El Profeta de las Nieves
16.05.08 @ 21:40:33. Archivado en Cultura, Religión, Ficción
Pyotr Kuznetsov estaba enfermo y no lo sabía. Su mente había comenzado a introducirse por un laberinto. Primero oscuridad, luego efímeros chispazos, después la luz que se expandía y en el núcleo de esa refulgencia, la voz que le hablaba.
Algo ha de haberle dicho sobre el mal y la humanidad consumida, el dolor y el pecado, la corrupción y la soberbia. Pudo armarse de lógica para explicar sus propósitos. Pyotr se consumía en una vorágine de energía que debía encontrar una espita de salida.
Esto ocurría cierta noche cuando todos dormían. La noche oscura era más inmensa que otros días. Los ángeles revoloteaban sobre las copas de los árboles y los tejados de las casas. Pudo verlos surgir con sus luminosas vestiduras del tejado de una iglesia.
Nada dijo Pyotr, pero se refugió en su interior. Allí pudo encontrar pasadizos y corredores que no conducían a ninguna parte. Ensimismado estaba en la sensación de vértigo cuando volvió la luz ha hablarle.
El mundo se desmorona, ha de haberle advertido, no hay salvación para los pecadores, remarcaba la voz, en tanto los ojos del iluminado, del visionario, eran arrasados por las lágrimas.
Organizó después una congregación. Habló a los fieles que le siguieron. Necesitaban sustento material para su fe, resquebrajada por los insultos de la existencia. Pobres y frágiles, eran fácil blanco de las palabras hipnotizantes de Pyotr Kuznetsov.
Primero eran unos doscientos, pero el peso de la esperanza es demasiado para algunos. Poco a poco la cofradía disminuía en número, pero los espacios vacíos en los asientos no desalentaron al profeta de las nieves.
Al final quedaron solo treinta y cinco personas. Fueron fieles, no dejaron de creer en quien ahora era su maestro. Cada palabra, cada frase era grabada con un estilete de fuego en sus mentes. Era la voz de la luz, era la voz de los cielos.
El profeta de las nieves les hizo ver la temeridad de permanecer expuestos al tridente del demonio. Era necesario estar preparados para ingresar en la nueva era después del Apocalipsis, después de la hecatombe que amenazaba al mundo.
Los condujo a un campo distante de Moscú 650 kilómetros. Vastas llanuras, colosales espacios abiertos. En las afueras de un poblado, se erguían unas colinas iluminadas por un sol suave durante el día y salpicado de rocío estelar por las noches.
Les dijo que aquel era el lugar de la salvación. En unas cuevas al pie de las lomas servirían de refugio. Profundos socavones donde apenas llegaba un delgado hilo de luz.
Se instalaron con algunas provisiones para esperar el fin del mundo. Esto había sido profetizado por Pyotr semanas antes en una de sus estremecedoras homilías, más parecidas a un episodio convulsivo que a un sermón admonitorio.
Entonces, llegó la fecha esperada. Dentro de la cueva el ambiente era de temor. Algunos oraban de rodillas ante un improvisado altar con la foto del profeta de las nieves. Otros se recogían en algún rincón con la mirada fija en el vacío.
Habíamos pasado por alto decir que el grupo había ayunado por varios días. Algunos habían resistido debido a su edad y mejores condiciones físicas, otros no pudieron superar el ayuno. Un hombre de 59 años, con padecimientos endocrinológicos se vio descompensado por los altos niveles de glucosa y otro vio agravarse un cáncer hepático que le sumió en una atroz agonía en medio del frío y la humedad de la cueva.
Pero no ocurrió nada. El viento se colaba por la entrada de la gruta y traía un olor a venado asado, a hierba machacada, a madera, a tierra húmeda. No batía sus alas el ángel de la muerte, no había estruendos ni alaridos. La serenidad del lugar era profanada tan solo por las respiraciones anhelantes de los refugiados de la gruta.
Cierta madrugada, el profeta tuvo un rapto de inspiración. Para evadir la responsabilidad del fracaso de su predicción, dijo que el tiempo de Dios no es el de los hombres y que podían existir leves desfases al momento de calcular los eventos épicos de la historia humana.
Las lámparas de queroseno alumbraban dos bultos tumbados en un ángulo barnizado por un musgo oscuro. Eran los dos individuos enfermos ya descritos. Muertos habían quedado a la espera de la conflagración. Se habían marchado ya dejando sus cuerpos agotados.
Pasaron las semanas y ya los seguidores del profeta de las nieves no pudieron soportar más el olor de los cadáveres putrefactos. Los comestibles se habían esfumado y comenzaba a afectarles el confinamiento y la oscuridad. Pyotr, en la entrada de la caverna miraba el horizonte.
No pudo impedir que fueran saliendo los frustrados fieles. Varios quedaban aún con la fe intacta, pero con visillos abiertos por donde se colaba el celaje de la claudicación. La violencia no fue requerida porque el profeta reconoció que la verdad puede ser interpretada por los hombres y trastocarse, pero solo Dios conoce el final.
Para este momento, la policía ya sabía todos los detalles del problema. El profeta amenazó con volar la gruta si intentaban hacerlos salir, pero ya no tenía prosélitos que le siguieran. Todos vieron la luz del día una tarde cuando la policía les llamó a través de los megáfonos.
Pyotr Kuznetsov ha sido ingresado en la sala de Psiquiatría de un hospital de Moscú. Allí proclama a toda voz que su misión divina no ha concluido, que el mundo acabará más temprano que tarde.
Cuando los médicos le preguntan cómo pudo haberse equivocado, Pyotr dice con serenidad que solo Dios es capaz de responder.
Este caso nos demuestra el peligro de que resurjan estas sectas mesiánicas y apocalípticas. El mundo actual parece no ofrecer satisfacciones y aparecen los pseudo salvadores a cumplir sus misiones de engaño. Por su parte, el profeta de las nieves ha prometido regresar.
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Roderick Guzmán Meza








