Fugitivas de la Gloria
30.04.08 @ 22:11:01. Archivado en Cultura, Historia
La participación de la mujer en los principales eventos que han desarrollado y cimentado la sociedad y la civilización, no pocas veces ha sido relegada a ámbitos secundarios, a dimensiones sin peso ni sustancia donde tan solo son personajes de segundo orden.
Desde todo punto de vista es injusto que la mujer sea relegada de los papeles protagónicos y le sea concedido, tan solo, un sitial un tanto nebuloso en los avatares de la historia. Mucho de machismo y de ignorancia han promovido esta actitud.
La sensibilidad, la intuición, la delicadeza, la fragilidad y la magia son virtudes propias de las damas. La trituradora maquinaria masculina pasa por encima de la historia y deja el camino lleno de escombros y de humo.
La historia, la leyenda y el mito esconden o disfrazan relevantes intromisiones de las mujeres en el universo masculino; no siempre son consideradas portentosas o admisibles, pero siempre existe el prurito por cubrirlas con arena y ceniza, con fango o rocas. Bajo pesadas planchas rocosas de olvido, la mujer ha sido cubierta de raíces.
Vienen a mi memoria féminas de tan luminoso paso por este ámbito pedestre, cuyos altares están más dedicados al homenaje masculino. Vienen a mi mente Hypatia de Alejandría, Juana de Arco, Marie Curie, Cleopatra, Eva, María de Magdala, Safo y quien sabe cuántas otras más si sacudiera los pabellones de mi memoria para darles relevancia a sus olvidadas existencias.
Hypatia fue astrónoma, filósofa, matemática, geómetra, poeta y física, entre otras cosas. Administró la legendaria Biblioteca de Alejandría y compartió sus conocimientos con hombres para nada acomplejados ni encerrados en cápsulas de miedo genésico ante su imagen gigantesca y su sabiduría.
La recompensa fue la muerte. Una turba de monjes fanáticos de la iglesia de San Cirilo la arrastró fuera del recinto de la biblioteca, le dio de golpes hasta matarla y luego la despellejaron con conchas de nácar.
La joven adolescente Juana de Arco abrió un secreto portal por donde podía entrar a una dimensión ignota para los profanos. Allí entidades a las que ella llamó arcángeles le mostraron el camino para liberar a Francia de la ocupación inglesa. Pero el rey Carlos III, influido por sus consejeros, terminó por retirarle el apoyo y considerarla impía y blasfema. Finalmente, Juana fue capturada, escarnecida y quemada en la hoguera por los invasores anglosajones.
Marie Curie, brillante física y química polaca, casada con el también notable científico francés Pierre Curie, penetró en los más vedados parajes de la materia. Estudió los rayos de uranio y descubrió que los compuestos formados por el torio, emitían de la misma forma chispas y exhalaciones. Las emanaciones producidas por estos elementos terminaron ocasionándole un cáncer letal que le arrancó la vida. Antes de este fatal desenlace, fue galardonada con sendos Premios Nóbel en las dos disciplinas arriba mencionadas.
Cleopatra, cuyos retratos y bustos no nos permiten ver a la bella mujer que ha dibujado la leyenda, a la sensual reina que deslumbró con su esplendor helénico a las masas egipcias, conquistó al hombre que dominó al mundo, Julio Cesar y al disidente romano, Marco Antonio. Seductora, eso sí, brillante política, inigualable diplomática, no tuvo reparos en valerse de sus virtudes, mucho más las intelectuales que las físicas, para rescatar a su país de los conflictos con el naciente imperio.
A Eva, la del Edén, la del Paraíso, la del silencio y la curiosidad, le tocó un ambiente aciago. En medio de un mundo creado por un dios varón, surgida de la costilla de la primera criatura imaginada por esa divinidad, quizás como manera de demostrar subordinación, dotada de imaginación y fantasía, se atrevió a especular, a disentir de las instrucciones del furioso fantasma que se atribuía la creación y que acechaba en el vergel con su mirada encendida. Vencida por los esplendores del oasis, impulsada por la lírica de los bulliciosos cauces, hechizada por la belleza de las formas y los colores del bucólico paraje, transgredió una insólita disposición.
Adán, tan pronto fueron cuestionados por su creador, acusó sin rodeos a la mujer con la que compartía el primigenio lecho, le cargó la culpa sin rubores y la declaró abiertamente una conspiradora. Esta conducta no le valió el perdón. Igualmente fue arrojado del Paraíso a esos derroteros pedregosos donde deberían trashumar como reos de la nada, como peregrinos del vacío.
María de Magdalena injustamente asociada con el meretricio, rebajada a la indignidad del lenocinio, del intercambio comercial de la carne y los efluvios del cuerpo, no debió ser una cretina o una sonámbula embebida en la contemplación de los misterios ancestrales, sino una mujer de carácter, de temple, acuciada por llevar adelante una misión metafísica, una obra espiritual más allá de la realidad, emparentada con el aire y con la luz.
Figura sustancial del antiguo cristianismo, según serios investigadores, fue empujada a las últimas filas de la avanzada del nuevo dogma y matizada con el barniz de la estulticia, como una alucinada que deambulaba por los alrededores del sepulcro donde yacía su maestro masacrado por el águila romana y la cobardía clerical.
Safo, la de Lesbos, desprestigiada como mujer, en opinión de lo establecido era afecta a las desviaciones del género, no pudo ser olvidada como poeta. A pesar de lo desperdigada y fragmentaria de su obra, su nombre continúa resonando en los salones del parnaso de la inspiración como una de las cumbres del arte de cualquier época.
La situación ha cambiado, por fortuna. En otras entregas continuaremos rescatando el recuerdo de estas nobles mujeres, lo merecen de sobra.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/162884
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








