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El Corredor de la Muerte

Permalink 25.06.08 @ 21:28:58. Archivado en Biografías, Relatos

Un hombre acusado de haber asesinado a una pareja de esposos en Estados Unidos y condenado a muerte en 1995 ha relatado sus experiencias en el centro penitenciario donde fue conducido para esperar la ejecución. Durante tres años vivió en el llamado Corredor de la Muerte. Cinco años después de su liberación, por disposiciones de la Corte Suprema de Justicia, hacemos una relación de esas vivencias.

Nacido en Ecuador había adquirido la nacionalidad española. Como todo emigrante de su país de origen, España era un destino apetecible. Aprovechó cierto compás de puertas abiertas y logró conseguir empleo. Ya asentado llenó las formas para la nacionalización. Superado este paso viajó a Estados Unidos. No describiremos los detalles legales del caso, tan solo nos ocuparemos de algunas de sus vivencias en el sórdido mundo de los condenados a morir a manos del Estado.

Joaquín José Martínez es su nombre. Cuando habla sobre su experiencia, su rostro se torna pálido cual la cera, como si el miedo convirtiera su sangre en cenizas. Sus palabras primero son entrecortadas como si tratara de encontrar la forma de expresar minuciosamente el sentimiento de agobio que todavía le subyuga.

Cuando entró al lugar se sintió muerto enseguida. El largo pasillo era flanqueado por las celdas donde se encontraban los condenados. Sobre el embaldosado, la luz de las luminarias colgadas del techo salpicaba su luz fría.

“Es la peor experiencia que uno puede vivir y lo peor que uno puede sentir. Desde el momento en que entré hasta el que salí, me sentía muerto para todos, para el mundo, para la sociedad, la familia y sobre todo para mi mismo”, explicó Martínez mientras miraba una bandada de pájaros levantar el vuelo desde un nudo verde de ramas.

El hombre se descompone, deja de sentir miedo y a cambio esta emoción primitiva se transforma en otra aún más terrible, siente rabia, odio contra todo. El mundo apenas es un pasillo donde se escuchan los pasos de los guardias, el golpe de una puerta, la voz de los custodios.

“Recuerdo que las horas de comida eran las más irregulares, poco convencionales parda mis hábitos. Nos despertaban a las cinco de la mañana para el desayuno. Los alimentos no tienen nada en común con los de afuera. Era una forma de recordarnos que la muerte nos acechaba, que estábamos condenados a morir detrás de un muro con altas ventanas, en una habitación blanca y luminosa”.

El tiempo es una pesada materia, reflexiona Martínez, es como si fuera de pedernal unas veces y de agua y aire otras. Cuando alguien es llevado para aplicarle la inyección letal, los demás guardábamos el más denso silencio. Se podía escuchar el crujido de los barrotes de las celdas, el movimiento de las moléculas del cristal de las ventanas.

“Pude ver a un hombre que era conducido por los guardias al salón. Llevaba la cabeza enterrada en el pecho, las manos y los pies esposados. Trate de ver sus ojos pero caminaba con ellos cerrados. Uno de los gendarmes me hizo un guiño al pasar frente a mí, como si me dijera, pronto seguirás tú”.

El hispano-ecuatoriano reconoce el monumental y creciente temor, sobre todo cuando se enteraba de la negativa de las autoridades a conmutar alguna pena. Sin embargo, estos momentos no eran muchos y lo que después le acometía era el hastío, una especie de vacío que intentaba llenar leyendo y escribiendo cartas a sus familiares y amigos.

“Al principio, los guardias y sus ayudantes no eran lo que aparentaban cuando se formaban ante las autoridades del penal. Sus rostros duros, hechos de piedra y granito formaban el ámbito donde navegaban unos ojos fríos y malévolos. Sin embargo, cuando estaban frente al director del penal eran correctos y bienhablados. En el transcurso del día, cuando las cosas eran de tono normal, llegaban hasta nuestras celdas y las requisaban. Nos empujaban al fondo del cuadrado sitio con una vara cilíndrica oprimiendo el esternón. Rompían las fotografías, hacían añicos las cartas. Nos hacían la vida imposible y a cada momento, caminaban delante de nosotros sonriendo y recordándonos que de allí no saldríamos vivos”.

Los condenados del Pabellón de la Muerte tenían dos horas de recreo a la semana. Durante ese tiempo podían respirar el aire fresco de la mañana, sentir en la tersura de la hierba recién brotada, admirar la infinitud del cielo azul remendado con filamentos nubosos tan blancos como la leche.

“La gente se animaba, podías ver sonreír a los que tenían más fama de duros y fríos. De manera casual se integraban pequeños grupos, no muy numerosos, tres personas, no más. Nadie tocaba el tema de la pena, nadie hablaba de muerte ni de dolor. Nos contábamos chistes y anécdotas. Alrededor se apostaban los vigilantes, así como en lo alto de las garitas”.

Martínez pensaba mucho en su familia y revivía los días de fiesta, la Navidad, los cumpleaños. Revoloteaban dentro de su cabeza las sonrisas de sus pequeñas hijas que estarían creciendo sin él y a las que nunca podría ver convertidas en mujeres. Era como un aparador donde se colocaban fotografías de los padres, los hermanos y la familia.

“Lo peor es no poder estar con la familia y cuando logras verla es por un breve tiempo. Te llevan hasta el salón de visitas con tu mono de color naranja, con bolsillos donde nunca guardas nada, con un inmaculado planchado. Es como si fuera tu traje para ocasiones solemnes”.

Durante la noche, el sentimiento de oceánica soledad se incrementa. El vacío, la nada consumen al reo. Apenas escucha la respiración de los demás, pero pronto estos sonidos se tornan imperceptibles. El silencio tiene un rostro de tinieblas y las tinieblas una voz de silencio.

“Me acerqué a Dios. Busqué una confortación en lo que antes me había parecido una inútil forma de manipulación. ¡Pero qué bienestar me proporcionaba imaginar a un ser más de allá de mi humana comprensión, esperándome luego de que mi sangre asimilará todo el veneno contenido en la jeringa y mi cuerpo muriera. Esto era un verdadero consuelo”.

Con excepción de los más radicales, los prisioneros intentan crear algún tipo de vínculo, algo con lo cual aproximarse a una nueva idea o forma de familia. Los lazos tienden a hacerse muy fuertes. Tal vez como resultado de cualidades que en el exterior no hubieran resultado afines, pero que dentro del claustro proporcionaban suficientes elementos de cohesión para la amistad.

“Recuerdo el día que llegué. Recibí un soberbio golpe que me hizo ver estrellas. Todavía resiento uno de mis costados del trancazo que recibí de parte de un latino como yo que me lanzó contra una esquina como si fuera un perro apaleado y se reía de mí mientras me quejaba y lloraba”.

Pero no todo entre los compañeros de celda era camaradería o solidaridad, como cuando salían al patio dos horas a la semana. La mayoría de las veces había confrontaciones por cualquier motivo. Si eres latino, peleas contra algún negro sometido por un blanco. También te puedes enfrentar por cuestiones de religión y hasta políticas. Había dentro del penal hombres que proclamaban su fe en Dios y declaraban haber matado en su nombre. Así mismo, el diablo tenía sus prosélitos que también habían liquidado a alguien en ponderación a quien reconocían como su amo.

“Unos reclusos habían formado un grupo de creyentes en la reencarnación. Presumo que para poder soportar la idea de la muerte inevitable y previsible, sobre todo. Intercambiaban impresiones y recuerdos que siempre me parecieron inventos. La mayoría llegó a reconocer que esta deuda la pagarían pero en la próxima oportunidad llegarían sin saldos que pagar”.

Martínez escuchaba todo el menú de conversaciones pero procuraba aislarse de todos para evitar se consumido por alguna influencia. No había recibido todavía la fecha de su ejecución, cuando sus abogados le indicaron que había ganado la primea apelación.

“Provino de la propia Corte Suprema. Tuve suerte de ganarla. Tenía menos de cinco años. Quienes superan este tiempo en el pabellón son quienes pierden toda esperanza y llevan una vida terrible. Me sentí muy bien porque cuando te rechazan la primera es señal de que perderás las otras. Entonces los vigilantes te llevan a una celda independiente por un mes antes de ser ejecutado”.

Los presos son testigos del recorrido de quien será ejecutado porque debe ser conducido delante de todos hasta llegar al salón de la muerte. En el momento en que Martínez estaba en ese lugar, eran trece los condenados a la pena capital. Había mucha tristeza entre todos que pegaban los rostros a los barrotes para ver al infortunado.

“Ví pasar al menos dos reos. Ambos trataron de mantener cierta dignidad, aunque se podía percibir su tristeza y hasta oler su miedo. El tiempo se termina en la medida en que sus pasos le lleven a la sala. Eso fue en los tiempos en que todavía no se aplicaba la inyección. Eran los tiempos de la silla eléctrica. Cuando ejecutaban a alguien las luces parpadeaban y todo lo que utilizaba electricidad fallaba. Después vinieron las jeringas”.

Ahora, Martínez ha sido puesto en libertad. Sin embargo, ser libre no le ha representado mayores gratificaciones. Sus nervios le traicionan, cada sonido es una cadena que golpea, un portón que se abre o se cierra, los pasos parecen ser los de los vigilantes que le conducirán al pabellón de la muerte otra vez. La mancha roja sobre su pecho no se ha borrado.


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