El hermetismo de Saint John Perse
12.06.08 @ 21:56:17. Archivado en Literatura
Saint John Perse se ha convertido en un poeta del olvido, en un nombre rimbombante sin eco. Su voz no llega hasta los actuales tiempos. En algún sitio sin peso ni base se ha quedado estancada. Desde la lejana patria de las palabras, desde la remota región del hermetismo, su obra es un resplandor lejano apenas perceptible.
Su lenguaje tenía la potencia de los huracanes, el flujo y reflujo de las mareas, su expresión temática alcanza a descubrir bajo los arenales de las islas, bajo la sombra de las palmeras un rastro de singular poder, una vibración continua aunque serena y secreta de un cosmos indiferente e impertérrito.
Nacido en la isla de Guadalupe, bajo dominio francés, el 31 de mayo de 1888, fue primero conocido como Alexis Legar y fue diplomático hasta 1940, cuando se niega a jurar fidelidad al gobierno de colaboración con los nazis de Vichy y se exilia en los Estados Unidos. Fallece en 1975, no sin antes haber sido galardonado con el Nóbel de Literatura en 1960.
Su obra estremece por sus alusiones a la soledad, al exilio en un mundo donde se cristalizan los miedos por lo inesperado, por lo tremebundo, en un universo donde abundan los temores de un final llegado de repente, sin escalas.
Fundamentales son sus poemas Elogios, Anábasis, Destierro, Amargos y Pájaros.
Saint John Perse no es cómplice del lector de sus poemas. Sus versos no permiten interpretaciones accesibles a las primeras lecturas. Siempre existe una atmósfera de complejidad, de silencio, de desolación, de bifurcación y de variables imprevistas, aún en las más diáfanas expresiones y descripciones de un paraíso peninsular, peregrinaje disiente de la linealidad y de lo evidente.
Se niega a soltar las amarras de su embarcación y poco es lo que deja entrever cuando por fin zarpa hacia esas regiones donde navega a su gusto. Es hermético, cerrado y misterioso. Cada palabra suya, en susurro, en secreto, tiene la virtud de encerrar una pulsión de intenso enigma.
Es un épico de los silencios, de las algarabías y las serenidades. Más allá de su lírica construida con el material de la eternidad, sus poemas evidencian la constante búsqueda de la identidad, de alguien cuyo destino estuvo matizado por los viajes, por el destierro.
No permite luces sobre los promontorios creados por sus palabras, no permite luminosidad a sus verbos y a sus sustantivos que alumbren el sentido, la filosofía de sus inquietudes existenciales. Prefiere la soberbia de la oscuridad y de los laberintos. Nada nace evidentemente, solo es un espejismo de agua y sol que reverbera ante los ojos profanos.
Perse alcanza un nivel de estética que pareciera reñirse con la decodificación abierta del texto. Desliza de pronto una metáfora vaporosa y en la siguiente línea vigoriza el fervor de la relación de la naturaleza con un realismo que arrasa con la vida que bulle en los entornos más primitivos.
Cuánto de imágenes inesperadas, de giros idiomáticos sorpresivos, de figuras sin herencia en el uso del lenguaje. El mundo no tiene fundamentos visibles, están allí, pero debajo del magma, debajo del terreno conocido e inundado de huellas, entre los universos minerales o los espacios abiertos para la circulación de los astros.
Perse no permite claves ni interpretaciones a sus lectores. Sobre una planicie oscura gravita su pensamiento apenas perceptible, su interpretación artística del mundo, su realidad intangible conducida por fuerzas impulsadas en un aparente vacío.
En esa dimensión natural, en ese cuadrante donde puede aventurarse un idilio entre humanos y la tierra, en su contemplación más pura y serena, allí, Perse establece los movimientos de su poesía, sin dejarla suelta para la interpretación, para la asimilación gratuita sin el compromiso de la percepción a través de mecanismos como el de la intuición.
La lluvia sobre el sonido de su nombre, sobre la pronunciación de las letras arcanas, las olas golpean los farallones de su memoria, las torres de su palabra avistan un horizonte turbio donde se mecen gaviotas y torbellinos.
Vientos sin voces o sílabas sibilantes entre las oscilaciones de las palmeras, sobre las corrientes incansables que se deslizan hacia los océanos donde abunda la agitación de la vida original
Saint John Perse no requiere de mitos establecidos. Ha creado su propia cosmogonía, su propia mitología. Los dioses son personajes evanescentes sin sustancia material duradera, son fuego, tornado, cardumen, remolino, explanadas, relámpagos.
Para este autor, la razón empantana la poesía, la convierte en mezcolanza de suciedades, de turbiedad. Nada puede lograrse con la reflexión de sus versos, con la cavilación sobre imágenes y metáforas. La lógica debe derretirse para que se levante el instinto y la intuición que permita la revelación de los misterios, la ruta del laberinto hacia su propio empíreo.
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Roderick Guzmán Meza


