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El Mercader de la Muerte

Permalink 17.06.08 @ 21:49:26. Archivado en Ficción, Biografías

El 17 de mayo de 1924 era un día tranquilo y resplandeciente. Los niños jugaban a la orilla del río Leine. Chapoteaban en la orilla y lanzaban guijarros sobre la superficie del caudal. Corretean un rato y deciden tumbarse otra vez en la ribera fluvial. Uno de ellos, distraído en la contemplación de una barcaza, apoyo su mano sobre algo duro y liso. Pocos minutos pasaron cuando pudo darse cuenta que aquello era un cráneo humano.

Asustados huyeron del lugar en busca de la carretera principal cuando vieron venir el auto de la policía. Condujeron a los agentes al sitio donde habían encontrado los restos.

En los días posteriores, los investigadores encontraron a lo largo del río, al menos 500 huesos humanos. Las lluvias habían erosionado un breve declive y los huesos habían sido expuestos.

Un equipo de forenses se hizo cargo de la recolección y clasificación de las osamentas. Se dictaminó que pertenecían a por lo menos 20 personas distintas. Se calculo que la edad de los muertos se situaba entre los doce y los dieciocho años.

Estamos en la Alemania de la primera post guerra. Seis años antes, todavía se escuchaban los estruendos de los cañones, el tableteo de las ametralladoras y los gemidos de los soldados heridos en combate.

Europa se había desangrado, sus campos regados con sangre, sus paisajes sembrados con carne putrefacta, quemada la tierra con el fuego de la ira. Pero el tiempo había pasado y ahora se suponía que el mundo hablaría y disfrutaría de la paz.

Pero de estos rescoldos humeantes surgió una figura monstruosa, uno de los peores criminales, cuyo nombre era Fritz Haarmann, conocido también como el Carnicero de Hannover.

Contrario a lo que algunos imaginan, la culminación de los conflictos bélicos no siembra de geranios los campos. La paz se instaura, sí, pero algunos espíritus despiertan en malignidad y se lanza a la depredación, a la carnicería y al crimen.

Fritz Haarman nación en 1879. Su padre era un individuo de poca relevancia, sin carácter y tartamudo que fue sometido por la desquiciada violencia de su mujer, una rústica campesina de estatura mayor a la habitual, con pesadas manos y una mirada llena de fuego, lo mismo que su corazón, huésped habitual de otros lechos y de otros brazos.

Desde muy joven, Fritz mostró su extraño comportamiento. En lugar de entretenerse en las rutinas de los otros niños de su edad, los juegos de pelota, las luchas y las carreras, buscaba la silenciosa penumbra de una desván para jugar con muñecas.

Había coleccionado estos juguetes durante las vistas hechas a casas de sus compañeras. Las ocultaba debajo del abrigo, muy pegadas al cuerpo y se marchaba de manera imprevista. Después la ocultaba debajo de viejas alfombras y pedazos de madera. A cada una le daba un nombre compuesto y como acto curioso, el segundo nombre siempre era el mismo, Esther.

Cuando tenía diecisiete años es descubierto mientras abusaba sexualmente de un niño de nueve años. Evitó una golpiza por parte de los padres del afectado. Cuando acude a un juzgado que dictaminará su responsabilidad en el ultraje, las autoridades le consideran incapaz de reconocer la diferencia entre un acto de abuso y una diversión.

Le condenan a ser recluido en un sanatorio mental. Detrás de los muros del hospital psiquiátrico, Haarman observa una conducta ejemplar. Ni siquiera levanta la voz, controla todos sus movimientos, maneja con pericia sus angustias y participa en las actividades resocializadoras. Sale en libertad en 1903 y regresa a su natal Hannover.

Pero sus inclinaciones no son del todo aherrojadas. A partir de ese momento, Fritz comete delitos menores con los que enfrenta sus angustias erotómanas. Roba y comete abusos menores que no le ponen frente a acusaciones serias.

En 1918 pasa a formar parte de una banda que contrabandea carne. La situación en el país ha sido afectada por la guerra, pero Haarman gana mucho dinero con el trasiego ilegal de carne en el mercado negro. De paso se convierte en un delator, en un soplón que ofrece apoyo a la policía por lo que su libertad logra mayor amplitud.

Ya con suficientes recursos económicos para otorgarse una vida independiente, Haarman logra adquirir una propiedad donde establecerá su residencia. Realizaba viajes a Berlín, Bonn, Frankfurt y otras ciudades alemanas donde compraba y vendía diversa mercadería.

Y es precisamente en la estación del tren donde encuentra una veta grandiosa de víctimas. Allí buscaba jóvenes pobres, huérfanos. Ante ellos se presentaba como agente de la policía. Se mostraba considerado y decía darles una oportunidad si le acompañaban a su casa donde les ofrecía cigarrillos, comida y una habitación donde pasar la noche.

Algunas de sus víctimas no eran del todo ingenuas y acudían con Haarman sabedores de lo que ocurría. Entraban a la habitación y entonces enfrentaban al brutal asesino.

Haarman procedía a violarlos repetidas veces y a golpear a quienes se resistían. Luego los mataba a cuchilladas para posteriormente descuartizar los cuerpos y vender la carne en el mercado local.

Serían unos cuarenta muchachos los que habían perdido la vida en la casa de Haarman. En algunos recipientes de vidrio se encontraron vísceras, ojos, riñones, hígados, corazones, orejas, manos y otras partes cercenadas.

La primera víctima de este homicida fue Friedel Rothe. Su desaparición fue reportada a la policía por unos de sus amigos de la estación, quienes aseguraron que había salido del andén en compañía de Haarman. La policía acudió a su casa y no pudo encontrar nada. Los agentes no repararon en la calavera del joven recubierta con plástico como si fuera una jarra para beber cerveza.

Los vecinos pronto comenzaron a sospechar de Haarman, a quien habían considerado un homosexual taciturno y retirado, como el responsable de las desapariciones de decenas de jóvenes reportadas a la policía. Veían entrar a los adolescentes, mas no podían ver cuando salían.

Al ser confidente de la policía, los agentes no se tomaban mucho trabajo en las investigaciones llevadas a cabo en casa de Haarman. Miraban por encima, se asomaban apenas a las habitaciones.

Pero todo concluye para este carnicero un domingo por la tarde. Le ven entrar con un chico que se trata de resistir. La policía no tiene más remedio que llevar adelante una nueva pesquisa. Es entonces cuando encuentran las paredes de la sala y de la cocina manchadas de sangre y en cajas de cartón acomodadas contra la pared del fondo de la cocina, objetos personales y ropas de los desaparecidos.

El juicio contra este comercializador del espanto se inicia el 4 de diciembre de 1924. Alemania y Europa se aterrorizaron con las historias contadas en el juzgado. La población montó en histeria al enterarse de que pudieron haber comido carne humana.

Fritz Haarman confesó haber matado entre 1918 y 1924, más de 40 muchachos. Declaró que les conducía hasta su casa con engaños, les invitaba a cenar, a ducharse y descansar en sus aposentos. Cuando los lograba introducir en la habitación los golpeaba y los violaba.

Dijo también que para matarlos no utilizaba armas sino que les mordía la garganta hasta que se desangraran. Después separaba la carne con un cuchillo de carnicería y las empacaba. Posteriormente, la vendía o la regalaba diciendo que eran procesados de cerdo. Los huesos los arrojaba en el río Leine.

El juez le condenó a cadena perpetua de reclusión en un hospital para enfermos mentales. Haarman pidió ser ejecutado porque no quería regresar a ese lugar. La acusación de 27 homicidios fue suficiente para que se cambiará la pena.

El día 15 de abril de 1924, con cuarenta y seis años fue conducido al patíbulo, donde fue decapitado por un verdugo.


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