. Es interna en un espeso monte y en medio de la sorpresa logra escapar. Pero sus días están ya contados por haber asesinado a un policía.
Cierta mañana de ese mismo mes de noviembre, un grupo de policías y de detectives han retenido a “La Fula”, un homosexual que convivía con Chino Negro en un cuartucho del lugar conocido como Santa Cruz. Le obligan a confesar el lugar donde debería reunirse con el delincuente.
El invertido les dice que le llevará un plato de comida a un escondrijo en un claro abierto en medio de la maleza. Le siguen detrás y cuando Chino Negro se asoma, disparan tantas balas que desprendieron los miembros de su cuerpo. Tendido contra una cerca de alambres que dividía la Zona del Canal de Panamá del barrio de Santa Cruz, Chino Negro quedó tendido con los ojos abiertos y un reguero de macarrones y salchichas sobre el rostro y el pecho.
Días después, Foster fue encontrado vestido de mujer en una casa del corregimiento de Chilibre. Antes de que pudiera escapar, le alcanzaron las balas. Cayó de frente contra una roca y allí murió. Esta fue la historia de Chino Negro y Foster, dos ladrones y asesinos que vivieron como murieron.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
Roderick Guzmán Meza


