Edipo y Layo, el mismo rostro ante el Espejo
18.06.08 @ 20:59:27. Archivado en Cultura, Ficción
En cierta discusión sobre los problemas de la psicología humana, surgió de forma casi imparable, incontenible como una erupción, el tema de Edipo, el trágico personajes de Sófocles, revivido por Freud. Magnífico el rey de la antigua Tebas, en todo el esplendor de la leyenda y al arbitrio de un destino implacable, no deja de ser punto de agenda en cualquier conversación culta.
Después de todos los argumentos ya conocidos, de todas las aquiescencias y las refutaciones, Edipo surge tras una densa niebla de especulaciones ataviado con los ropajes de la incertidumbre.
Sí, es conocido el casi obligado incesto, el enfrentamiento entre padre e hijo, entre rey y príncipe, entre la autoridad y la rebelión, la resolución del misterio y la destrucción de la esfinge, como antesala de la desgracia de este personaje.
Pero, apreciado por ser nosotros mismos, por estar dentro de quienes no queremos pensar ni hablar de él, por estar cerca de la orilla donde llegan los efluvios de su angustia desde el islote donde han ido a parar sus pesares muy en lo profundo de la mente.
Sin embargo, a pesar de que, según Freud, todos somos en el fondo Edipo, me he puesto a reflexionar sobre el papel que ha de jugar en la psiquis el malogrado, el vencido Layo, muerto a manos de quien llevaba en su sangre el mismo código genético, las mismas informaciones de la herencia.
En algún momento, el odio al padre se hace evidente, superada la etapa de admiración e identificación que se perfila en la infancia. El progenitor es supremo, impecable, valeroso e inteligente, su clarividencia es sobrehumana, su energía es interminable. Empero, el entorno, la propia semilla plantada en nuestro interior promueve la rebelión.
El lugar que ha de ocupar el padre en el escenario familiar, junto a la madre, es motivo de inquietud para el vástago. Profana la calidez de su regazo, mancha con sus manos la tersura de su piel, roza con su aliento el rostro que nos mira, mancilla su espíritu con la sumisión y la renuncia.
¿Cómo, se pregunta nuestro subconsciente, ha podido nuestra madre ser sometida al dolor y el escarnio de la entrega para recibir la humanidad de la que estamos hechos? ¿Cómo ese sacro recinto de tibieza y silencio ha podido ser deshonrado por la violencia de los apetitos de la carne y del deseo de un voraz fauno, de un extranjero de este reino de emociones íntimas?
Pero Edipo no es el único que nos ha heredado su complejo. Si bien el papel de hijo no dejaremos de representarlo en toda la vida, en un momento específico, surgirá desde lo más recóndito del espíritu la imagen desolada de Layo. Heridos y moribundos, hemos de descubrir la aterradora verdad: somos el mismo personaje que se mira ante un espejo.
¿Por qué no un complejo de Layo? La aversión por quien ha poseído el precioso territorio donde el corazón dio su primer latido podría terminar por convertirse en la sospecha de que somos víctimas de quien en un momento dado ocupa el mismo lugar que antes nosotros orgullosos y altaneros reclamábamos.
El padre que sospecha el ataque del hijo, la daga en alto con el reflejo del sol en su hoja, el misterio del nacimiento y de la irreverencia, el hijo que acecha al padre en busca de venganza, todo este panorama de sombras podría ser la verdadera esencia del hombre ante sus hijos y ante su padre.
El odio hacia quien le usurpa el cálido paraíso y el miedo al acecho de aquel a quien hemos procreado mientras intentamos escapar del fantasma primigenio, mientras tratamos de distraer al destino con el juego de la Esfinge.
Es el dilema del hombre ante el espejo, donde ha de ver reflejada la mirada de quien le suprime y de quien le amenaza. Alguna vez ha interpretado ambos papeles. No sabe cuando dejará de ser uno para ser el reflejo, el otro.
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Roderick Guzmán Meza


