El Holocausto Personal de Marcel Petiot
05.05.08 @ 21:30:28. Archivado en Historia, Guerras, Invasiones
En nuestra galería de criminales, genocidas y asesinos en serie queremos destacar hoy la figura de Marcel Petiot, conocido también la farándula psicopática y en los ámbitos judiciales como el Doctor Muerte, el primero de varios que con ese apodo acabaron con la vida de ciudadanos inocentes y criaturas indefensas.
Cuando fue examinado antes del proceso judicial por los psiquiatras, no se pudieron descubrir trastornos importantes de la personalidad. Tal vez un tanto depresivo o algo confuso y hostil, pero no al grado de poder calificarlo como un alienado o demente.
No obstante, algunos analistas contemporáneos que han estudiado su caso, consideraron que sí existieron características en el comportamiento de este hombre que lo ubicaban en la categoría de los perturbados y los desequilibrados.
Nació el 17 de enero de 1897 en Francia. Cuando tenía cinco años, su padre murió y tan solo tres años después, su madre también fallecería. Marcel fue confiado al cuidado de tíos y tías.
Estos parientes tenían sus propios compromisos familiares, así que para Marcel tan solo alcanzó para unas migajas afectivas, a pesar de la buena voluntad de aquellos bienintencionados consanguíneos.
Tuvo una educación un tanto deficiente. No asistía con regularidad al liceo por escasez de recursos y debía conformarse con un plato de comida, una cama y un techo. A los ochos ó nueve años, un niño requiere de muchos cuidados. Es una etapa de crecimiento y de experimentación. El entorno aún le es hostil, pero también atractivo para su sed de conocimiento y su curiosidad.
Demostró tener una notable inteligencia. Asombraba a todos con preguntas que no tenían respuestas, al menos no en un círculo tan deficitario. Ha de haber sentido una enorme dosis de frustración al no sentir afinidad con sus tíos y primos y sobre todo por experimentar un rechazo solapado, disimulado por representar una onerosa carga para quienes decían quererle.
No tardó en resentirse y demostrar sus tendencias sádicas. Alguna vez fue sorprendido sumergiendo un gato en agua hirviendo y también asfixiándolo con una almohada o sus manos. Torturaba también a los animales. A los pájaros y los perros les sacaba los ojos y se divertía cuando dando tumbos se estrellaba al vuelo las aves o contra las paredes y los muebles los perros que aullaban en esa dolorosa e inesperada tiniebla.
Otra faceta que descubría el talante malévolo de Marcel era su inclinación por apropiarse de las cosas ajenas. Robaba todo lo que encontraba a su paso, a sus compañeros, en las casas de sus amigos, a sus tíos y primos. Esta compulsión la observó también al pertenecer al ejército, donde robaba medicinas de los sanatorios y de las farmacias para posteriormente convertirse en agente de un mercado negro donde él solo dominaba el comercio.
No se diferenciaba de muchos políticos actuales, porque en cierta ocasión, aspiró a un cargo público de elección y terminó hurtando los fondos que para la campaña le habían sido donados o asignados.
Cuando le era impedido apoderarse de los bienes ajenos, entonces la espita de salida era abierta en otra parte. Se desahogaba en la piromanía. Prendía fuego a ciertos lugares como panaderías, establos y otros. Como todo delincuente ígneo se solazaba en la contemplación de su obra.
Mostraba episodios de profunda depresión y melancolía y llegó a desarrollar un alto grado de paranoia, además de su mitomanía y su creciente desprecio por toda la organización que le rodeaba. Era un hombre frío, sin emociones sublimes, manejado por una ira congelada, por un odio petrificado.
A pesar de todo lo anterior, no debemos dejar de reconocer que poseía encanto para la vida social. Ese carisma le ayudó a cimentar su prestigio en el ámbito personal en el que, olvidábamos decirlo, se había desenvuelto como médico.
Los primeros indicios de que algo irregular ocurría en la vida de Petiot se dieron el 11 de marzo de 1944. Los vecinos habían llamado a la policía porque de la chimenea de su casa se elevaba un denso humo grasiento, hediondo, en un flujo casi incontenible.
Las llamas podían verse asomar entre las vigas del techo, lo que amenazaba la vivienda del Doctor Petiot. Al llegar los bomberos, les fue imposible introducirse en la estructura por la parte superior, así que lo hicieron a través de una entrada en el sótano.
Cuando lograron asentar la visión sobre el recinto, vieron varios cuerpos desmembrados siendo devorados por las llamas. El olor era insoportable, algunos bomberos arqueaban casi debajo de la escalera, en tanto los demás intentaban aplacar la ira de las llamas.
Época de la segunda gran guerra, de muerte y matanzas. Petiot, al ser cuestionado por la policía inhala con satisfacción y afirma que esos eran sus cadáveres. Pertenecían a colaboradores de los nazis, restos de alemanes que habían sido muertos por la resistencia francesa.
“Me fueron confiados por los patriotas combatientes que nos defienden de los nazis”, dijo con un tono de grandísimo orgullo, al ser interrogado por tercera o cuarta ocasión.
Los agentes se miran unos a otros. Entre ellos se levanta la sombra de la duda, pero finalmente, deciden dejar en libertad al patriota, a esta insólita especie de prohombre que lava las ofensas infligidas a la nación por el sádico invasor.
Creció la fama de que Petiot pertenecía a la resistencia, pero en aquel lugar los combatientes irregulares de este tipo de guerrilla, no aparecían a menudo. Por ello el doctor volvió a ser objeto de sospecha.
La segunda pesquisa dio como resultado el encuentro de 63 cadáveres. Al principio se consideró un hecho de que debían ser soldados alemanes, pero pronto esta versión sería hecha trizas. Cuando se intenta volver a interrogar al Petior, éste ha huido.
Fue entonces cuando las autoridades iniciaron un prolijo registro de la casa. Espantados los agentes de la policía encontraron muchos más cadáveres despedazados, cráneos, miembros, vísceras, pedazos de piel, ojos conservados en formalina, las formas tubulares de las tráqueas, dedos, vasijas repletas de uñas, orejas y párpados, recipientes donde flotaban cueros cabelludos, costillas despojadas de carne todavía con un tinte sanguinolento. En otros sitios, en palanganas de acero y aluminio reposaban vejigas, riñones, hígados y pulmones.
También se pudieron encontrar unos 150 kilos de tejido corporal quemado y otros restos en descomposición en un agujero repleto de cal viva. Semejante atrocidad debería ser la obra de un demente, pero todavía había quienes no veían a Petiot desempeñando ese papel.
Algún tiempo pasó. Petiot se había mantenido escondido, en el más absoluto anonimato. Entonces comenzó a enviar una serie de cartas al periódico conocido como Resistance en las que firmaba con otro nombre. En esas epístolas, culpaba a la GESTAPO de haber introducido aquellos cuerpos en su casa. Alguien reconoció la letra en virtud de una receta prescrita mantenida en custodia por la policía. Fue detenido el 2 de noviembre de 1944.
El juicio en contra de Marcel Petiot comenzó el 15 de marzo de 1945. Durante la audiencia se llegó a descubrir que el doctor no era un combatiente, un héroe en la clandestinidad, sino un perverso criminal.
Mientras esperaba el momento de ser llevado a juicio, Petiot se mostraba tranquilo y le decía a los guardias que no dejaran de asistir al proceso porque sería algo realmente cómico. Sin embargo, la audiencia fue una de las más insólita, aberrante y confusa de todas las que se han llevado a cabo en Francia.
Por fin se pudo descubrir lo que en realidad ocurría en casa de Petiot. Envolvía a ricos judíos y les prometía ayudarlos a escapar de la persecución nazi. Les administraba inyecciones letales con el pretexto de que eran los requisitos de los países extranjeros para permitir la entrada de otros ciudadanos.
Despojaba entonces a las víctimas de todo su dinero y objetos de valor. Sus cuerpos los desmembraba y trataba de impedir un acelerado proceso de descomposición utilizando cal viva.
Después de tres semanas de juicio, el jurado encontró a Petiot culpable de 24 de los 27 cargos. El doctor muerte no hizo ni un solo gesto y dicen algunos que hasta dormitaba mientras la defensa y la fiscalía descargan sus alegatos finales ante el jurado.
El 26 de mayo de 1946 fue condenado a morir en la guillotina. Se negó a recibir apoyo espiritual de un sacerdote. Su última comida fue un bistec de hígado con cebolla y riñón de res en salsa de tomate.
Cuando era conducido al patíbulo, no mostró ni arrepentimiento ni miedo. Caminaba con mayor prisa que sus verdugos. Al llegar ante la guillotina, la miró con curiosidad, parecía sopesar el resultado de su caída a determinada velocidad. Se dio la vuelta y observó a los gendarmes. Tan solo les dijo: “Caballeros, les ruego que no miren. No va a ser bonito”.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/163572
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








