Carl Panzram, el Reformador (Primera Parte)
02.06.08 @ 18:44:49. Archivado en Cultura, Biografías
Uno de los individuos más peligrosos y salvajes de su tiempo fue Carl Panzram. Hombre de brutalidad temible, no dudaba al momento de asesinar. Era un ladrón y asesino, era un vertedor de sangre y eliminador de vidas, según han dicho algunos cronistas de la época de principios del siglo veinte.
Nació este depredador el 28 de junio de 1891. Era hijo de granjeros prusianos inmigrantes. Casi en la miseria vivían estos europeos que buscaron una mejor vida en el llamado país de las oportunidades. Una lucha dura por alcanzar la riqueza no fue nunca rematada por la abundancia ni por el progreso.
Carl era uno de los hijos más pequeños del matrimonio. Cada movimiento a su alrededor era escrutado con minuciosidad por este pequeño que percibía el mundo a través de una muy aguda sensibilidad. Desde niño se convirtió en un espectador pormenorizado de su realidad y de su entorno.
Los hermanos de Carl eran cinco. A diferencia de él, todos eran laboriosos, honestos y temerosos de Dios. Se levantaban con los primeros albores del día y se iban a dormir muy tarde en la noche.
Un buen día, cuando Carl tenía unos siete años, su padre salió de la casa rumbo a la tienda de abarrotes en el pueblo a unos cuantos kilómetros.
Nunca más regresó, su sombra se desvaneció con un golpe de la puerta.
La estrechez económica se convirtió en verdadera penuria. Tan solo podían comer una vez al día y en algunas ocasiones, Carl era desposeído de los alimentos por sus hermanos, quienes adquirieron la no muy fraternal costumbre de golpearlo.
En cierta ocasión, se introdujo en casa de uno de los vecinos para robar, harto ya de pasar hambre y de no tener más que granos de maíz en el bolsillo, pero fue descubierto. Uno de los hermanos fue a buscarlo al granero donde había sido atado y lo apaleó de manera inmisericorde hasta dejarlo desmayado. Sufrió una herida en la frente y otra en el pómulo izquierdo. También uno de los dientes le fue arrancado de cuajo por un puñetazo del hermano.
Después de este suceso, Carl fue enviado a un reformatorio juvenil. Tenía entonces doce años. Era pequeño y medroso, pero su mente y su corazón daban hospedaje a feroces criaturas que le susurraban al oído que tomara venganza.
En el correccional uno de los guardias le hizo desnudarse en un cuarto del fondo. Le revisó por todas partes, los sitios púdicos, los excretores fueron examinados meticulosamente. El agente incrustó uno de sus dedos por la región rectal y despojó al falo de su cobertura. Quería saber si había sido sodomizado, si había fornicado o hasta sí se había refugiado en el onanismo.
Por aquellos tiempos no había vigilancia gubernamental en estos sitios. Las autoridades no habían mostrado mucho interés en otorgarle reglamentaciones a estos locales de corrección. Todo quedaba sometido a la discreción de quienes estaban encargados. Así que no era raro que abundaran los abusos y los ultrajes.
Panzram era torpe para aprender y recibió por su incapacidad de asimilar las lecturas y las lecciones, múltiples palizas de parte de maestros y custodios. Era castigado casi a diario y obligado a leer en un rincón de la sala, bajo la tenaz observación de un guardia, pasajes de la Biblia, sobre todo los relacionados con los castigos divinos y el infierno.
Intentaron con esto inculcarle valores, ética y moral, pero en vez de eso, este díscolo personaje se convirtió en un resentido, en un ser que escondía tanta sed de venganza en su interior que una analogía aceptable para compararlo sería un volcán.
El odio fue creciendo día a día. Era como una maleza alimentada con gotas de sangre, como un pantano nutrido con los desperdicios de un organismo putrefacto. Carl Panzram soportaba con estoicismo el maltrato, en el más digno silencio, con las lágrimas vertidas hacia su interior, pero abonaba un furor tóxico que algún día aparecería con toda la fuerza de una ira reprimida durante mucho tiempo.
La primera de sus venganzas la cometió contra el propio edificio del reformatorio. Lo incendió. Ideó un dispositivo que hizo que el fuego corriera a una pasmosa velocidad por toda la estructura. Carl lo disfrutaba con fruición. Aplaudía en un escondrijo que se había previsto para lograr una mejor visión del siniestro. Sintió placer y alegría al ver cómo se derrumbaban las pilastras del pórtico y cómo el humo se elevaba hasta las estrellas, mientras los guardias, los recluidos y los directores corrían en ropa interior por todas partes.
Pero este desalmado joven era un maestro en el arte de la simulación.
Cuando fue llevado ante el comité de libertad y acusado de haber dado inicio al incendio que consumió hasta los cimientos el edificio, llevó a cabo un acto teatral tan categórico que convenció a los jueces de que en verdad era otro chico y que sentía arrepentimiento por haber observado una conducta tan deplorable y peligrosa.
Era un lúcido hipócrita, un deslumbrante mentiroso y un brillante manipulador. Evocó un supuesto renacimiento espiritual como resultado de las valiosas enseñanzas cristianas que había recibido. Hasta recitaba de memoria algunos versículos del Nuevo Testamento. Alababa la transformación de San Pablo, la valentía de los profetas y sobre todo se postraba a los pies de la Cruz con los ojos arrasados por las lágrimas pidiendo perdón a todos por sus pecados.
Dos días antes de ser enviado a casa, Carl encontró en un apartado rincón de la hortaliza donde sembraba coles y zanahorias, a un muchacho medio atolondrado, escuálido e imbécil. Algo le dijo al chico que intentó zafarse. Sobre la recién brotada hierba de abril, Carl tumbó al muchacho y lo violó sin piedad y sin ser conmovido por el llanto de su víctima.
Consumado el acto, habiendo experimentado el clímax de la sexualidad por primera vez, clavó un cuchillo en el vientre de su víctima y mientras agonizaba sobre un charco de su propia sangre, se masturbó. Sepultó al muchacho y sobre el agujero donde lo depositó colocó varios peñascos de tamaño considerable. El cuerpo no fue encontrado hasta mucho tiempo después, cuando el propio homicida recordó a quien había sido su primera víctima.
Ya en casa, Carl no se ajustó a las necesidades del grupo familiar. La situación continuaba siendo de lo más onerosa. La madre se había mantenido sola y recibía ayuda de sus hijos. Carl se negaba a trabajar y era reacio a colaborar y se mostraba más provocador con sus hermanos de quienes siempre recordó las golpizas y las humillaciones. La madre decidió enviarlo a otro centro de corrección y así lo hizo.
Una vez allí, Carl tuvo problemas con uno de los maestros que lo castigaba constantemente. Planeó matarlo delante de todos sus compañeros, pero algunos de los alumnos se lo impidieron. El revólver con el que pretendía asesinarlo cayó al suelo en medio de un enorme alboroto.
Fue expulsado de la organización. Resolvió no volver a casa y vivir la vida de libertad que tanto anhelaba. A partir de ese momento vagaría por todo el país sin un rumbo cierto. Sabía que la vida se había convertido en un campo de batalla, en un neblinoso emplazamiento donde debía sobrevivir siendo el más violento.
Su itinerario no era definido. Cada estación podría servirle de alojamiento, cada agujero de escondrijo, cada establo, almacén o cueva le proporcionarían algo de tranquilidad para poder continuar con su camino sin ser asediado por el peligro del mundo.
Un día se había bajado de uno de los vagones del tren. Caminó por la estación y comió algún mendrugo. Después siguió por uno de los caminos que llegaban hasta una mina. La noche caía y debió buscar un lugar donde refugiarse. Mientras avanzaba divisó los resplandores de una fogata. En el chisporroteo de las llamas pudo ver los rostros de varios hombres y hacia ellos se dirigió.
Era una pandilla de malandrines que pasaban la noche después de haber asaltado un banco a varios kilómetros de allí. Carl les preguntó si podía quedarse con ellos hasta el día siguiente y le dijeron que sí. Uno de ellos le sugirió cambiarse de ropa y lo llevó hasta una roca donde le hizo desnudarse no sin antes entregarle varias piezas. Cuando esto hubo ocurrido, los demás saltaron sobre él y lo violaron repetida y violentamente varias veces.
Este acto consumió los últimos vestigios de humanidad de Carl Parnzram. Se tornó mucho más sombrío y en su corazón se instaló un puño de hierro. Después de haber sido dejado tirado en medio del campo, Carl se levantó y siguió su camino. Ya vendrían otras cosas después.
"Yo reformo a las personas que tratan de reformarme y la manera de hacerlo, es matándolas..." CARLA PANZRAM
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Roderick Guzmán Meza


