El Humor y la Seriedad
08.05.08 @ 22:11:02. Archivado en Cultura
No son pocos los que piensan que el humor y la risa no es un asunto de sabios. Para ellos los eruditos y los doctos personajes de la ciencia y la filosofía deben mantener un semblante endurecido o distraído o al menos bonachón, tal como vemos a Einstein en algunas de sus fotografías de la vejez.
Es posible que persista una relación con antiguos personajes de las cortes, los bufones o los arlequines. De no muy rancio abolengo, estos comediantes pertenecían a las capas más desposeídas de la sociedad, pero en virtud de sus cualidades histriónicas, se abrían paso entre los cortinajes de la escasez y las penurias para instalarse en las cortes.
La tradición también nos muestra a los sabios ensimismados en sus reflexiones y sumergidos hasta la sombra en sus laboratorios o despachos.
El entrecejo fruncido, la mirada fija en viejos cronicones o en fórmulas ininteligibles para el profano, mostraban al sabio o al genio que no conocía la fruición de la carcajada ajeno a lo que ocurría a su alrededor, ignorante de las vicisitudes de la masa.
Oscuros ropones, cabellos desordenados, tal vez con ofensivos olores que emanaban de los pliegues de sus cuerpos, los miembros de la inteligencia serían convidados de no muy buena aceptación en las fiestas de la corte ni en los bacanales de los poderosos.
Tal vez el primero de los sabios que abordó el tema fue Aristóteles quien, realizó un tratado acerca de la comedia, pero que lamentablemente, no ha llegado hasta nuestros días más que por referencia.
Los tiempos han pasado y también cambiado. Ahora el humor es considerado una cualidad inherente a los seres humanos. La seriedad pertenece a los animales, sin tiempo ni disposición para el ingenio ni la distracción.
La risa, dicen algunos, es propia del ser humano que descarga un sobrante de energía psíquica que le ha quedado al superar los estadios animales y descender a las llanuras sobre sus dos pies.
El animal, al contrario, vive inmerso en su eterno presente, nada para el recuerdo, nada para la especulación y el vaticinio. Su vida es circunspección y recato, no le es posible asomarse a los escenarios de la vida donde impera el humor y la risotada.
Entonces, el humorismo, la jovialidad y la hilaridad son patrimonio de todos los humanos, incluyendo a los genios y los pensadores. Estos elementos se convierten en aquellos que nos diferencia de los animales.
Alguna afinidad habrá de tener entonces el humor con el absurdo. Reír significaría atenuar la complejidad con que enfrentamos la existencia, porque al final todo se dirige a un mismo fin. Reír es reconocer la inutilidad de la resistencia a los destinos, no solo de la vida, sino también de la materia y del universo.
Ante la tragedia se presume la contemplación de un rostro abotagado por la tristeza y el dolor. Sonreír no seria una forma de rechazar el destino, sino de comprenderlo y aceptarlo. Con algo de humor podría evidenciarse un espíritu digno incapaz de doblegarse ante la desventura.
Es posible que los individuos serios, de talante comedido no sean humildes; tal vez viva más dentro de si mismo y no haya podido desarrollar la capacidad de interrelacionarse con un entorno; quizás su ego viva inflamado de narcisismo.
Para realizar críticas se ha recurrido al humor, a la broma, a la chanza para poder contemplar la relatividad de las cosas. Se ha de sustentar en una lógica sutil para señalar las falencias y revelar lo tonto de una constante grave en la mirada y en la conversación cuando no existe fórmula capaz de darle un giro diferente al mundo.
Con un chiste se contrapone el orden lógico de la realidad. Son necesarios ingredientes que reposan en el fondo de la copa de la sabiduría. La capacidad de entender del pensamiento tiene mayores cercanías con el humor que con la espartana conducta de los viejos arquetipos.
Los chistes tienen efecto cuando se sustentan con paradojas, ironías o aporías. Es posible aprender más rápido a través de la variedad y del disparate concebido como escondrijo de lo real. Los niños tienden a aburrirse y fastidiarse ante las largas jornadas de estudio, con un maestro o maestro demasiado formal.
Sentados en el piso de la sala o en su habitación, como si integraran una rueda de juegos con sus padres o hermanos, los pequeños se enfrentan a la jornada de estudios con mayor receptividad, sin el pesado sentimiento de opresión de tener a alguien vigilando sus acciones y movimientos.
Un filósofo o un científico podrán ser geniales, conocerán los secretos de la vida y del universo, pero su expresión levantará barreras a la comprensión de sus pensamientos. El chiste requiere de mucha imaginación, de creatividad y de agilidad en sus actos reflexivos para capturar la atención y ser gracioso.
Alguien con una inteligencia vasta, pero apresado en las mazmorras del mal humor, se convertirá en una especie de endriago amenazante. Al contrario, quien posea luminosidad y buen sentido del humor cercena las cadenas de la distancia y permite un acercamiento a quienes establecen con él contacto.
El humor se encuentra a mitad de camino entre la frivolidad y la seriedad y el hosco sabio no salva distancias, tan solo está dentro de si como un habitante solitario de su inteligencia, páramos yermo y helado donde no hay cabida para nadie más.
A pesar de todo, la risa, el chiste y el humor no lo son todo. Podemos hacer bromas, reírnos de todo y celebrar con algarabía lo ridículo que nos parezca la vida, pero no debemos extraviar la brújula e introducirnos por los senderos de la frivolidad y la estulticia.
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Roderick Guzmán Meza








