El Oscurantismo en la era tecnológica.
06.06.08 @ 21:40:51. Archivado en Cultura, Ciencia, Medicina, Tecnología
Algunos indicios nos hacen vislumbrar el umbral de una nueva era de oscuridad y de superstición. Me gustaría llamarle de algún modo interesante, como por ejemplo, las sombras de la ilustración o las tinieblas ante el conocimiento.
Ocupados como estamos en la lucha por sobrevivir en medio de un feroz encarecimiento de los alimentos y los servicios básicos, ahora nos enfrentamos al embate de una modernidad canibalesca y encendida por la acumulación de riquezas. De forma paralela, otras dimensiones aparecen con sus propios habitantes que nos amenazan desde una traslúcida muralla de miedos.
Sin embargo, nos encontramos también ante el surgimiento de nuevos mitos, leyendas urbanas y la reposición de antiguas ficciones. No es asunto ya de campesinos iletrados o de menesterosos cuya materia gris ha sido evaporada por los efluvios del alcohol y la neblina de las drogas.
Hace poco, en un programa de la televisión estadounidense, el presentador aseguró sin rodeos, iluminado por las luces de los reflectores, que junto a su equipo descubrieron marcadas sobre el fango unas huellas de dimensiones gigantescas.
Con el rostro contraído, los labios crispados y las cejas levantadas, dijo haber descubierto el sendero por donde el yeti ascendía hacia las cumbres nevadas de la cordillera del Himalaya.
Tan solo presentó unos cuantos juegos de fotografías, algo borrosas donde se apreciaban irregulares depresiones en el suelo. Tendrían unas 20 pulgadas de largo y unas ocho ó diez de ancho las supuestas huellas.
Justificó la ausencia de imágenes del no sé por qué “abominable” hombre de las nieves, diciendo que las poderosas ventiscas, la nieve y lo escarpado de los montes, le impidieron incursionar en el peligroso territorio de este cuadrumano de hipótesis y leyendas.
Pocas semanas antes, también presenciamos un documental sobre la presencia de objetos voladores no identificados, en algún lugar de Phoenix, Arizona. Según el narrador, una oleada de vertiginosas discos y cilindros de luz, surcaban el cielo de un azul metálico del desierto, elevándose de pronto hasta alturas inconcebibles y descendiendo a toda velocidad para detenerse a pocos metros del paisaje lunar del despoblado paraje.
Con simulada exaltación, se escuchaban las voces de los supuestos filmadores de la escena. Algunos, ¡oh, por Dios!... complementaban las imágenes de los supuestos aparatos extraterrestres que danzaban sobre cerros y desfiladeros.
Después, con sana paciencia, observamos la historia de una casa embrujada en un pueblo rural de Connecticut, donde un atormentado espíritu congelaba las habitaciones y desordenaba los floreros y los cuadros.
Un ejército de investigadores se instaló en el lugar y con sus equipos monitoreaban la supuesta aparición, en tanto los asustados dueños de la casa, trataban de llevar de la mejor manera sus rutinas siendo como estaban, vulneradas sus intimidades por fantasmas y criaturas menos etéreas.
En un sector de la ciudad donde vivimos, en Panamá, en una de tantas callejuelas sombrías y húmedas durante la temporada de lluvias, se dio el caso de una adolescente que había sido, supuestamente, por el demonio.
El párroco local descartó la presencia del diablo en aquel tugurio y para no agraviar a sus feligreses, se limitó a esparcir agua bendita con un hisopo de plata sobre los muebles, los cuartos, dentro de los estantes, sobre las camas, en los marcos de las puertas y en las ventanas.
Demás está decir que la muchacha fue llevada a un consultorio médico y allí diagnosticada como una personalidad histérica y obsesiva. Algo de diazepam adormeció a la joven y a su diabólico inquilino.
En algún lugar de Puerto Rico se expandió la noticia de que un animal de extrañas proporciones, con rostro de rata, cuerpo de perro grande y alas, había atacado unas reses despojándolas de todo su caudal sanguíneo.
Cundió la alarma por aquel sitio rural y las cámaras de televisión fueron apostadas entre la maleza, sobre los árboles, en los techos de las casas, detrás de las rocas, pero todo fue inútil. El bicho al que llamaron “chupacabra” no volvió a aparecer, al menos mientras los periodistas estuvieron importunando sus faenas sobrenaturales.
Estos son apenas unos pocos ejemplos que podrían demostrarnos que nos acercamos con toda celeridad a una época de oscurantismo. Nos encontramos ante la puerta de entrada a una nueva edad oscura, de superstición y temores.
Parece algo irónico que en una época en que hemos avanzado tanto en materia de comunicación, medicina, electrónica, genética, biología y tantas otras disciplinas científicas, aún funcione en nuestro cerebro esa descarga que nos conecta con atávicos momentos de la evolución, cuando el miedo imperaba y no la razón.
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Roderick Guzmán Meza


