Otto Rank, entre el miedo a nacer y los héroes.
21.05.08 @ 20:11:52. Archivado en Cultura, Biografías
Un tanto oscurecida su imagen por las colosales figuras de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, el psicoanalista austriaco Otto Rank ha desarrollado una obra portentosa a partir de la cual pretende ofrecer una visión de la evolución del espíritu humano basada en la interpretación de los mitos de los pueblos antiguos.
Rank se introdujo en los laberintos de la mitología para intentar desentrañar los misterios del comportamiento humano. Uno de los principales mitos fue el del Nacimiento del Héroe, donde examina varias fábulas o tradiciones de personajes elevados a la categoría de semidioses o superhombres.
Repasó la historia de los reyes de Babilonia, Gilgamesh y Sargón, la del héroe indostaní Karna, el rey de los persas Ciro, los monarcas y emblemáticos nombres griegos, entre ellos Edipo, Hércules, Paris y Perseo. También analizó a Rómulo y Remo los legendarios fundadores de Roma, el adalid celta Tristán y los germanos Siegfred y Lohengrin, sin dejar por fuera a las colosales figuras de Moisés, Buda y Jesús.
Mientras estudia a todos estos personajes, Rank descubre que sus vidas son sustentadas por una misma característica. Un rey y una reina o tal vez un dios o una diosa, engendran un hijo. A pesar del elevado o sublime origen, el pequeño heredero no disfruta de su posición porque siempre se cierne sobre él un nublado celaje, una amenaza latente que terminará por convertirlo en un peligro para los intereses del reino y de sus propios progenitores.
A veces, el padre alberga ciertas dudas sobre la fidelidad de quienes le rodean. El trono es rodeado por moscardones infectados de avaricia que pretenden inocularle su tóxico para eliminarlo. Como todos los líderes muestra suspicacia y observa con recelo el movimiento de los cortesanos más próximos. Es una reacción natural de quien ha alcanzado un sitio preferencial con una espada en la mano y un puñal en la otra, un movimiento inherente a su majestuosidad, el miedo a ser desposeído o derrocado.
Acude entonces al oráculo en busca de consejo. El incienso asciende en espirales hacia la bóveda del templo. El pebetero se encuentran en el centro del aposento. El arúspice invoca a los dioses, les pide sabiduría para interpretar las señales, para ver a través de símbolos, el riesgo que corre la corona sobre la testa del soberano. Le advierte entonces el peligro que le acecha tras las puertas del palacio y de las cortinas del salón del trono.
Pero, minucioso en su predicción, el adivinador señala al hijo como la fuente de su desgracia. Entonces, el pequeño, con frecuencia, es abandonado a su suerte dentro de una caja, una cesta o una barca que es lanzada sobre un caudal estrepitoso con el propósito de que más allá, donde tuerce la corriente y se pierde de vista, el niño perezca ahogado.
Pero esto no ocurre y el infante es finalmente rescatado por animales o humildes personajes que le crían con amor y complacencia. El tiempo pasa, empero, y el chiquillo siente en su interior que algo no le ha sido descubierto, una especie de pulsión que le impulsa a la búsqueda de un secreto.
Entonces, ya crecido, capaz de valerse por si mismo, abandona a sus padres putativos para ir en búsqueda de ese misterio. No sabe lo que es, pero ha de seguirlo. Pronto se dará por enterado de que en realidad su exploración ha de conducirle hacia sus verdaderos padres.
Para Rank, estas descripciones de los mitos antiguos no son más que la forma en que nosotros vemos a nuestros padres cuando somos niños. Es en esa época cuando veneramos a nuestros progenitores; sin embargo, su intervención en nuestros asuntos crea una especie de creciente rechazo hacia esta actitud absorbente. Conocemos entonces la verdadera esencia de quienes nos han dado la vida.
Rank nos dice que el mito el reflejo del deseo de retornar al idílico período en que éramos reconfortados por papá y mamá. Volver a esa época de perfección, sin ruidos ni tropiezos, cuando unos brazos extendidos nos proporcionaban la mejor y mayor muestra de seguridad y afecto.
En el mito, la cesta, caja o embarcación representa la calidez del vientre materno y las aguas serían algo así como el líquido amniótico sobre cuya sustancia flotamos hedónicamente, ajenos a las perturbaciones del mundo sensorial, contagiado por egos y fluctuaciones afectivas.
Siempre en la misma línea, Rank nos señala que los personajes humildes, quienes se hacen cargo del niño abandonado, quienes le ofrecen desvelos y sacrificios, son ciertamente nuestros padres, pero vistos tal cual como son, con sus falencias, puntos débiles y sombras.
El rey, la reina, el dios y la diosa, significarían lo que deberían ser nuestros padres. Entonces, la venganza profetizada por el vaticinador no es más que el deseo de castigarles por no ser lo que alguna vez creímos que eran.
Como hemos visto hasta aquí, Rank no se detiene en los aspectos evidentemente sexuales del mito. Para él no es más que la expresión de las diferentes culturas tomando como base las experiencias infantiles.
Otro de los temas analizados por el erudito austriaco es la creatividad artística. Para él, un artista tiene una poderosa tendencia a idealizar o magnificar su propia voluntad. No se conduce igual que la mayoría de las personas, dice Rank, porque necesita modificar la realidad, convertirla en un escenario afín a sus necesidades espirituales.
Es una especie de diosecillo caprichoso, incapaz de adaptarse al entorno y busca por todos los medios revocarlo a su imagen y semejanza. Aspira muy dentro de sí a la inmortalidad, a la permanencia, aunque reconozca en público un deseo de ser olvidado y una necesidad de intimidad.
La polarización materia y espíritu, específico y universal, individual y humanidad, son los elementos por medio del cual el artista logra alcanzar la excelsitud de su obra. Moldear en sus manos un universo sobre la base de estas dualidades la proporcionará su nicho en el parnaso de las artes.
También nos dice Rank que la voluntad es la principal fuerza que se agita en el interior del alma humana. Nacemos con ella y la utilizamos desde la infancia para reafirmar nuestros egos. Pretendemos ser libres de cualquier autoridad, nos sacudimos las cadenas antes de lanzarnos a la búsqueda de la imagen que consideramos la que merecemos.
Esa voluntad nos libera de la autoridad de los padres, de allí que descubramos sus defectos, tal como se indica en la descripción de los mitos. Después, intentamos despegarnos de los mandos y de las normas.
De manera indirecta, entonces y sin haberla tomado como punto de pivote para sus teorías, Rank nos intenta demostrar que también pretendemos liberarnos de los frenos impuestos a la sexualidad por la moral.
De allí que el psicoanalista vienés nos planteará la existencia de tres tipos diferentes de personas: el adaptado, quien aprende una voluntad impuesta; el neurótico sumido en la pugna por vencer el dominio exterior y el productivo, que vendría a ser el artista, el genio.
Finalmente, Rank nos dice en su libro El Trauma del Nacimiento que todos los seres humanos experimentamos una profunda ansiedad al momento de nacer y esta sería la base de futuras angustias.
Lanzarnos al amenazante y poderoso mundo real, a través del canal uterino de la madre, deja serias huellas en el alma. Ese tránsito hacia la realidad material, hacia los colosales abismos de la fase anterior a la extinción, es decir, la vida misma, es la base de los miedos y las ansiedades humanas, según Rank.
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Roderick Guzmán Meza


