Virus de Inmunodeficiencia Virtual
02.05.08 @ 21:28:28. Archivado en Cultura, Ficción, Ciencia, Medicina, Tecnología
Existen personas subyugadas por sus adicciones. Algunas son secuestradas por los vapores etílicos, otras lo son por los estupefacientes o el cigarrillo, muchas lo son por el juego, pero también existen las incondicionales de la tecnología como la Internet. Sin embargo, a partir de esta última, se han establecido híbridos alucinantes que nutren patologías como la pornografía virtual.
Nuestro artículo de hoy trata de un individuo solitario, tal vez algo tímido y de poca vida social. Nada cuesta imaginarlo al ingresar solo a las salas de cine o a los restaurantes. Tal vez viva en un apartamento de apariencia espartana, con poco mobiliario y sumido en las penumbras.
Este hombre vive en Japón y aunque no se conoce su identidad, son muchos los ciudadanos del sol naciente que le deploran por haber puesto en riesgo muchos de los logros de la pujante casta laboral de este país.
La imagen de hombres y mujeres laboriosos que los japoneses han exportado ha sido puesta en entredicho. Los individuos que se ejercitan temprano en la mañana en el patio de la empresa, conducidos por su director general, han mostrado, a través de este anónimo protagonista, una faceta verdaderamente insospechada, no por lo extracurricular, sino por lo patológicamente aplastante.
En el municipio de Kinokawa, al sur de Tokio, nuestro protagonista fue sorprendido por sus superiores y degradado, no tanto por lo que hacía durante su jornada laboral, visitar páginas pornográficas, sino por la cantidad de veces que lo hizo.
El hombre de 57 años, llegaba con puntualidad a su trabajo, no se ausentaba, no solicitaba permisos y su ingesta de alimentos era frugal y fugaz. Sentado siempre frente a su ordenador, daba una imagen casi irreal de trabajador esforzado, indiferente al cansancio y al tedio propio de los pesados ambientes burocráticos.
Su relación con los demás compañeros era escasa y pocas eran las palabras que intercambiaba con sus colegas. Sus jefes inmediatos se sentían satisfechos por ver la entrega con que el sujeto emprendía sus faenas diarias.
Pero en realidad, este hombre se había dedicado con fruición a la contemplación de las más explícitas páginas de contenido sexual de la red. El sexo en su expresión más sórdida y desenfrenada. Su trabajo era cumplido a medias, pero en cierto momento del día, el demonio de la lujuria susurraba al oído de este fauno oriental palabras seductoras que le impulsaban al charco de concupiscencia donde se había enfangado desde hacía meses.
Parece ser que durante el mes de julio del año pasado, el hombre perdió el control de su libido e ingresó en la friolera de 170 mil sitios triple X. Durante ese período del año también había solicitado la colaboración de algunos de sus compañeros, cosa extraña en él, por supuestos problemas visuales, sobre los cuales pidió discreción porque, según se dijo, podrían representar riego para su puesto.
El desenfreno de este amigo de los desnudos y las lubricidades, lo llevó a realizar un promedio 8 mil visitas pornos al día o algo así como 20 páginas por minuto, según los peritos en la materia.
Y así se hubiera mantenido hasta la hora de su jubilación pero, así como la informática le proporcionó material para satisfacer sus anormales apetencias, así también le puso la zancadilla que lo descubrió.
Cierta tarde cuando mediaba la jornada, algo ocurrió. Su ordenador fue activado de forma normal, pero un chispazo en la pantalla, la aparición de una calavera y unos fémures atravesados provocó la alarma. Comenzó un proceso de ataque al sistema operativo por parte de un feroz virus.
La información relacionada con su trabajo comenzó a desvanecerse. Páginas desaparecidas, carpetas desintegradas, imágenes borradas. No se encontraban los archivos por ninguna parte y fue necesario solicitar ayuda especializada. El virus se había colado a través de una de las páginas de diversión y sexo que el funcionario visitaba a diario.
El peritaje descubrió toda la trama. Embebido en la contemplación de las escenas eróticas, había ingresado a innumerables enlaces, abierto infinidad de ventanas, lo que permitió el ingreso del virus que arrasó con su máquina.
Trémulo ante la solicitud de comparecencia por parte del jefe del ayuntamiento, el hombre tan solo se limitó a pedir perdón. No hacía otra cosa, mientras en sus manos daba vueltas a un lápiz e incrustaba la mirada sobre una alfombra con el logo de la institución.
Las autoridades decidieron degradarle, reducirle el sueldo, pero han sido muchas las llamadas recibidas que solicitan la destitución del malévolo voyeurista virtual.
Ahora, los trabajadores japoneses deberán tener mucho cuidado cuando reclamen mejores condiciones laborales, cuando soliciten aumentos salariales, porque podrían ser revisadas sus computadoras y evidenciarse que su imagen de laboriosidad es solo un mito.
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Es que la vida en Internet no es muy sana que digamos.
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Roderick Guzmán Meza








