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El Hombre Elefante de China

Permalink 07.05.08 @ 22:11:47. Archivado en Ciencia, Medicina, Tecnología, Biografías

El viento sopla y trae un olor a flores y a tierra mojada. A lo lejos pueden verse los picos nevados y las nubes que les rodean como diademas de espuma. Las laderas de los montes son de un verde intenso durante la primavera. En la llanura retoza una manada de potros, no sé sin son salvajes o domesticados, pero alegres relinchan. No muy lejos un hombre camina bajo el peso de un bulto. Dentro del fardo algunas piezas de montería. Deja sus huellas sobre el camino que conduce a la cabaña donde le aguardan su mujer y su hijo.

Ya no es joven. Las líneas del rostro delatan a un individuo de unos cincuenta y cinco años. El cabello encanece y escasea. Los ojos son pequeños y vivarachos y sobre el labio superior se asoma un ralo bigote.

En el pórtico de la cabaña una mujer descascara el arroz y canta casi en susurro una melodía con baches de silencios llenados por el gorjeo de los pájaros que sobre un melocotonero se han instalado para aguardar la noche.

Coloca el hombre el morral sobre el tablado del portal rozado por una luz ambarina, mientras la mujer le sonríe y con un gesto de casi imperceptible factura despeja el rostro del negro cabello que le oculta. Algo le dice en su idioma secreto el hombre y ella asiente con un movimiento de cabeza.

Entran con cuidado a la cabañuela y dejan colar un poco del aire frío de las montañas que desordena las flores en los jarrones como si fueran manos fantasmales. Se sientan a la mesa y escudriñan el fondo de la bolsa. Un conejo y una codorniz son colocadas sobre la madera rectangular. Algo de cebolla, ajo, tomillo y hierbabuena complementan lo que ha de ser el menú.

La mujer se levanta con las piezas y los condimentos, mientras el hombre se quita el abrigo, las botas, coloca el rifle detrás de la puerta y se dirige a los aposentos ocultos por una cortina de un rojo quemado un tanto raída

Dentro hay una densa penumbra. Apenas se cuela por los resquicios de la pared un hilillo de la luz que emana de la lámpara de keroseno. Sobre un camastro alguien se mueve al sentir la presencia. Es Huang Chuncai, un hombre joven de poco más de treinta años.

No habría nada de extraño en imaginar a este inquilino en el rústico camastro tumbado cuando apenas se asoma el turbio manchón de la noche en los espacios azules del cielo. Nada de interés tendría esta nota si no dijéramos que Huang padece una enfermedad que en el siglo XIX originó una de las historias más terribles pero también una de las más valerosas y sublimes, una crónica de dolor que volvió a la luz en la década de los ochenta de la pasada centuria.

Huang nos recuerda a John Merrick, el hombre elefante, quien en la Inglaterra isabelina causó asombro y terror por su deforme apariencia. Trabajados por la desesperanza y la miseria, ambos tienen mucho en común.

Los dos han causado estupefacción y burlas, ambos fueron considerados monstruos, encarnaciones del mal, animales o engendros circenses; pero también, estos dos agentes del sufrimiento gratuito, tuvieron la dignidad de enfrentarse a la desgracia con un espíritu puro, con un corazón no contaminado por la amargura.

Al igual que Merrick, Huang sufre de un extraño y deformante mal. Una serie de tumores le ha deformado el rostro al punto de ser una masa de impresionantes protuberancias que amenazan con romper la piel, agrietada y reseca. Algunos le conocen con el nombre de Síndrome de Proteo.

El neurofibroma crece de manera incontenible en el rostro de Huang. En el desdichado Merrick,, el mal le invadió todo el cuerpo. Deformó una de sus manos y los dos pies que debía arrastrar para caminar con pesadez, doblegó la verticalidad de su osamenta y llenó de protuberancias la mitad derecha de su cabeza. Su nariz era una especie de tubérculo partido en dos que se desprendía desde el centro de un rostro sin gestos, ni sonrisas.

Huang se mantiene postrado con un tumor que pesa alrededor de 15 kilogramos. La excrecencia ha atravesado su espina dorsal y le ha impedido crecer. La imposible empresa de movilizarse le ha obligado a mantenerse tumbado en un ángulo oscuro de la habitación donde se cuela el frío y la humedad, además de las alimañas que le irritan la piel con sus picadas.

Este ciudadano chino puede ver y oír. Mueve sus ojos como reacción a los estímulos exteriores. Algunas veces escucha el canto de su madre que lava la ropa en la orilla del riachuelo que se desliza en silencio en la parte trasera de la cabaña. Su sonrisa es un fugaz resplandor, una línea que se achica entre los párpados de cada ojo.

No puede hablar, pero se comunica con algo solvencia a través del movimiento de su mano izquierda. Ha establecido un sistema de códigos, absolutamente ininteligibles para los desconocidos, pero cuestión de rutina para la madre y el padre.

Alguna vez, cuando niño, pudo movilizarse por si mismo. Salía de casa y se entretenía torpemente en los pastizales. Jugaba con los grillos y los escarabajos, con los penachos de la hierba recién brotada, chapoteaba en el hilo de burbujas que se entretejía en la ribera del arroyo.

Balbuceaba en su lenguaje secreto, frases que, según su madre, comprendían las aves y las mariposas. Pero su solitaria alegría terminó cuando los chiquillos de la periferia le descubrieron y comenzaron su asombrado acoso.

Las jornadas de risueña holgazanería infantil se esfumaron con la incrustación del tumor en la espinal dorsal. El dolor comenzó como una especie de calambre para después trastocarse en una feroz punzada. Retorciéndose de dolor caía al suelo mientras la madre trataba de conducirlo al lecho.

Hace poco las autoridades de salud de China organizaron una gira médica a los rincones más apartados del gigantesco país. Muchas enfermedades terribles les salieron al paso, pero han confesado que la de Huang ha sido la más dramática.

Ahora, los médicos le han conducido al hospital oncológico de Fuda en Guangzhou donde intentarán extirpar el tumor, del tamaño de una montaña. Uno de los facultativos ha enfrentado ya un caso parecido, pero no con las complicaciones que presenta el de Huang.

El colosal tumor ha desarrollado una intrincable red con los vasos sanguíneos, no solo del rostro, sino también de la espalda y del pecho. La operación será sumamente difícil y debido al ramal que lo sustenta de sangre, una hemorragia podría ser mortal para Huang.

El hombre, de 31 años no ha mostrado el mínimo temor. Sabe que su vida depende de la pericia de un grupo de médicos que no le otorgan demasiadas esperanzas, pero cualquier intento, cualquier osadía sería preferible para él que seguir sumergiéndose en un cuerpo destruido.

La madre sabe que su hijo no ha tenido un solo día feliz en su vida. Respeta su decisión y sabe que si la muerte llega ha sido porque también viene con ella la paz.

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