Recordemos a Jacques Cousteau
11.06.08 @ 21:37:06. Archivado en Ficción, Biografías
Nació en Saint André de Cubzac, Francia, el 11 de junio de 1910. Jacques Cousteau era pequeño y frágil, con rostro recogido y puntiagudo, como un animalillo medroso. Caminaba despacio como si anduviera sobre ascuas. Parecían dolerle los pasos, hincarse en sus plantas finas e invisibles agujas.
Pronto tuvo contacto con el mar. Allí lo llevaron sus padres y en vez de entretenerse en la arena, en lugar de levantar mágicos castillos sobre la línea donde las olas rompían en blancos y evanescentes crespones, se lanzaba al agua con un inusitado deleite.
Después fue sorpresa verle fabricar juguetes mecánicos que flotarían sobre la límpida y acuosa superficie oceánica. Inventó cámaras acuáticas donde instalaba sus soldados de juguete. Los corales y las algas coronaban las testas inorgánicas de los fantasmas cuando emergían en las manos de Jacques.
Los recursos de sus padres le permitieron una esmerada educación. Asistió a colegios y universidades en Roma, Burdeos, Nueva York y París. Después de obtener reconocimientos académicos por sus magníficas notas, Costeau ingresó a la armada francesa para prestar servicios al país durante la Segunda Guerra Mundial.
Su vida dio un giro imprevisto. Recibió entrenamiento como aviador naval, pero un accidente le apartó de los cielos para depositarlo otra vez ante la inmensa planicie del mar. Desde la orilla sentía el llamado de Neptuno y las Nereidas, sentía la vibración en su piel de las galaxias de corales, los orfeones de las hespérides cantaban una oda a las espumas y al viento, a las burbujas y a los abismos.
Allí se decidió a volver deslizarse sobre el terciopelo de las olas. No resistió el llamado de las voces del mar y se colocó sobre el rostro una máscara subacuática para poder observar el secreto paraíso de las estrellas de mar.
Junto a su amigo, Emile Gagnan, inventó el famoso Aqua-Lung o pulmón acuático, el protector de la arquitectura respiratoria del buzo. Lleno de inspiración imaginó a los peces y los humanos sobre un escenario de conchas y arrecifes interpretar odas al silencio de las profundidades.
Este dispositivo permitió que los buzos prescindieran de apéndices cilíndricos que se asomaran a la superficie en busca de aire para poder permanecer bajo el agua. Este sistema sigue siendo utilizado por los buceadores en la actualidad.
Cierta tarde que paseaba por el muelle, vio amarrado anclado un antiguo dragaminas. La estructura era poderosa y ligera, capaz de resistir el furor de las olas violentas. Enseguida se encendió el bombillo de su imaginación y en un aleteo se instaló en su pensamiento un nombre: Calypso, la mitológica hija del titán Atlas.
Cousteau transformó le convirtió en una embarcación mitad yate, mitad laboratorio. En él se hizo a la mar y fue seguido por bandadas de delfines, deslumbrado por el fulgor del océano en el crepúsculo, saludado por las nubes.
Desde ese momento, Cousteau y el Calypso fueron referencia obligatoria para todos los investigadores oceanográficos del mundo. Todo el que quisiera conocer el mundo marino, tomaba como faro en la inmensidad, este navío reformado e invocaba el nombre del capitán Costeau junto al de las deidades de los puertos.
Comienza así la larga carrera de Cousteau como investigador. Una de sus primeras iniciativa fue la de desarrollar un sistema de propulsión a vela, botando dos sumergibles monoplazas. Dirigió además, experimentos sobre técnicas de buceo en saturación, entre sus primeras labores.
Los astrólogos dirían que al nacer bajo la constelación de Géminis, signo del aire, su vida estaría ligada al espacio sobre la tierra, al vuelo, a la libertad del viento. Pero su musa estaba sumergida en las profundidades marinas, donde existen paraísos todavía desconocidos, donde el universo puede ser fantasmal, colorido, oscuro, vacío o sangriento.
Pero el aire no era su sino. Tal vez la misión de Mercurio, planeta regente de los gemelos, le iba mejor, la de mensajero de los dioses. Cousteau sirvió de comunicador científico y así cumplió su propósito astrológico.
Cousteau ha sido uno de los más influyentes personajes de la comunicación científica. Su mensaje llegó a todo el mundo a través de más de setenta trabajos filmográficos realizados para la televisión, además de tres largometrajes y más de 50 libros, entre los que son destacados por los especialistas La Isla de los Espíritus, Planeta Océano y El Viaje de Cousteau al Amazonas.
Como biólogo marino, el capitán Cousteau logró los más prestigiosos premios internacionales a lo largo de su carrera. Son memorables el Premio del Centenario de la National Geographic Society o el Premio Internacional sobre el Medio Ambiente que le fue concedido por la ONU.
Su portentoso documental El Mundo del Silencio, le hizo merecedor al Premio de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood. Este trofeo representa para el biólogo francés la consumación de una carrera dedicada a la divulgación científica a través de los medios masivos.
Personalmente, otras serían sus recompensas, sus logros y sus victorias. Nada comparable a sumergirse en las profundidades del océano para copiar esa sobrecogedora dimensión de mutismo y de violencia, de serenidad inmarcesible y de tumultuosos movimientos.
Jacques Cousteau murió el 25 de junio de 1997 a los 87 años de edad, como consecuencia de una infección pulmonar que le hizo recordar que el aire también había sido un elemento de importancia en su vida. Su legado es invaluable porque sirvió de punto de partida para que otros visionarios se lanzasen a los precipicios oceánicos y nos permitieran conocer el secreto que ocultan las olas.
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Roderick Guzmán Meza


