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El Monstruo de Kicevo

Permalink 23.06.08 @ 21:46:02. Archivado en Ficción, Biografías, Relatos

Eran las once y media de la noche cuando la mujer entró a la habitación donde su hijo dormía. Le sacudió por los hombros y le hizo ir hasta la cocina donde una mancha de grasa nublaba la trabajada y resplandeciente nitidez de la baldosa. Sobre el fregador unos trastos con restos de comida se adormecían debajo de la necedad de una gotera que fluía del grifo mal cerrado.

Dos golpes en la cabeza fueron directos y secos, otro cayó sobre la espalda cuando el muchacho de unos doce años logró esquivarlo. Las imprecaciones, los insultos comenzaron a rebotar contra las paredes, contra la ventana cerrada. Afuera, alguien que caminaba frente a la casa, escuchaba con discreción sin detener su marcha.

Estamos en Skopie la capital de la República de Macedonia. El tiempo ha transcurrido sin prisa, pero con malevolencia. Vlado Taneski se ha recibido de periodismo en la universidad local. Su futuro parece no muy claro en un país que no conoce hasta hace poco las libertades de la democracia y de los derechos humanos.

Han pasado los tiempos de la adhesión a Yugoslavia. Desde 1991, la república es independiente, aunque ha enfrentado algunos conflictos con Grecia por utilizar el mismo nombre que la antigua Macedonia de Alejandro Magno. Resuelto el problema, la vida sigue su curso.

Vlado ha sido empleado en uno de los diarios locales. La profesión de periodista en esta nación del sudeste europeo ha alcanzado un nivel de desarrollo que había sido contenido por el totalitarismo. Ahora el reportero puede buscar sus noticias en diversos lugares y recurrir a las fuentes que comienzan a ser accesibles.

Pero también la competencia reporteril se ha tornado feroz. Mucho elemento joven se ocupa en los medios de comunicación, pero el país no presenta situaciones de mayor complejidad, aún no. Uno que otro caso de corrupción en gobiernos locales se transforma en nota de primera plana, algún accidente de tránsito, pero mayormente el surgimiento de una nueva clase política.

Taneski llega a casa muy tarde, sin muchas gratificaciones después de un largo y extenuante día en las calles. Se prepara algún platillo ligero, observa la televisión y después se va a dormir. Durante el sueño, algunas imágenes surgen de la niebla. La madre golpea y grita, maltrata e insulta. El silencio y la oscuridad se llenan de gemidos y de frases ininteligibles, de sacudidas y estremecimientos.

En otro lado de la ciudad, una anciana que vive solitaria no puede dormir y se levanta para alimentar a sus pájaros. Lleva alpiste en la mano. De pronto una sombra cruza el aposento y se lanza sobre la señora y la arroja contra la alfombra, después procede a arrastrarla medio aturdida hasta la alcoba.

Allí la sombra abusa de ella repetidas veces en medio de un frenesí de palabras soeces, escupitajos y maldiciones. La golpea con los puños y la estrangula después de haber alcanzado el clímax de su ataque sexual. La mujer expira con los ojos abiertos y con una muda mueca de terror.

Después, es atada y vuelta a arrastrar hasta la cocina donde con un hacha es desmembrada, colocada en bolsas de basura y después depositada en un recipiente para basura a varias cuadras del lugar del crimen.

A la mañana siguiente, la vecina de la anciana llama a la puerta, pero nadie responde. Se comunica con la policía que llega y derriba la puerta. No encuentran a la mujer, pero la casa está llena de sangre. Ni señales de lucha ni forcejeos, tan solo un rastro escarlata que va desde la habitación hasta la cocina, después nada.

Pasado el mediodía, un periodista, un hombre ya maduro de más de cincuenta años, se hacía presente en el lugar de los hechos. Se identificaba y procedía a realizar preguntas un tanto simples para la investigación periodística de un homicidio. ¿”Conocía usted a la víctima”? ¿”Era su amiga”? “¿Qué tal se llevaban”?

Con este bagaje, Vlado Taneski se sentaba ante su ordenador y preparaba la nota periodística, pero no con los detalles obtenidos durante sus indagaciones, sino con elementos demasiado pormenorizados para pertenecer a la especulación o el cálculo. Describía, por ejemplo, detalles del interior del departamento, cercado por la policía, la posibilidad de que el cuerpo sin vida hubiese sido arrastrado hasta la cocina.

Al principio, quienes leían los detalles del asesinato en los diarios, no reparaban en estos hechos. Ávidos de emociones fuertes, los ciudadanos consumían con voracidad el relato de sangre y muerte ofrecido por el sagaz periodista.

Poco tiempo después, otra mujer sola, de unos 76 años, desapareció de su casa. Nadie supo cómo ni en qué momento. Indicios de algo parecido a una efímera lucha fueron encontrados por los investigadores en el pasillo entre la sala y la alcoba.

En su versión vespertina el diario Utrinski Vesnik logró la primicia del segundo homicidio cometido en contra de una adulta mayor. Punto por punto se describía el itinerario que posiblemente debió haber seguido el criminal. La ventana abierta, la lámpara encendida, la mujer que salía de la habitación, la resistencia, el golpe de gracia y la voz silenciada por el puñal en el pecho.

Un agente de la policía leía la publicación y se sintió sorprendido por la imaginación del periodista, tan fértil, ubérrima y escrupulosa. Lo hizo del conocimiento de uno de sus compañeros, pero este se inclinó tan solo por una filtración de la información por parte de alguno de los otros policías.

La tercera víctima si apareció en su casa. Al parecer el asesino no tuvo posibilidades de trasladar el cadáver. Sobre un charco de sangre muy oscura yacía una anciana de 78 años. Igual que las anteriores había sido masacrada con tal brutalidad que no debió haber sobrevivido el primer embate del depredador.

La primicia le tocó ahora al Nova Makedonija. Las mismas descripciones prolijas, las mismas propuestas, pero ahora algo fue más allá, un punto se llenó de luz y destacó entre las sutiles frases tan gráficas de las anteriores entregas.
Vlado Taneski, deslizó sin precaución, descuidadamente o tal vez con la intención punitiva que el acto sintomático representaba, que la anciana llevaba un crucifijo de oro macizo sobre su cuello y que el “resplandor de sus ojos azules fue apagado por el manto de la muerte”.

Esto llamó la atención de todo el departamento de policía porque eran informaciones que nadie podía conocer, tan solo el forense y quienes habían levantado el cadáver. Los gendarmes no abundaron en la escena del asesinato y los que estuvieron eran de rango superior por el escándalo que ya representaba encontrar a una mujer muerta en su propia residencia.

Vlado Taneski fue acusado de manera formal de haber violado, asesinado y descuartizado a cuatro mujeres mayores de edad. El hombre fue sometido a investigación y casi se salía con la suya hasta cuando se le objetó lo del símbolo cristiano y el color de los ojos. Argumentó que muchas personas tienen los ojos azules en Macedonia, a lo que los investigadores indicaron que las otras víctimas no los tenían de ese color.

La prueba final de la policía llegó cuando se comprobó a través de los exámenes de ADN, que el semen encontrado en las víctimas correspondía con su código genético. El periodista guardó silencio. Cerró los ojos y comenzó a temblar, cayó de rodillas sobre el enlosado y murmuró un nombre que resultó ser el de su propia madre. Después de haberlo balbuceado comenzó a gritar ofensas contra ella, fallecida hacía ya algún tiempo.

Después reconoció que las ancianas tenían muchas características similares a la de su difunta madre y esto le hacía revivir viejas heridas de la infancia. Su rostro se transformaba en una mueca demencial al describir este pasaje.

Al final no dejó de ser la sospechosa confesión de un hombre trastornado, dijo uno de los investigadores. No sabemos si ha querido llamar la atención. De no haber sido él, hay dos sospechosos más en la cárcel, agregó.

Pero toda esta historia culminó cuando el cuerpo de Vlado Taneski fue encontrado sin vida dentro de su celda. Según el guardia había introducido su cabeza una cubeta con agua hasta ahogarse.

“La odiaba porque me maltrataba y murió sin que yo pudiera hacerle nada, sin pasarle la factura por lo que me hizo sufrir, por eso me descargué en esas otras viejas que bien pudieron haber sido ella”… VLADO TANESKI…


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