Piratas Demócratas
23.05.08 @ 14:18:00. Archivado en Historia
Según ha revelado un experto en la historia de las relaciones mercantiles y el comercio marítimo, uno de los grupos que más propició el establecimiento de la democracia fueron los piratas.
Una forma rudimentaria de consulta popular les sirvió a estos sujetos que navegaban al acecho de los puertos y de las principales rutas marítimas, para mantenerse siempre bajo cohesión, sin caer en los desórdenes de la avaricia y el tumulto de la violencia autodestructiva.
Sí, aquellos salvajes individuos que blandían y usaban sin asco la espada y el mosquete, que izaban su negro estandarte en cuyo fondo sonreía malévola una calavera, sirvieron de prototipo para futuras legislaciones nacionales, de acuerdo a los especialistas en la materia.
Fue en el siglo dieciocho cuando se consolidó esta estructura de gobierno interno entre los facinerosos del mar. Los versados en el tema señalan que entre los piratas existían códigos de comportamiento basados en el honor y en la discreción, líneas directrices para fomentar la disciplina y el sentido de agrupación.
Eran mafiosos del mar, pandilleros de las olas. Su necesidad de identificarse como parte de un todo era poderosa, como lo es en quienes se agrupan para cualquier propósito. Esta relación les servía de soporte ante la resquebrajada base social de la cual provenían.
De común acuerdo y por lo regular, elegían a sus líderes entre los más arrojados y astutos, entre los de mayor experiencia y conocimiento de la actividad. No solo debía ser un consumado estratega, sino también un hábil gerente de personal, disciplinado administrador y eficiente contable.
Sus relaciones contribuían a un modelo incipiente de democracia. En consulta popular, sobre la cubierta de sus embarcaciones, en las malolientes tabernas y buhardillas, en los hediondos camarotes o acaso en las cárceles donde en ocasiones iban a parar, decidían sus próximas maniobras, quiénes liderarían la actividad y la responsabilidad de cada uno de los integrantes de la tripulación.
Al respecto, el investigador económico Peter Leeson ha manifestado que la base de la sociedad pirata, incluidas sus variables filibusteros, bucaneros o corsarios, se adelantaba a los modelos que hoy se erigen como baluartes de la consulta popular.
La llamada carta magna de los piratas, explica Leeson, se adelanto a las constituciones modernas de países como Estados Unidos, España o Francia.
Elegir a un jefe por el voto mayoritario era la práctica entre los piratas y este a su vez era el representante de todo el grupo que aplacaba los acaloramientos e intercedía entre los fragorosos aspavientos de sus personalidades.
Compendiar en un solo individuo el poder de la dotación no necesariamente daba forma al rigor absolutista, no modelaba el perfil del dictador, porque solo era exigida obediencia plena cuando la nave o el grupo eran atacados por algún rival o las fuerzas de los diferentes gobiernos o reinos.
Ellos regulaban en conjunto la manera en que las órdenes serían impartidas a bordo de la nave. Las diferentes secciones eran escrupulosamente supervisadas por personal a estos menesteres designado por la colectividad.
Existían secciones de avanzada, de estrategia, de mantenimiento, de avituallamiento, de cocina, de bodega y otras tantas que mantenían la eficacia del engranaje del conjunto, como si fuera una concatenación de piezas de una maquinaria bien lubricada.
Cuando sus empresas resultaban exitosas, cuando lograban hacerse de valiosos cargamentos, se establecía un sínodo que daba fe del cumplimiento de las responsabilidades de cada unidad.
Este código sin base material, que no reposa en ningún estante académico, se creó para sistematizar la convivencia entre individuos violentos, feroces, indolentes, capaces de matar sin una pizca de piedad a sus enemigos.
También debía servir para preservar el orden durante las largas operaciones de asalto en los mares. Meses sobre el vaivén de las corrientes marinas, lejos de tierra firme debió haber sido una especie de caldera en ebullición contenida. De esta manera impedían el surgimiento de la discordia y el descontento que promoverían los motines.
Así mismo, el peso de la voz de los piratas, cohesionados bajo la sólida estructuración de su código, mantenía a raya a cualquier ego sobresaltado que tuviera la intención de erigirse en tirano.
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Roderick Guzmán Meza


