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En el dia de Bloom

Permalink 16.06.08 @ 21:16:25. Archivado en Cultura, Literatura

Hoy 16 de junio se cumplen 104 años desde que inició su recorrido por las calles de Dublín, ese enigmático personaje producido por la imaginación de James Joyce, que en un día configuró todos los días de todos los hombres. Es el comienzo de la inmortalidad de Leopold Bloom, el inicio del periplo del judío errante irlandés.

La historia son los hechos trascendentales, la nutren las batallas, las epopeyas, las palabras lapidarias, los colosales enfrentamientos entre naciones o pueblos. Cada movimiento de las masas humanas también crea un sendero por donde se sigue la pista de la historia. Pero son pocos los personajes que en solitario o al menos en breves relaciones con actores evanescentes, logran alcanzar una cuota de inmortalidad.

Extraordinario resulta aún más si este individuo, común y rupestre hasta el vértigo, habitante del anonimato, surge de pronto como una exhalación e irrumpe en los anales de la historia de la literatura. Este es Leopold Bloom.

Está llena de proezas la historia humana, la de héroes y heroínas envueltos con las indumentarias de la grandeza. Los vapores del olvido no los incorporan a su transparente sustancia porque se preservan en la memoria de la colectividad.

Pesada carga la de los cronistas es recordar cada suceso para ofrecerlo en un recuento de los hechos y avatares. Por tanto, se impone la selección de lo más relevante y sustancial. Los grandes hombres y mujeres surgen de los escombros humeantes de las epopeyas y de los mágicos movimientos del ego.

Eran los magníficos soldados, los deslumbrantes reyes y emperadores los que merecían la recordación de la posteridad. Tan solo a ellos se había destinado el esfuerzo de recopilar sus vidas, pero hubo un momento en que, de las pavesas de esas grandezas, se levantó la fuerza de la mediocridad, el ímpetu de lo corriente y lo cotidiano.

No había poeta que hubiera cantado al legendario periplo de los mediocres de los seres vulgares y grises, de los numerosos y anónimos protagonistas secundarios que nacen, se alimentan, copulan, adicionan más individuos a la masa y luego dejan el mundo en el más estremecedor silencio. No existía un bardo capaz de tañer su lira para cantarles a los desconocidos.

En la oscuridad de las buhardillas, en el desorden de los cuchitriles, en las aceras, en las tabernas, en los parques ante los bustos de los próceres que alimentaron la leyenda, en las estaciones de trenes y autobuses donde la muchedumbre se moviliza como un solo monstruo multiforme, en los sitios de esparcimiento, en los caminos, en las oficinas, en las habitaciones, en los lugares más triviales y anodinos, se escriben a cada momento infinidad de historias, hechos fragmentados que nunca son conocidos.

En este mundo de fraccionados contextos, de concomitancias diarias y domésticas, no se había encontrado el elemento que fuera capaz de estimular la inspiración y la imaginación del artista, del poeta, del escritor.

James Joyce descubrió este valor del parroquiano, del ciudadano de a pie, ni torpe ni genio, ni súmun ni escoria, esa magnificencia del individuo rutinario, con sus vicisitudes y tragedias personales, con sus hazañas caseras destinadas a la extinción y logró moldearlo en un libro de casi mil páginas que describe 24 horas en la vida de Bloom.

A través de las piezas cortas expuestas con singular maestría en su Dublineses, dibujó esos gestos antes relegados al apuntalamiento las bases de las plataformas y no al esplendor del escenario, esas posiciones desconocidas, esos acentos inaudibles, esos movimientos de la organización ignota que es la ciudad.

Dublín, la segunda ciudad en importancia de la Gran Bretaña, era ese animal ignoto que se intuye en las sombras de los callejones. Sus ojos resplandecían en lo profundo de la cueva húmeda de la indiferencia. Sus monumentos, edificios, parques, puertos, iglesias, tabernas, esquinas, callejones, cobertizos, estaciones, lupanares y suburbios habían sido erigidos para que Joyce les descubriera y las iluminara con la luz de su magnífica e irreverente prolijidad.

Todas las tradiciones gaélicas se encontraban en efervescencia cuando aquel 2 de febrero de 1882 nació James Joyce en Dublín. En ese instante la ciudad se rodeó de un halo, de una corona de luces. Presentía ya la urbe que su poeta había nacido.

Este hombre que gustaba del vino y de las opíparas cenas, que cantaba con una voz de barítono, era producto de una herencia genética y cultural de la cual habría extraer las nuevas formas de la novela, con su compleja construcción tomando como base esencias oníricas, pensamientos individuales y secretos psicológicos para poder elevar su catedral literaria hasta alturas infinitas.

Si bien el Dublín al que hemos tenido acceso, ya sea por visitas personales, por exposiciones documentales o folletinescas, posee esa magia cautivante, ese carisma grandioso, tan solo era una criatura helada, plana, sin dimensiones, un recuadro iluminado a medias por antorchas a punto de extinguir su luz.

Le toca a Joyce aportar ficción y fantasía para ofrecernos una perspectiva novedosa de la ciudad cansada y desajustada por el enfrentamiento secular y religioso, humeante y desolado después de la ira y el desenfreno, de la sangre derramada y los cuerpos pisoteados por las huestes de la ira.

Soñó Joyce con una entidad vital y energética, con un emplazamiento de luces y tinieblas donde las criaturas fueran simples o grandiosas en su normalidad, donde cada momento estaba precedido y sucedido por verdades y mentiras, como lo es todo, como es todo lo que se ha construido en este universo ficticio de los seres humanos y esas imágenes perduran todavía con sus enigmas, con sus herejías y sus silencios.

En Dublineses exprime toda la sustancia de la que están hidratadas las existencias de los lugareños. Cada escena es un orbe de altibajos, de estremecimientos de conciencia, de dolor y de angustias, de simpatías y efusiones, pero escondidos tras un cortinaje de cotidianeidad.

La Irlanda de los duendes y los embrujos, el país donde comienza el arco iris se convirtió en un cosmos de interminable movilidad, un caudal en ebullición. Allí prefiguró su nacimiento, su culpa, su condena y su redención. Nace con Dublineses, se carga de culpa con el Retrato del Artista Adolescente y se redime con Ulyses; entra a un solitario parnaso, ni limbo, ni infierno, ni paraíso con Finnegan´s Wake y sus ininteligibles procesos de comunicación.

Termina su vida ciego. Es el Homero celta. El aedo inseguro que camina por la ciudad blandiendo su bastón y lanzando insultos a los fantasmas, vociferando contra los gnomos, los elfos y las hadas que lo acosan mientras sobre su cabeza flota una nube.

Para lograr su ingente tarea, Joyce se valió de esa prodigiosa memoria verbal, propia de los grandes creadores literarios, de los alquimistas de la palabra. Reparó en cada cosa, en cada color y forma, pronunció los nombres de sus vecinos como fórmulas rituales y captó el mínimo detalle de sus sonidos.

"Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices."... JAMES JOYCE.


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