La sangre sobre los Rieles
26.05.08 @ 17:47:50. Archivado en Cultura, Ficción, Biografías
Las condiciones socializadoras de los seres humanos pueden ser quebrantadas con suma facilidad en un espíritu receptivo. La frontera entre la normalidad y la locura puede ser traspasada como un puesto donde los guardias duermen. Este paso es poco perceptible en algunas personas que poco a poco van acercándose a emplazamientos donde la niebla distorsiona la realidad. Allí extraviado, encontramos a un peligroso personaje cuyo cuadro cuelga en una de las paredes de la galería de asesinos en serie más notables de los últimos años.
Su nombre era Ángel Maturino Reséndiz, también conocido como el Rail Road Killer o el asesino de las vías del tren.
Este iluminado del mal cometió terribles crímenes en un período de dos años y la mayor parte de sus hazañas las llevó a cabo en localidades muy próximas a las estaciones de trenes. Su itinerario comprendía viajes a Estados Unidos, México y Canadá, una ruta que le proporcionó una importante cantidad de víctimas, aún desconocida por las autoridades.
No era un sujeto muy inteligente, más bien torpe era su más relevante característica. Sin embargo, esta misma insolvencia, esta carencia de método y de planificación, terminaron por confundir a las autoridades.
La policía no concebía que fueran tan evidentes las pistas, tan notorias las falencias en la actividad delictiva de este barón del mal. Acostumbrados a los enigmas, a los misterios derivados de las conductas estrafalarias y excéntricas de los asesinos en serie, los investigadores imaginaban que este poco sofisticado ejemplo de terrorista solitario trataba de desvirtuar los perfiles conocidos.
Según se ha dicho, Resendiz vivió una infancia sin conexiones familiares. Los valores y principios eran columnas de humo difuminadas por el viento. Se crió en un entorno sustituto que no le proporcionaba bases para la vida en común, así que las calles fueron pronto su más propicio reducto de acción
Allí se encontraba en escenarios de lucha callejera, peleas y palizas no le fueron extrañas. En una ciudad como Puebla con cinco millones de habitantes, no son escasos los problemas sociales y se dice que Resendiz pudo haber sido ultrajado por homosexuales que durante las noches pululan por las avenidas y calles.
Cuando cumplió dieciséis años, este inestable y amargado joven cruzó la frontera e ingresó de manera ilegal a territorio de los Estados Unidos. Deambuló también por las calles, cometió algunos hurtos de menor cuantía para poder sobrevivir. Se enfrascó en peleas con elementos de mal vivir que también competían por los espacios para la mendicidad y el pillaje.
Pronto se instaló cerca de una estación de trenes en Bronxville, Texas. Cuando caía la noche, estos lugares eran verdaderos abismos de oscuridad. La soledad podía sentirse tan densa como una muralla. Aquí fue donde despertó el monstruo que se anidaba en el interior de este individuo.
Desde el andén de la estación, Resendiz salía por las noches a buscar alguna forma de obtener recursos y alimentos. En cierta ocasión se topó con una mujer joven de agraciadas formas que caminaba despreocupada por las húmedas callejuelas. El taconeo de sus zapatos podía escucharse con claridad por todo el perímetro.
Resendíz pudo verla cuando se acercaba, era joven y de cabellos largos. Se lanzó sobre ella con rapidez y la golpeó en plena cara. Un flujo de sangre surgió de la nariz de la desgraciada que cayó sobre el pavimento sumida en la inconsciencia. A un lado, a poca distancia, una varilla de acero yacía en su material inconsciencia. Resendiz la tomó a guisa de bate de béisbol y le asestó un sólido golpe a la cabeza de la mujer que le destrozó el cráneo y permitió que saliera disparada sustancia encefálica.
Después, como si no se hubiera percatado de lo que había hecho, se arrodilló junto al cuerpo ya exánime y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca sangrante. Escupió la sangre sobre la blusa. Abrió el bolso que había caído a unos pocos metros y sustrajo el dinero que contenía.
Cuando se descubrió el cuerpo, se pensó que la mujer había podido ser víctima de un accidente y que su cuerpo maltrecho tal vez pudo ser golpeado por alguno de los vagones del tren que había partido durante la noche como una serpiente oscura y ruidosa.
No era prudente permanecer en ese lugar, así que se marchó en busca de otro sitio donde poder escabullirse de las investigaciones que habían comenzado al día siguiente. La luna se levantaba por detrás de unos cerros cuando Resendiz se introducía en una bodega de otra estación en el otro extremo de la ciudad.
Allí estaba sentado sobre un montículo de paja, ingiriendo un poco de licor barato cuando pudo divisar dos siluetas que se movían a unos cuarenta metros. El andar era oscilante, cansado y un poco tardo. Se levantó entonces para ocultarse tras una lámina de madera recostada a uno de los vagones desenganchados en reparación.
Era una pareja de ancianos que llevaban consigo paquetes de supermercado. El hombre tendría unos ochenta años y la mujer cinco menos. Les dejó pasar y los asaltó por detrás. Con un pedazo de leño golpeó al hombre en la cabeza y a la mujer en el estómago para luego patearla hasta desfigurarle el rostro. El viejo yacía sobre un lodazal abonado con su sangre.
Con un poco más de control que la vez anterior, escondió los cuerpos en unos matorrales a poca distancia. Cuando salía de la maleza escuchó una respiración anhelante que provenía del norte. Se aproximaba una muchacha de no más de dieciocho años a la que Renderiz lanzó contra el suelo y violó repetidamente antes de estrangularla y acuchillarla.
Cuando se incorporaba creyó ser visto por alguien, pero en realidad era su propia sombra contra la pared de un depósito lo que le hizo correr a toda prisa para ocultarse. Esa misma noche se marchó a otro condado después de robar un vehículo estacionado en un supermercado.
En otra ocasión pedía un aventón en la carretera. Un automóvil sedán se detuvo. Era conducido por un señor de mediana edad. Los anteojos de gruesos cristales evidenciaban una visión deficiente. Resendiz reparó en esto, pero de una manera más instintiva que racional. Le pidió al hombre detenerse para hacer una necesidad y se le apareció por la ventanilla para clavarle un cuchillo en el cuello.
Lo sacó del vehículo y lo lanzó por un barranco. Después condujo hasta Amarillo, Texas donde alquiló una habitación en un motel. Allí dio un baño y durmió hasta el día siguiente.
Consumidor de alcohol y drogas como era, robaba para continuar con sus vicios y varias veces tomó los vehículos de las victimas para transportarse. De hecho así fue como se le pudo conectar con varios crímenes, por las huellas dactilares y los restos de sangre que transportaba de un sitio a otro.
Hizo un cambio en su radio de acción y se marchó a Florida, donde fue arrestado por robo a mano armada y condenado a veinte años en 1979. Seis años pasó recluido en la penitenciaría estatal antes de ser puesto en libertad y deportado a México. En 1985, volvió a ser apresado por pretender hacerse con la ciudadanía estadounidense. Ahora pagó 18 meses en la cárcel.
También fue puesto tras las rejas en Nueva Orleáns y en San Luis, donde pagó 30 meses por intento de defraudar al sistema de seguridad social. Con todos estos antecedentes, Resendiz se había convertido en una figura de cuidado. Lamentablemente, las autoridades no fueron tan precavidas como el Departamento de Migración y por falta de comunicación, este hombre pudo cometer otros homicidios.
Ya no era solo Resendiz, ahora era conocido como el Railroad Killer o el asesino de las vías del ferrocarril.
En medio de sus andanzas, Resendiz encontró tiempo y disposición para encontrar pareja, a la que agasajaba con joyas caras y costosos regalos, la mayoría robadas a sus víctimas. La mujer entró en sospecha al observar que el brillo de uno de los abalorios era opacado por una pequeña mancha de sangre que no pertenecía a su peligrosamente desconocido marido.
En el frenesí de su violencia, Resendiz asaltaba casas, entraba por las ventanas y mataba sin piedad ninguna. Dejaba rastros de sangre sobre las alfombras y el césped, tal era el grado de falibilidad de sus ataques.
Fueron unas doce sus víctimas en dos años de carrera criminal. Ángel Matutino Reséndiz fue encontrado culpable de todos los cargos imputados y condenado a muerte. Fue ejecutado con una inyección letal en la cámara de la muerte del estado de Texas
Poco antes de serle administrada la dosis mortal Matutino Reséndiz dijo: “Dejé que el diablo controlara mi vida”. Respiró profundamente y agregó: “Perdóname mi Dios. Diosito santo, aquí vengo mi diosito”.
Comentarios:
Tambien a los violadores y principalemnete a los secuestradores deben tener la pena capital.
gracias
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Roderick Guzmán Meza


