Peter Sutcliffe el Destripador de Yorkshire
19.05.08 @ 21:41:33. Archivado en Historia, Ficción
Cierta mañana de octubre de 1975, un empleado del servicio de repartición de leche realizaba su recorrido habitual por el sector norte de Leeds. Estamos en Inglaterra. La niebla ciñe los arbustos y sobre las calles un lienzo de gris luminosidad se levanta. El hombre acomoda los contenedores de lácteos en la parte trasera de su vehículo. Cuando termina, su mirada queda en dirección a un manchón de hierba iluminado por el tímido sol. Allí pudo ver un bulto. Algo uniforme deformaba el pastizal. Era el cadáver de una mujer.
Se acercó con temor, pero con suficiente curiosidad para superarlo y ser testigo del primer asesinato de varios que aterrorizarían la ciudad. Pudo verla de cerca, absorto, ensimismado en la imagen. Tenía la blusa abierta y los pantalones abajo. El cabello había sido oscurecido por la abundante sangre que emanó de una enorme herida. Los expertos dictaminaron que había recibido catorce puñaladas.
Wilma McCann era la sacrificada en este primer altar de sangre. Prostituta de 28 años, será recordada por ser la primera en morir a manos de Meter Sutcliffe, el llamado Destripador de Yorkshire.
Nacido en 1946, Sutcliffe era un niño tímido, un tanto sombrío. La infancia la pasó junto a su madre. Cuando cumplió quince años, dejó el colegio. No se conocen los detalles de la deserción, pero podrían estar entre las carencias económicas y la poca asimilación académica.
No tardó mucho tiempo Sutcliffe en conocer a la que sería su mujer. Algunos de sus conocidos se mostraron sorprendidos de que Peter pudiera establecer alguna relación de pareja debido a su introversión. La familia consideraba, en tanto, que era perfecta para él, tímida y silenciosa.
Peter seguía estando muy ligado a su madre cuando traspasa el umbral de la adolescencia e ingresa en la adultez. Esta cercanía materna - filial le produce una profunda depresión cuando descubre que su madre sostenía relaciones con uno de sus vecinos y engañaba a su padre. Alguien a quien veía todos los días no le concedía el derecho de posar las manos sobre su madre.
Fue un momento de devastación, un instante de profundo dolor para Sutcliffe. Sumergido en una galopante decepción, comenzaba a germinar en su interior, una fuerza de oscuridad, un furor cercano a la enajenación.
Al llegar 1977, Peter se marcha de casa de sus padres con su mujer, Sonia. Se casan en una ceremonia civil a la que sirven de testigos dos desconocidos. El oficiante era un sacerdote con problemas de alcoholismo que simulaba su adicción con un exquisito bagaje cultural y un léxico aristocrático.
Adquirieron una casa en Garden Lane, al final de una calle silenciosa donde la mayoría de las residencias eran ocupadas por ancianos. Pocos vecinos se percataron de la presencia de la nueva pareja. Algunos que paseaban sus perros o conversaban en los pórticos les devolvieron un inusitado y parco saludo.
Peter era un esposo fiel, amante devoto de su mujer y su hijo. Era complaciente y educado, jamás levantaba la voz ni montaba en cólera. Su hablar, un tanto parsimonioso, era apenas audible. Pero llevaba dos años ya de asesinar mujeres. Dos años de ataques y de muerte.
Tiempo después, reconocería haber sido impulsado a cometer estos actos por una voz que le abordó cierta tarde cerca de un cementerio cuando regresaba a su casa.
En treinta y ocho meses, entre junio de 1975 y agosto de 1978, Peter Sutcliffe había asaltado a catorce mujeres. Tan solo cinco de ellas lograron sobrevivir al embate de su ira, a la fuerza de su delirio.
Sutcliffe seguía un mismo patrón en sus agresiones. Abordaba a las mujeres, generalmente prostitutas y después de un breve escarceo acordaban el sitio donde acudirían a consumar su trato sexual. Cuando la tenía disponible, confiada sin murallas restrictivas, Peter entraba en acción. Golpeaba la cabeza de la mujer con un martillo hasta hacer saltar aristas de los huesos del cráneo y restos de masa encefálica.
Ya vencidas, ya sin vida, arrastraba los cuerpos hasta algún lugar más seguro. Allí reanudaba su ataque, esta vez clavándoles un cuchillo en el pecho y la espalda. A pesar de lo que podría imaginarse, no había huellas de ultrajes sexuales. No era su intención entrar en mundo de la carne y los fluidos, sino tan solo matar, destruir algo que en su mente crecía a cada momento y que amenazaba con dominarlo.
También se evidenció que pateaba a sus víctimas. Con unas botas protegidas con hierro daba de puntapiés a su víctima hasta quedar sin aliento. También se paraba sobre el cuerpo inerte y saltaba sobre él hasta romperle las costillas.
Sin embargo, la quinta víctima rompió el patrón de Peter Sutcliffe. No era una trabajadora del sexo, no era una desocupada callejera, sino una estudiante de dieciséis años a la que acuchilló con mayor vehemencia que a las anteriores. La población sintió horror de estar ante la presencia de un depredador de tanta malevolencia.
Esto hizo a la policía redoblar sus esfuerzos y advertirle a la población sobre el peligro que podrían correr las mujeres si solas se arriesgaban a salir de noche de sus casas. Entonces, la población se enardeció y casi al unísono respaldaban una petición para enviar a la horca al ahora llamado el Destripador de Yorkshire.
Para este momento, Sutcliffe había sido interrogado, al menos unas cuatro veces por la policía, pero él siempre tenía una coartadas y se mostraba sereno, sin vestigios de culpa en sus ojos o en sus palabras. Cada pregunta era respondida por Sutcliffe con toda serenidad.
De pronto, después de nueve asesinatos, el Destripador tomó un año sabático. De pronto dejó de matar. Las mujeres se alentaron a salir de noche y algunos especularon con la posibilidad de que, o bien había sido detenido o bien el Destripador se había suicidado; tal vez marchó a otra ciudad, alegaban en búsqueda de sosiego los ciudadanos.
Los medios británicos festinaron con esta historia. La elevaron a categoría de leyenda, cuando compararon al asesino de Yorkshire con el monstruo victoriano recordado como Jack el Destripador.
Pero, un día de primavera, el 4 de abril de 1979, la sangre vuelve a ser derramada. Esta vez era la décima víctima. Josephine Whitaker de 19 años. Ella era recepcionista en un despacho legal y no encajaba tampoco con el perfil de las elegidas con anterioridad por el sanguinario homicida.
Ahora todas las mujeres corrían peligro. Amas de casa, estudiantes, funcionarias, empleadas, se sentían acechadas por el asesino. Las sombras y la niebla se aliaban para difundir el terror en las calles. Cualquier movimiento inesperado entre los arbustos o al doblar una esquina era motivo de alarma y hasta de histeria entre las mujeres que se veían obligadas a caminar solas durante la noche.
Cierto atardecer, el dos de enero de 1981, cuando ya las luces del crepúsculo pintaban de rosa el paisaje invernal, dos policías en su ronda habitual, detuvieron un automóvil al que habían visto subir a una mujer. Esa era la orden que debían seguir: detener todos los vehículos donde sospecharan hubiese subido una prostituta.
Solicitaron la identificación al conductor quien se presenta como Peter Williams. Mientras los gendarmes realizan las pesquisas preliminares, el hombre actúa con rapidez y agilidad y logra sacar un martillo y un cuchillo de la guantera y los lanza a los arbustos. En tanto, los policías interrogan a la pasajera.
Es detenido por llevar una matrícula falsa, y llevado a la comisaría. Allí comienza el interrogatorio. Cuando uno de los policías que le detuvo se da cuenta de que lo inquieren por el caso del Destripador, recuerda que el hombre lanzó algo a los arbustos y regresa al lugar. Encuentra el cuchillo y el martillo.
Dos días después, el cuatro de enero, Peter Sutcliffe confiesa su delito. Reconoce haber matado a once mujeres. No se sabe si intentaba algún tipo de manipulación, pero expresa arrepentimiento. Reconocía que al pensar en ellas se daba cuenta de que era un monstruo.
Es llevado a juicio y condenado a cadena perpetua el 22 de mayo de 1981 por el asesinado de trece mujeres y por conspirar para asesinar a otras siete. La detención de Sutcliffe no fue producto de una investigación científica y pormenorizada sino de la casualidad, lo que permitió conocer los resquicios de impericia de los cuerpos de seguridad ingleses.
Sutcliffe fue internado en un centro de atención psiquiátrica para enfermos mentales peligrosos. Cuando estuvo en la prisión, fue atacado por un reo de nombre James Costello, por uno de nombre Paul Wilson y por Ian Kay, quien trató de asesinarlo con una pluma.
Se dice que Sutcliffe recibe unas treinta cartas semanales enviadas por admiradoras, en tanto su esposa Sonia concluyó los trámites del divorcio.
Cuando llegue el año 2011, Peter Sutcliffe podría optar por la libertad condicional, pero es poco probable que le sea concedida.
Comentarios:
Evidentemente estamos en la presencia de un psicopata, sin embargo no deben darle la Libertad bajo palabra en virtud de que esta es una patologia muy dificil de tratar ya que es un enfermo y como tal hay que tratarle, no merece la libertad sin embargo hay que respetar lo establecido por las leyes en casos similares
Evidentemente estamos en la presencia de un psicopata, sin embargo no deben darle la Libertad bajo palabra en virtud de que esta es una patologia muy dificil de tratar ya que es un enfermo y como tal hay que tratarle, no merece la libertad sin embargo hay que respetar lo establecido por las leyes en casos similares
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Roderick Guzmán Meza


