El Gran Viejo
28.05.08 @ 19:25:49. Archivado en Literatura
Walt Whitman es el mayor de los poetas estadounidenses. Su obra es de una abierta y franca expresión, a mitad de camino entre lo sensual y lo patriótico, entre lo terrenal y lo cósmico. Su inspiración se desliza en la continuidad de un poema de larga factura, de proporciones legendarias. No dejó de construir sobre la base original la totalidad del edificio de su inspiración genial.
Su obra ha sido motivo de homenaje de otros grandes poetas como lo han sido y son Ezra Pound, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca y Allen Grinsberg. En ellos su voz adquirió el acento de la leyenda.
Los versos del patriarca de la lírica son amplios y establecen concordancias con el estilo de los salmos bíblicos, pero con temas mucho más próximos al denso universo de la materia y de elevación disimulada tras las descripciones de una batalla, de un andén, de un pastizal durante la primavera o de un campamento donde los heridos convalecen o donde son arrebatados por la muerte el 26 de marzo de 1892.
Withman es el primero en emanciparse de la ortodoxia, en dejar atrás el parnaso francés para estimular otro tipo de arte, más vital, más lleno de experiencias interrelacionadas donde él es actor y el mundo un escenario por donde aparecen y se hacen humo los tiempos y los lugares bajo símbolos desnudos de libertad espiritual.
Para este viejo de fluvial barba de nieve, de sombrero de ala ancha, de azul mirada debajo de un ceño adusto y marcado por la experiencia de una vida tumultuosa, no existen ataduras ni a los dogmas ni a los ritos. Se despojó de las vestiduras del puritanismo donde se han tejido telarañas de cristal, quebradizas a la menor insinuación de irreverencia.
Todos los seres son uno solo, expresa Withman en su posición panteísta del universo, alumbrado por la energía de una divinidad desconocida pero pletórica de sensualidad y de belleza en cada una de sus manifestaciones. Una entidad más allá de la comprensión del monje y la percepción del iluminado.
Es el optimista, el hombre del trabajo duro, el leñador, el soldado, el cochero, el marino, el jornalero, el minero. Su fe está imbuida de esa fuerza natural primigenia de antiguos modelos cuando la religión no se había conformado como sustento de la fe y para él, la democracia es el páramo abierto, es la dicha en el lecho junto a la persona amada, el ardiente sol sobre los campos.
Pero también lo es el progreso, el ferrocarril, las embarcaciones a vapor, el comercio, las fábricas que transforman los elementos de la naturaleza, donde todo se vuelve posible, donde todas las cosas nacen gracias a la sabiduría del hombre, enseñoreado y titán divino salpicado de estrellas y eternidad.
Valiente poeta Withman, su rebeldía y disconformidad eran la hoz que desmontaba el camino de hierbajos, que cercenaba los matorrales donde se esconden las alimañas, por donde después habrían de transitar no pocos creadores que han seguido al maestro. Rompe no solo con los contenidos habituales, sino también con el estilo.
Nacido un 31 de mayo de 1819, cerca de la localidad de Huntington en Nueva Cork, Withman estableció una unión cómplice con su madre, de la cual era el segundo de nueve vástagos. Tal vez de allí esa sensibilidad para percibir el mundo, para encontrar la fórmula secreta de interpretar los códigos de la naturaleza y del ser humano.
Es hasta 1855 cuando Withman publica la primera de las incontables versiones de su aclamado Hojas de Hierba, cuya novedad era un tipo de versificación libérrima y que le alejaba del sentimentalismo burgués de tanta influencia en su época.
Debió financiar él mismo la edición de esta obra porque la rígida moral estadounidense se escandalizaba de la glorificación que hacía Withman del cuerpo humano y de los gozos sensoriales. Las veleidades de la carne, aguijoneada por el fuego de la sensualidad, eran clasificaciones explicadas en las crónicas de los beatos como los aleteos que conducen al infierno. Withman había expresado su visión hedonista de un cosmos sombrío donde moraban antes de él, los machos cabríos solazándose en jardines donde íncubos y súcubos se desfloraban por la eternidad.
Fue el poeta del pueblo, de los arrabales, de las ciudades, de las guarniciones, de las montañas, de las tabernas, de los callejones, de los muelles, de los caminos, de los graneros, de los fuertes, de las minas de los vapores. Su voz fue potente y heroica, de un irresistible magnetismo que conducía los sentidos hacia territorios inexplorados.
Withman, en su Canto a mi mismo, exponía una visión de un yo alegórico, todo sensualidad, amoroso, capaz de una entrega sin repisas ni cadenas, de hacer elevar la imaginación hacia orbes de infinitud y resplandores siderales, vencido ya el ego y los caprichos del narcisismo.
Es un hombre de inmenso valor. Su voz lírica se deriva de una sexualidad exuberante, de una energía genésica que florece en los espíritus puros, en la vibración de la piel desnuda, en las convexidades del alma donde anidan las bestias y los colibríes, de una voluntad física y psíquica apoteósica pero tierna, dura, pero frágil, capaz de convertirse en medio para lograr lo sublime.
Trabajó incansablemente en su obra, pero también en los campos de batalla donde asistió a los soldados heridos. Este esfuerzo fue supremo. Un tarde de verano, Withman se sintió indispuesto y se retiró a su tienda. Al despertar e intentar hablarle a un camarada que descansaba a su lado, notó que su voz era apenas un balbuceo, un fluido de silabeos sin armonía ni coherencia.
Había sufrido un ataque cerebro vascular mientras dormía. Desde lo más oscuro de su yo había regresado para encontrar intacto el mundo que había visto desaparecer al cerrar sus párpados tan solo dos horas antes, pero incapaz ya de nombrarlo ni de celebrarlo.
Hizo esfuerzos por decir algo, pero ya su voz se había diluido en la oscura larva de su cerebro agredido por la enfermedad. No tardaría mucho el poeta en morir e integrar cada uno de sus átomos y sus moléculas a la tierra a la que tanto había cantado.
Walt Whitman ha sido el padre de la poesía estadounidense, en un ámbito donde abundaron los vates inclasificables, donde la estética encontró un asidero propicio para proporcionar deleite y satisfacciones espirituales e intelectuales. Su voz perdura, sus palabras aletean en los amplios salones de las universidades, en los centros de oratoria y en cada edición de su único gran poema, nutrido por el tiempo. Su legado es infinito como infinita es su obra.
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Roderick Guzmán Meza


