Matrimonios Infantiles en la India
20.05.08 @ 20:18:12. Archivado en Cultura
La India es un país exótico. Tiene misterio, pero también poesía. Un vasto territorio de 3 millones 287 mil 590 kilómetros cuadrados sirven de escenario a las más variadas formas de cultura, de las que participan su más de mil 100 millones de personas, cantidad avasallante de población, tan solo superada por China.
En esta nación del sur de Asia se hablan más de cien lenguas diferentes y sus costumbres, no siempre son bien comprendidas por los occidentales. No es extraño sorprendernos con los rituales purificadores del Ganges, donde navegan hacia ignotas regiones de su panteón particular, los muertos atados a rústicas balsas.
Son proverbiales ya las ciudadelas de monos sobre las azoteas de las estructuras habitacionales de Mumbay, Madrás o Calcuta y los rebaños de vacas cruzando las atestadas callejuelas, donde mercaderes y compradores regatean los precios de las más insignificantes baratijas.
Las ratas son también espíritus selectos que deambulan entre las cloacas y los monasterios y ascienden hasta las sórdidas galerías donde una multitud de personas viven en patológico hacinamiento, rozadas apenas por hilos de luz que se filtran por las aberturas hechas por el viento entre las colgaduras.
Cientos de divinidades sirven de refugio espiritual a los hindúes. Los santuarios acogen las figuras representativas de dioses como Indra, Agni, Kali, Brahma, Vishnú, el terrible Shiva y tantos otros que son un reflejo de la infinitud de seres que los adoran en la tierra. Con un empíreo superpoblado, la India ha olvidado otros asuntos.
El matrimonio infantil es una de esas tradiciones un tanto enrevesadas para nuestra percepción occidental de la vida y de las relaciones interpersonales. A pesar de estar prohibido por las leyes, si se lleva a cabo adquiere validez.
Pequeños e inocentes, los niños y las niñas son dispuestos al matrimonio por sus progenitores. Apenas han crecido un metro y ya son considerados para establecer relaciones maritales, sobre todo en este mes de mayo cuando en las zonas rurales, las ceremonias revisten de color al paisaje, un tanto ensombrecido por la aproximación de los temporales monzónicos.
La celebración de esta tradición es conocida como Aksahya Tritya o Akha Teej y es considerada como muy benéfica para los menores y sus familiares.
Las niñas son ataviadas con las ropas más elegantes que puedan proporcionarles los padres, tejidos pobres, pero relucientes. Les pintan las manos y les visten con un sari rojo granate, parecido a un rubí de tela que resplandece entre los oscuros y sucios ropones de los pobres vecinos que acuden al ritual.
A los niños les colocan un elegante turbante, sobre sus cuellos cuelgan guirnaldas de flores, además de darle ciertos retoques a los rasgos con pinturas de colores oscuros para las cejas y un tanto acelestadas para los párpados.
La ceremonia es una ruidosa manifestación de júbilo por parte de los parientes. Suenan los címbalos, as panderetas y las flautas, mientras los invitados realizan sus mejores movimientos en una frenética danza donde las parejas se intercambian sin miramientos de género.
Terminada la algazara, los pequeños regresan con sus padres a casa. Allí han de permanecer hasta tanto la novia tenga su monarquía, lo que ocurre cuando ha alcanzado la edad de once años. Es en esta época cuando ya es una mujer en todo el sentido y se le envía a vivir con su marido.
Para ese momento, el esposo será también un adolescente que apenas comprenderá lo que significa hacerse cargo de su pareja, como lo manda la ley de los adultos y la de la especie.
Y no solo se casan a las niñas con sus coetáneos, sino también con adultos, hombres ya curtidos en los avatares de la existencia. Grandulones con rostros corrompidos por las penurias y deformados por la lujuria.
Pero las voces en contra de estas actividades, de estos precoces himeneos. Existen organizaciones contrarias al ritual porque las niñas sufren problemas de salud al salir embarazadas en épocas muy tempranas de su desarrollo, además de padecer estrés psicológico por tener que hacerse cargo de una relación y de un hogar, cuando apenas sus pechos se levantan y sus caderas se redondean.
Pierden a sus padres que poco o casi nada se preocupan por ellas. Han sido destinadas a vivir con determinado individuo y su responsabilidad pertenece a esa relación. Desbaratar la unión es considerada una ofensa y poco se aventuran las niñas a enfrentarse al escarnio de su grupo social.
Además, ambos, niño y niña, ven coartadas sus oportunidades de desarrollo porque la educación pasa a un muy distante plano y el trabajo fatigoso y poco remunerado será la prioridad.
Este tipo de matrimonios, según un reporte de la UNICEF son establecidos en las poblaciones rurales de las distantes aldeas y entre los trabajadores agrícolas de las llamadas castas inferiores.
Apenas hace unos días se han celebrado cientos de enlaces matrimoniales entre menores, actividad que resulta muy lucrativa para los comerciantes quienes ofrecen a los invitados y curiosos todo tipo de mercadería en los puestos instalados en la periferia próxima a los sitios donde se entregan los menores a sus votos nupciales.
Sin embargo, una situación muy penosa ha ocurrido este año en un pueblo llamado Devda. Allí no se dio un solo matrimonio, nada de celebraciones ni de guirnaldas, coronas o música. Ya no hay niñas en edades casaderas porque una deleznable práctica se ha llevado a cabo.
Nos referimos a los feticidios y los infanticidios. Los padres de las niñas de este lugar consideran que la presencia de una niña en su familia representa una carga. Al contrario ocurre si les nace un varón, que puede dedicarse a las labores agrícolas, ser comerciante o pastor.
Los pequeños son desposeídos de sus derechos, de su personalidad. Anuladas quedan su imaginación, su inteligencia y su futuro. Tomados de la mano ante un altar engalanado con flores y con crespones coloridos, estos pequeños no son capaces de comprender la magnitud de este sacrificio.
Las niñas muchas veces son sacadas de las pocas escuelas para que comiencen el aprendizaje de sus deberes matrimoniales. Cargan contenedores de agua sobre la cabeza, recogen forraje para el ganado, amasan y hacen tortas con excrementos de animales para utilizarlos como combustible, friegan los pisos, lavan la ropa, atizan el fogón y muchas otras faenas domésticas para las cuales todavía no están preparadas.
Según han manifestado algunos padres, ellos organizan este tipo de matrimonios para disminuir sus gastos, ya que las chicas no producen, no rinden como los varones en las faenas agrícolas o comerciales.
Se han dado casos espeluznantes de niñas de diez u once años embarazadas, en ocasiones con serios problemas de gestación y de parto. No son pocas las que han muerto por no poseer un aparato reproductor desarrollado.
Hace poco se conoció de una niña de once años que había sido casada por sus padres con un hombre veinte años mayor. El esposo era un veterano alcohólico que fue fulminado por ataque hepático. Dejó a la chica viuda con tan poca edad y lo peor, esperando un hijo.
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Roderick Guzmán Meza


