Metempsicosis
26.06.08 @ 22:23:33. Archivado en Cultura, Biografías, Vidas Imaginarias
Tal vez como resultado de un dificultoso proceso de absorción de los alimentos, luego de una copiosa cena, soñé hace algunas noches con ciertos fantásticos sucesos. En el arremolinado escenario onírico aparecían personajes evanescentes algunos, permanentes los otros. Transitaban bajo la luz de las lámparas y seguían su curso hacia un pasillo en penumbras.
Una especie de despacho de altísimas paredes había sido costruido con las imágenes de mi subconsciente. Amplio y de fastuosos cortinajes parecía pertenecer a otra época y lugar. Hasta el techo llegaban los anaqueles que acogían interminables hileras de libros. El piso se extendía bajo de una mullida alfombra de no sé que raro matiz del azul. Un escritorio se cuadraba frente al amplio ventanal cubierto por pesadas colgaduras. A pocos pasos, un busto de Palas y otro de alguien que se me antojo Sócrates me miraban con sus ojos en blanco, mientras escribía en un idioma desconocido una suerte de testamento.
Me rodeaban los personajes mencionados. Adustos y silenciosos, estirados como viejos lienzos, aguardaban con paciencia a que concluyera de plasmar mi rúbrica sobre un legajo de papeles. Alguien con aspecto de jurisconsulto estaba a mi lado y mostraba una leve sonrisa en su rostro de piedra, en tanto guardaba en su portafolio cada uno de los papeles.
Las figuras iban y venían a través de las paredes. Desaparecían en la superficie de los cuadros, detrás de las paredes, se convertían en humo o en aire. Desde una ventana podía verse un promontorio cubierto por espesa hierba que se levantaba ante un horizonte lacustre.
De pronto, todo quedó en el más absoluto silencio. No había nadie, tan solo yo. Pero no, alguien persistía en mantener la vigencia de su presencia en el barroco recinto. Pude verle junto al rostro de Palas, salpicado por manchas de oscuridad.
Hizo un gesto que traté de ignorar, pero al instante estuvo frente a mi. Vestía una especie de túnica oscura como el fango. Ceñía el cinto con una cuerda rústica tejida con largos hilos de la corteza de las palmeras.
Me señaló un retrato en la pared. Era el de un hombre barbado tocado con un sombrero emplumado. A sus espaldas se levantaba un palacete de roca, sin ornamentos ni sutilezas arquitectónicas. Me dijo provenir de allí, pero también de un grupo de soldados que combatían en una explanada iluminada por relámpagos y sacudida por la tormenta más feroz.
Cuando adquirió confianza, tomó asiento en una inesperada poltrona ubicada en el centro del salón. Encendió una pipa y luego de dos inhaladas me dijo provenir del tiempo y que el espacio era apenas una suerte de organización de la materia para cumplir ciertos designios.
Claro que pregunté cuáles designios y de dónde provenía y su interés en mí. No respondió inmediatamente porque se puso de pie y caminó hacia Palas, que con su gesto más indiferente, se dedicaba más a la contemplación del universo interior del mármol que a los avatares del encuentro entre el visitante y yo.
De improviso dejó salir su voz para hablarme en términos no tan accesibles a mi escaso entendimiento sobre las vicisitudes del espíritu. Acompañadas por un amplio gesto, sus palabras delinearon sobre un imaginario folio en blanco, unos signos que significaban reencarnación.
Como sabemos casi todos, la reencarnación es la creencia de que una esencia individual puede vivir en varios cuerpos mientras aprende para evolucionar hacia planos superiores. Incorporaba además, mientras hablaba, términos como metempsicosis, transmigración y renacimiento.
Un poco agobiado por su traslúcida presencia, ahora adquiría el tono de las paredes y luego el de los cortinajes, le inquirí sobre el propósito de este fenómeno y, después de desenredar de su faz un aparente estado de indiferencia, respondió que todos iremos al mismo sitio al final del proceso, nada ni nadie persistirá más allá de donde el horizonte de los sucesos culmina.
Por ejemplo, me dijo, reconocemos ilustres personajes, muy notables individuos cuya huella ha quedado grabada de manera indeleble en la memoria colectiva. Mencionó a Abraham a Moisés, a Cristóbal Colón al rey David y a otros muchos más.
Dijo que Abraham condujo a su pueblo desde Ur hasta Canáan. José lo instaló en Egipto donde fue convertido en esclavo. Ese acto hizo retroceder al plan cósmico y por eso se hizo necesario el regreso de Abraham, pero no como aquel “padre de innumerables naciones”, sino como libertador, como héroe.
Después de los ajustes pertinentes en la dimensión fantasmal donde se acoplan los eslabones que conforman la rueda de la eternidad, Abraham reencarnó entre los egipcios, como hijo de una noble de la corte faraónica, mecido sobre las aguas del Nilo, como símbolo del idílico paraíso amniótico.
Convertido en el prohombre, liberó a ese mismo pueblo encaminado hacia la tierra de la miel y los manantiales hacía ya mil años. Un error en el plan lo sumergió en las tinieblas del vasallaje y ahora el nuevo ungido tenía la responsabilidad de sustraerlo de esos oscuros laberintos. Así, Abraham y Moisés se convierten en uno mismo, en diferentes época y lugar.
Estoy seguro que Moisés ha regresado y ha conducido a su pueblo a tierras prometidas. ¿Me creerías si pienso en un Nelson Mandela al frente de las tribus de su país en busca de la libertad que puede proporcionar la igualdad? ¿O acaso Bolívar al frente de sus ejércitos para materializar la libertad de las naciones de la América hispana?
Entonces, se acercó a Palas. Posó su mano sobre la cabeza de la diosa y continuó: “El rey David, hombre duro e impío bajo el antifaz del manso pastor, del adolescente protegido por el manto divino, el violento lujurioso que sacrificó a uno de sus comandantes por poseer a su mujer, también ha debido regresar para cumplir con sus responsabilidades espirituales.
De ese abismal pasado llega otra vez al mundo encarnado en Rodrigo Borgia o Alejandro VI, el Papa. Pero este regreso del antiguo monarca israelita no obedece a liberaciones ni a redenciones, sino a la consumación de un movimiento, a la conclusión de un gesto.
El anciano David cuando sintió frío en su cuerpo ya decrépito, quiso ser calentado por la energía y el fuego de Abisaque. Un tanto similar hizo el purpurado ibérico, cuando buscó la calidez del cuerpo de Julia Farnese, quien a su vez era la reposición de la antigua concubina Abisaque.
Ante mi gesto de incredulidad, el personaje admitió que en ocasiones el plan adolece de fallas y no siempre se viene a reparar un mal o un error. No son pocas las veces en que simplemente ha perdurado una actitud o un deseo y el anhelante retorna para paladearle una vez más.
Después de un breve bache de mutismo, me dijo que otro de los ejemplos que tenía para mí, malévolo y escéptico, era el del aviador brasileño Alberto Santos Dumont, el primer hombre en despegar a bordo de un avión, impulsado por un motor aeronáutico.
Sabes, me dijo, Dumont, nacido en Brasil, ya mucho antes ha tenido aventuras bajo este cielo eterno. Alguna vez, hace ya más de quinientos años, fue nada menos que un almirante genovés, conocido como Cristóbal Colón. En aquellos tiempos su visión le impuso la empresa de recorrer los mares. Su estrella le condujo a este vasto territorio de selvas y macizos nevados, de inacabables caudales y alucinantes planicies.
Colón se hizo a la mar, Dumont se lanzó al espacio a conquistar el viento, a volar en pos de la aurora. Colón divisó en la distancia el hervor de la bruma y dejó su huella en la arena orlada con espumas.
Después, abrió las cortinas y miró hacia el cielo. Había innumerables estrellas. La luna, suspendida por una urdimbre de luz, hacía fluir un resplandor de mercurio sobre las copas de los árboles y dejaba ver un camino ceniciento por donde se marchaban cansados peregrinos.
Quizás Dumont sea uno de los astronautas que hoy circunnavegan el planeta o uno de los que colonizarán otros mundos cuando ya este pequeño pedazo de roca sea insuficiente para sus ansias de aventura y conquistas.
Comenzó a desvanecerse mi interlocutor, cuando escuché algunas voces y sonidos provenientes del exterior. Amanecía. Lo último que logre ver de su silueta se fundía con la sombra de Palas.
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Roderick Guzmán Meza


