Ciento Veinte Años de Fernando Pessoa
13.06.08 @ 20:45:40. Archivado en Literatura, Biografías
La vida de Fernando Pessoa siempre ha sido un misterio, una enigmática manifestación de cuatro vidas en una sola encarnación, almas o fantasmas que vagaban por la eternidad y que encontraron en este tímido poeta portugués un vehículo, un asentamiento material desde el cual su expresar su arte.
Pessoa quizá se esquivaba a si mismo, se escondía de su mirada y de su acoso. Intentó superarse como si fuera un obstáculo, lanzarse sobre su propia vida como si de una fiera se tratara. Ese ferviente deseo de ser el otro, la imagen en el espejo, la sombra, el celaje que surca el espacio.
Ha de haberse sentido otra criatura, no el hombre miope y con aspecto disminuido que caminaba de prisa por las calles de Lisboa, como si huyera de algún terrible enfrentamiento. Al final era alcanzado por las sombras que le rodeaban mientras, ante el escritorio, buscaba verdades, afinaba versos y describía la multidimensional realidad que le rodeaba.
Nació Fernando Pessoa el 13 de junio de 1888 en Lisboa, Portugal. Su vida personal tiene matices oscuros, anodinos, profanos como los del oficinista que fue, el funcionario desconocido y casi anónimo, senderos sin iluminación se abrían ante él, con baches de luz producidos por los raptos de inspiración sustentados por esos espectros que de la ficción había arrancado para convertirlos en voces y pensamientos.
Para nada le inquietaba madrugar, sacudirse el pesado manto de la noche, de las estrellas en su ventana, de la luna moribunda del cálido verano lusitano. Se mantenía oculto en su habitación hasta el mediodía cuando salía con el letargo prendido todavía de sus gestos, la somnolencia escondida tras el grueso cristal de sus anteojos, enmascarado por la sombra del ala del sombrero calado hasta las cejas.
Llegaba al café de su preferencia, pedía un trago, lo paladeaba con fruición, sentía sus efluvios recorrer el torrente de las arterias, calentando sus articulaciones, sobre todo las falanges de los dedos con los que sostendría la pluma para deshilvanar la rima hecha un ovillo entre sus parietales.
Por esos caprichos propios de los escritores Pessoa no se sentaba ante una mesa para convertir en palabras su imaginación y sus caprichos, no se tumbaba en una cama, prefería escribir de pie, por las noches, incrustado como una pilastra sobre la baldosa, haciendo malabares sobre sus dos piernas, trémulas por el cálido rigor del vino, idílico pasajero del espíritu.
Su padre murió cuando tenía cinco años. A esa edad ya había asimilado la figura paterna, pero haberla perdido deja a Fernando Pessoa sin identidad con espacios vacíos, desvanecido el modelo, el prototipo del origen.
Pero la madre no se sumerge en la soledad del claustro. Dos años después, el futuro poeta ve aparecer en el umbral de la puerta al nuevo esposo de su progenitora, es el cónsul portugués en Durban, Sudáfrica, tierra exótica donde ha de vivir el poeta durante su infancia y juventud y donde ha recibido una esmerada educación inglesa.
Una de sus hermanas lo recordaba como un niño callado, ajeno a los juegos, a los escándalos propios de los infantes, inerte, apocado y algo entristecido por no sabemos qué causa. Ya por ese tiempo escribía, decía Enriqueta, al recordarlo con la mirada fija en el cuaderno, sosteniendo la pluma y cubierto por el nebuloso nimbo de la voluntad.
A su regreso a Portugal tiene diecisiete años. Es un adolescente solitario, taciturno, huraño que, empujado por la necesidad, encuentra empleo como traductor comercial en inglés y francés.
Pero su obra poética la comienza en su idioma natal, el portugués. La lengua de Camoes le es más afecta, tiene mayor afinidad con su pensamiento y sus estímulos artísticos. Su corazón se instala en ese léxico maravillosamente musical y cadencioso y desde allí construye una estructura multiforme basada en una realidad miscelánea de donde han de surgir varios bardos, artistas escondidos en la profunda dimensión emocional de Pessoa.
En su poema "¿Dónde está Dios, aunque no exista? Pessoa dice: “Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia no propiamente maternal. Un regazo para llorar, pero un regazo enorme, sin forma, espacioso como una noche de verano, y sin embargo cercano, caliente, femenino, al lado de cualquier fuego".
Clama a una potencia superior que le sustraiga de la angustia de la existencia, aunque la duda le corroa: la madre, la vida, la expresión ignota de la divinidad. La pugna interior entre las evidencias de la soledad del ser humano y las esperanzas de ser acogido por una entidad magnánima y protectora le asaltan.
Rezar y llorar se convierten en una fusión de emociones enérgicas, de elevación y catarsis, que someten y doblegan. Rezar y llorar para desahogo, para redención, para pretexto, para la preservación de esa nada coherente en los intersticios de la fe sin plataformas.
Una culpa interior sin asideros en el tiempo ni en el espacio le persigue. Quizá en afinidad con los mitos del pecado original, haciendo de su espíritu un receptáculo de miedos e incertidumbres; tal vez la necesidad de sentirse pecador y objetivo del escarnio. ¿Qué es ese regazo enorme donde quiere llorar el poeta? ¿Una tumba, el dominio del vacío, el cielo, el infierno, la nada?
Uno de sus biógrafos señala que “El poeta no ha querido, como ciertos estetas, hacer de su existencia una obra de arte; ha preferido escenificarla en su obra, concebida como un vasto drama donde los heterónimos le dan la replica y se replican a su vez mutuamente”.
Pessoa pretendía desaparecer y la mejor manera era insertarse en el maremagno de una multitud, en las correrías de una muchedumbre, como si de una fuga se tratara, como si una legión creciente de enigmas le liberara de la identidad material, dejándose absorber por actores transparentes, por títeres manejados por los hilos de su neurosis.
Hemos visto la imagen del poeta ataviado con camisa blanca, anteojos, traje oscuro, corbata y sombrero. Se repite hasta el vértigo con el interés de resaltarle, de darle credibilidad al hombre nacido en Portugal, de mantener su vigencia, su real organicidad, a pesar de sus delirios y sus silencios.
Todo esto puede entenderse porque llevó una vida de carencias, dedicada a la bebida, al culto por lo inconcluso, por lo inacabado, a pesar de ser estimulado por un afán de minuciosa perfección. Pessoa significa persona. ¿Qué mayor ironía para quien se clonaba a si mismo?
El inicio de su desdoblamiento, de su atomización ocurre en 1914. Tiene 32 años, momento crucial en la vida de cualquier hombre, sin proyectos materializados, sin familia formada, sin profesión. Entonces, reniega de si y aparecen sus tres heterónimos. Cuatro individuos sustentan su obra, incluyéndose él como eje en torno al cual han de girar los otros.
¿Estos personajes deben considerarse autores independientes, responsables de si y de sus trabajos? En ellos está Pessoa, pero también está ausente. Sus palabras son diferentes y similares, en tanto el genio es alumbrado por la musa del dolor y la soledad.
Pessoa destina a cada uno, a Alvaro Campos, a Alberto Caeiro, a Ricardo Reis y a Bernardo Soares, la misión de oscurecerle, de convertirlo en una imagen gris en medio de los aterradores bullicios de estructuras artificiales de un cosmos donde ha abundado la alienación en mucha mayor proporción que la multicromática luz de lo natural. Alguno fue un sensual y pagano, otro un futurista y el último un helenista.
Una sola obra de Pessoa fue publicada mientras estuvo con vida, Mensaje. Con ella obtuvo el segundo lugar del premio literario Antero de Quintal en 1934.
Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla...FERNANDO PESSOA.
Comentarios:
De manera exhaustiva, profunda y detallada, mirando al personaje desde su interior pero también en aquellos detalles externos, en costumbres y gestos, que tanto hablan de él, que tan bien lo definen, Roderick hace una incursión en la figura de este escritor, de este poeta luso, de una forma genial, además, sobre todo cuando nos muestra a un Pessoa que no es él mismo sino que se ha desdoblado y multiplicado en cuatro personas diferentes y nos conduce a entender esa condición mostrándonos al personaje en su particular ambiente y circunstancias.
Siempre he pensado que donde Roderick se luce realmente y pone toda su artillería pesada es en los artículos literarios o sobre arte, pero en especial aquellos en los que habla sobre algún autor porque sabe bucear como nadie en su psique.
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Roderick Guzmán Meza


