Ser o no ser y la ficción dentro de la ficción.
29.05.08 @ 19:37:21. Archivado en Literatura
Cuánto poder el de la imaginación que erige catedrales e ingenios tecnológicos, que ha despojado al átomo de su misterio y descubierto mundos más allá del vecindario estelar. Cuánta energía puede emanar de una masa dividida en dos fragmentos, incapaz de conocer el dolor, pero si de conducirlo, incrustada entre murallas de huesos cosidos entre sí por invisibles hilos.
El mundo, como escenario de insólitos sucesos, está poblado de miríadas de criaturas, muchas de ellas insípidas y anodinas, otras impactantes y grandiosas. Es sustancia de equilibrio, es medida y analogía.
En un descampado del bosque unas siluetas se deslizan ensimismadas en sus pensamientos, les acompaña el silencio. No lejos, unos sepultureros inhuman restos humanos y los colocan sobre la tierra removida. Cierran las fosas en medio de bromas y chanzas. Se marchan y olvidan un cráneo recostado a una roca.
Enlazadas sobre el abismo de la oscuridad, las estrellas interpretan una sinfonía de fuego. El viento toca la flauta. El rocío se destila sobre el fango poroso donde descansa el rostro descarnado que ha aplastado una flor.
Uno de los personajes se acerca con cautela hasta donde el cráneo sonríe como un sol de calcio. Le toma en sus manos y con detenimiento observa el zurcido de los huesos, las quebradas líneas que unieron las óseas placas, las órbitas vacías, los dientes ennegrecidos. Nada hay ya dentro de ese búcaro, ni inteligencia ni alegría, ni ira ni tristeza.
Un personaje fluye entre la neblina de las edades. Sin realidad ni peso, ni sustancia, emerge como una silueta de ámbar empañada por el musgo de los almanaques. Es Yorrick el bufón, el payaso de la corte, el noble y redomado hombrecillo que divirtió al rey y a su corte, y que ahora es una ciudadela de lombrices y hormigas.
Ficción dentro de la ficción, la calavera del hazmerreír es levantada por una mano que tiembla al reconocerle, mientras la escarcha se instala en la tierra removida de donde han surgido sus restos, como si un maléfico topo hubiera construido un túnel por donde hacerle emerger.
La mano abierta del príncipe Hamlet sostiene a Yorrik, ya perdido para siempre entre los arrabales de la nada, entre los recovecos de la ausencia. No ha de decir una sola palabra el arlequín, pero pronuncia su sentencia a través de la de Hamlet con un acento de espanto que busca una respuesta.
Han flotado sobre él corrientes pantanales, los anillos de las lombrices le han configurado un mapa sobre la frente, entre lirios y rocas ha visto los barrios del submundo, entre medusas y líquenes, la sustancia de la cual había sido hecho, ya desvanecida, se filtra entre los rizos de las espumas y los fuegos del dolor, para llegar hasta nosotros convertido en huesos, transformado en animal desnudo, derrotado por el vacío.
Yorrik despierta sin ojos ni aliento ni voz, es levantado desde su silenciosa residencia de raíces para cumplir el propósito de la luz que busca el camino hacia la consciencia del príncipe que duda y teme.
No responderá a las interrogantes del noble príncipe, no dispondrá de respuestas para apaciguar el desaliento ni para vestir con optimismo la sombra que ante sus órbitas vacías clama.
Shakespeare sustrajo de la fantasía a este niño travieso transformado en máscara. Su romance con la muerte, no le impidió ser un escritor lleno de vitalidad, plétórico de energía poderosa, tal como su otra exuberante estrella, John Falstaff.
“Ser o no ser, he ahí el dilema”, reza el príncipe danés, mientras su mente inventa maniobras, mientras su verbo hace temblar a las esfinges y a los monstruos antediluvianos. El enigma de la existencia lo modela la muerte. Ser y estar, verbos de existencia y ubicuidad que no han podido resolver las interrogantes más esenciales del individuo, ahora son reflejados sobre la dentadura del arlequín fantasma.
Yorrik es un chispazo efímero, como un petardo que estalla en mitad de la fría madrugada de la eternidad, su luz señala un camino, pero pronto desaparece engullido por la oscuridad y el silencio. Le pertenece la paradoja de no existir y ser inmortal.
Nunca más ha de ser, jamás volverá a interrumpir las cavilaciones de los vivos. Sus restos fueron devueltos al agujero de donde habían salido arrastrados por manos profanas.
El verdadero personaje shakesperiano es Yorrik. Es tan aguda su relación con la vida que no puede ser borrado al caer el telón. El pensamiento lo ubica, lo adopta y lo destaca porque no se presta para el olvido.
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Roderick Guzmán Meza


