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Carl Panzram, el Reformador (Final)

Permalink 09.06.08 @ 22:14:50. Archivado en Ficción, Biografías

Después de aquella profanación, de aquel ultraje de su cuerpo, Carl se recogió en su interior y acumuló ceniza y maldad en su corazón. Durante mucho tiempo viajó por diversos sitios. No tenía otro objetivo que seguir viviendo. La realidad era un pasadizo de sombras donde amenazaban monstruos sedientos de sangre y dolor.

Llegó a robar para poder comer. Desposeer a los demás de sus pertenencias le ofrecía una singular alegría. Era como neutralizar el trabajo, el tiempo y la esperanza de quienes se convertían en sus víctimas.

A veces se sentaba a la salida de las iglesias o en concurridas para pedir limosna. Tenía la certeza de poseer la capacidad para manipular las conciencias de algunas personas sin filtros racionales, individuos altamente emocionales, desprotegidos y vulnerables.

Para ese tiempo había desarrollado un mecanismo de defensa eficiente de quienes se habían convertido en sus principales enemigos de ruta: los demás mendigos y los oficiales de las estaciones de ferrocarril donde pernoctaba.

Se hizo amigo de un tal James Benson, otro personaje medio loco que entró en su órbita de influencia. Viajaron por varios sitios y se solazaban incendiando graneros, iglesias y edificios públicos.

Panzram odiaba de manera visceral la religión. Los sacerdotes le parecían hipócritas, hienas ávidas de hiel y sangre, ocultas tras los hábitos. El contubernio entre estos dos espantapájaros no duró mucho. Pronto se opusieron sus intereses y cada uno siguió su propio camino.

En el año 1907, Carl entró a una cantina, se sentó cerca de la puerta y pidió una botella de whisky. Varios minutos después escuchó a un individuo que ingresó al local con unas volantes. El hombre se mandó un discurso laudatorio sobre el ejército que para esos tiempos reclutaba en cualquier lugar.

Panzram se enlistó en el ejército de los Estados Unidos y le fue asignado un puesto en el fuerte William Harrison, en la distante y fría región de Montana. Pero Carl siempre tuvo un espíritu pendenciero y rebelde. La disciplina de la armada no hizo más que encresparlo más al punto de la insubordinación y fue encarcelado varias veces.

Casi todos los días se involucraban en peleas y su nombre era mencionado con frecuencia cuando se hablaba de borracheras. Se liaba a los golpes con sus colegas y con cualquiera que osara contradecirle. Los sucios y rotos uniformes eran una muestra del desastroso estado de una mente en creciente estado de decadencia.

No tardó en ser dado de baja sin compensaciones económicas, sin ningún tipo de reconocimiento. Salió del fuerte una noche bajo una tormenta. Empapado y tembloroso se deslizó en uno de los vagones del tren que había sido desembarcado esa misma tarde.

Se dejó caer sobre un montón de paja seca pero tropezó con un sujeto que dormía también su borrachera. Panzram lo pateó hasta reventarlo y después lo arrastró hasta un herbazal donde le aplastó la cabeza con una piedra.
Después de eso logró embarcarse. Un barco que comerciaba especias y traficaba marfil y oro zarpó hacia África. Carl era uno de los marinos.

Trabajaba con tenacidad, pero era de un talante demasiado violento. En cierta ocasión, se dijo, golpeó a un tripulante chino con una vara de hierro y lo lanzó sobre la borda, aprovechando que se abatía sobre el bajel una escalofriante tormenta.

El barco atracó en un puerto de Angola, para ese tiempo colonia portuguesa. Cuando bajaron a tierra, lo primero que hizo Carl fue buscar una cantina. Llegó a un local administrado por un lusitano de aspecto terroso, con un inmenso bigote entrecano y el rostro de una mujer tatuado en su brazo derecho. Hicieron migas pronto y se sentaron a beber casi sin conocerse. Eran dos almas gemelas. El cantinero se había refugiado en aquellos parajes luego de haber dado muerte a su mujer y su hijastro.

Cuando Panzram salió estaba totalmente borracho. Iba por la vereda que le conduciría al muelle cuando vio venir a un chico de unos once años. Le hizo señas y el muchacho, un pequeños niño negro, se acercó. Carl le pidió le comprara un poco de leche en el almacén y le entregó unas monedas. Al regresar el pequeño lo condujo a la parte de atrás de un establo donde lo violó repetidas veces para finalmente aplastarle la cabeza con un yunque.

El barco partió, pero antes hizo una escala en uno de los islotes de la periferia. Panzram se lanzó al agua y penetró en tierra firme con la incontenible intención de beber, pero encontró a una mujer que le pidió dinero. La tomó por los cabellos y la arrastró hasta el monte donde la violó y acuchilló. El cuerpo quedó en un lodazal donde llegaron casi en el acto unos cerdos que comenzaron a mordisquearle.

De regreso a los Estados Unidos se establece en New Haven, Connecticut. Era el paraíso para este fauno demencial. Era un sitio bullicioso y lleno de personas de todas partes. Todos los días se daban enfrentamientos tumultuarios entre peones y jornaleros locales.

Después de lo de Angola, había desarrollado una especial predilección por profanar la inocencia, el pudor y los cuerpos de los jovencitos. Los acechaba y engañaba con señuelos, les invitaba a comer, a caminar y les daba algunas monedas. Después los asesinaba de muy diversas maneras que iban del estrangulamiento a las puñaladas, de los golpes a los desgarramientos.

Quiso ser pirata. Reclutaba a individuos de mal vivir en los puertos. Cambió de opinión y su pillaje se circunscribió a más violaciones carnales y asesinatos. Primero los emborrachaba, después les robaba, los ultrajaba y los mataba. Ávido de sangre, este endriago, este monstruo de lujuria y maldad sacrificó en el altar de sus delirios a innumerables víctimas.

Así desarrolló su vida este hombre sin conciencia ni piedad. Siempre estaba con la policía a dos pasos de él. Siempre buscó la manera de encontrar la violencia para aplacar un ansia de revancha que había surgido en su alma desde los tiempos en que vivía con sus familiares y era aporreado por sus hermanos. A diario se revivía en su mente cada escena donde era vulnerado, cada acto en el que era sumergido en un piélago de llanto y dolor. Rabiaba por los recuerdos que se escondían en los recónditos sótanos de su alma y disimulaban su existencia al tratar de odiar a otros.

Uno de sus primeros asesinatos, el de un joven de apellido McMahon fue motivo de juicio para Panzram. Fue atrapado a inicios del año 1929 y llevado a prisión, en una localidad cercana a Salem, en Massachussets.

Carl se confesó culpable y durante el juicio fue su propio abogado, pero sus alegatos eran ridículos, insensatos y banales, como si en el fondo se saboteara a si mismo para ser encontrado responsable de los actos que se le imputaban… y así fue. Fue condenado a 25 años de cárcel.

En la prisión dijo que mataría al primero que se metiera con él. Esto hizo efectivamente. Tomó una barra de metal y atacó a un oficial de apellido Warnkle. Después la emprendió contra los demás prisioneros que huían en desbandada ante la tormentosa presencia del monstruo que amenazaba con matarlos.

Le volvieron a llevar a juicio por este crimen. No solicitó defensa. Estaba ya vencido por si mismo. Su demonio interior le había traicionado y le abandonaba dejándole sin fuerzas. Le sentenciaron a morir en la horca. Al escuchar el veredicto, una escalofriante carcajada surgió de la boca de este psicópata que heló a los presentes.

Eran las seis de la mañana del 5 de septiembre de 1930. El patio de la penitenciaría había sido abarrotado por numerosos periodistas. El verdugo colocó el lazo alrededor del cuello de Panzram y lo ajustó con fuerza. El condenado le devolvió una mirada seca e inexpresiva.

La palanca fue accionada en el acto y el cuerpo de Carl Panzram quedó colgado a veinte centímetros del suelo. Su rostro adquirió una grotesca mueca que parecía una sonrisa deformada.

"Ya hice una total confesión acerca del asesinato de McMahon. Usted ha enviado testigos desde Salem para identificarme, lo cual han hecho a cabalidad. En ningún sentido cambio mi confesión del hecho. He cometido tal crimen. Yo solo soy el culpable... No solo he cometido ese asesinato sino otros 21 mas y puedo asegurarle ahora mismo que si alguna vez salgo libre y tengo la oportunidad, asesinare a otros 22 mas!..."... CARL PANZRAM


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