Recuerdos de la tierra virgen.
29.04.08 @ 22:28:20. Archivado en Cultura, Biografías
Sus hijos la destrozan, la convierten en escombros, derrumban sus montañas, evaporan sus aguas, el follaje se seca. Sus vidas las han dedicado a su martirio. No hay luz en su entendimiento. Sus corazones son sótanos donde no se escucha su llanto.
Cada noche, sobre su cuerpo resquebrajado encienden hogueras y queman los campos. La rosada miel de la aurora ya no se derrama sobre la sinuosidad de su seno, ni la espuma de los océanos eclosiona en la playa, ya no siente la tierra el jugueteo de las olas en sus orillas.
Antes las burbujas eran como traslúcidos cristales del jardín marino que jugaban en las riberas ante la mirada de las palmeras y el aleteo de las gaviotas. Ahora tan solo se aproximan objetos desechados, devorados por el óxido, maderos, artefactos sin uso que se incrustan en las arenas donde tan solo se percibe el filo de su curva.
Antaño podía disfrutarse la ondulación musical de los árboles mecidos por el viento. Su danza era una delicada forma de expresar la alegría, pero ahora los árboles no existen, porque tan solo hay un páramo de tierra desnuda con muñones quemados y grietas.
Se regocijaba uno con la frescura de la lluvia en las tardes, cuando las hojas de los arbustos refulgían y los escarabajos se movían entra las raíces como ciudadanos de una república de fango. Recordamos la fingida tristeza de los matorrales cuando los saltamontes ignoraban sus espigas para solazarse entre los lirios y los crisantemos.
La hierba era una alfombra que ascendía y descendía por las colinas. Las llanuras se vestían de verde y oro cuando el sol encendía el color de las florecillas ocultas por las sombras de los almendros, las guayabas y los mangos.
Llenas de rocío amanecían las oquedades. Eran las huellas del puma que acechaba y del tapir que escapaba. Allí se miraban las nubes y abrevaban los conejos y los gatos de monte. Cerca del estanque el viento peinaba las hirsutas espigas del maíz.
El cielo se encendía con diversas tonalidades del azul. Abiertas las puertas de la eternidad podían verse los pasillos por donde transitaban los espíritus.
Cuando la noche llegaba se podían contar las estrellas y extraviarse en las cifras de tantas que alumbraban. Con la quietud de la oscuridad llegaban los cantos de las criaturas escondidas entre las raíces y en los huecos de los troncos caídos. Podía verse al armadillo con su curiosa nariz olisquear debajo de los pedruscos y en las acanaladuras por donde había circulado la nerviosa musaraña, a los cocuyos resplandecer entre los tallos desnudos de los helechos amurallados contra la marcha de las hormigas.
De la luna se descolgaban duendes que hurtaban los secretos de la noche y huían hacia los bajíos donde las olas mecían ciudades de algas y los alcatraces rondaban cerca de los agujeros de los caracoles y los cangrejos con sus intenciones gastronómicas.
Al borde de los acantilados se asomaba el sol. De oro encendía las orillas y alegraba la velada de los alcaravanes que también planeaban sobre los circuitos por donde habían transitado minúsculos súbditos de las arenas.
A lo lejos un tupido follaje distorsionaba la línea del horizonte. Eran los bosques y las selvas. Había allí pájaros inconcebibles, monos juguetones, pericos gritones, papagayos con los colores del arco iris, culebras plateadas y oscuras con diabólicas miradas de elipse, arañas ponzoñozas que construyen sus metrópolis de seda, mosquitos que zumban entre las flores.
Antes podía extasiarse en la contemplación de los señoriales barrancos, de las celestes distancias, mientras las manadas de nubes empujaban la lluvia hacia la mar profunda donde se transformaban en huracán.
Ahora no hay nada. Solo volutas de humo que ascienden en los campos, maquinarias que allanan la tierra y destruyen las madrigueras de las lagartijas y los conejos muletos, de las zarigüeyas y los topos. Donde antes hubo un delicado vergel, ahora se levantan malignos zigurat donde nadie se comprende.
Los pastos son de cemento, las flores son alambres desnudos, los capullos son papeles arrugados. Desde la luna no se deslizan ya los duendes sino escorpiones y tarántulas. La tierra no da alimentos sino cenizas. El agua no mece ya las barcas tan solo zarandea peces muertos.
Las palmeras han sucumbido al estruendo de los hoteles, los cocos han sido convertidos en artesanías con rostros de demonios. En las alturas nevadas se han instalado antenas de microondas y en los jardines se abate la tempestad de los artefactos eléctricos.
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Donde digo "este artículo no está archivado en" (primer bloque), debía ir la palabra "ficción", pero ignoro por qué motivo se ha suprimido.
Un saludo cordial
Pero realmente me ha sorprendido, Sr. Guzmán Meza, cuando he visto que este artículo no está archivado en . Yo pensaba que nos estaba usted hablando del futuro, como que los humanos, en épocas venideras, echaban la vista atrás. Pero, en fin, creo más bien que se trata de una biografía del planeta en el momento actual...¡Qué exagerado es usted! y qué pesimista:
"Antaño podía disfrutarse la ondulación musical de los árboles mecidos por el viento". Yo ahora también lo disfruto.
"Cuando la noche llegaba se podían contar las estrellas y extraviarse en las cifras de tantas que alumbraban". ¿Ahora no?...
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Roderick Guzmán Meza








