Pol Pot o la Reingeniería del Mal (Final)
28.04.08 @ 20:58:21. Archivado en Historia, Biografías
Esta es la entrega final del artículo sobre Pol Pot, el hombre que pretendió reinventar una nación, que intentó dar un giro a la historia de su país y construir su versión del paraíso, aún a costa del exterminio de sus habitantes. Su mano no apretó el gatillo tal vez, ni empuñó el hacha, pero su voz determinó la muerte de millones de personas, sobre cuyos huesos blanqueados levantaba la catedral de la impiedad y el dolor.
Todo un pueblo era sacrificado por la locura, por los delirios de un fanático y su séquito de esbirros, ávidos de sangre, frenéticos por rajar la carne y cercenar las cabezas, por limpiar de piel las osamentas de sus propios parientes, si era necesario.
Pol Pot era un individuo insignificante desde el punto de vista físico.
De pequeña estatura, de carnes magras y mirada acuosa, no era precisamente alguien que intimidara o pusiera en fuga el valor de los más osados. Pero su palabra, un susurro aterciopelado, llevaba en sus alas el furor de la tempestad.
Camboya sufría y se desangraba. No había forma de detener el exterminio. El mundo miraba hacia otra parte, mientras el Yemer Rojo, sometía a los camboyanos a trabajos forzados, mientras los convertía en esclavos. Levantar un país de fantasía, era para estos hombres, mujeres y niños, una sinfonía de terror, presentada en un sobre un escenario de sangre.
Las ejecuciones formaban parte de una agenda diaria. Los yemeres eran partidarios del exterminio de una generación, para ellos plagada de defectos, de equivocaciones. Preconizaban la aparición de una nueva estirpe de individuos entregados a la infatigable tarea de levantar una nación capaz de ser única y de valerse por sí sola, sin integrarse de forma dependiente al resto del mundo.
Monstruos sedientos de sangre deambulan por las calles, por los campos, ascienden y descienden por los montes, navegan sobre los ríos y asoman su torva faz en las cabañas y los bohíos donde se adormecen de hambre y vencidos por la fatiga niños sin futuro y ancianos que no tienen ya recuerdos.
Atisban en las plantaciones de arroz al hombre que protesta y clava el azadón en la tierra con insatisfacción y desconsuelo. Allí están los inquebrantables seguidores de Pol Pot, siempre dispuestos a imponer el orden a costa del silencio y la sumisión, de la sangre y de la muerte.
Todas las mañanas el endemoniado Pot se transforma en una tolvanera mientras se dirige a sus seguidores. Lanza proclamas incendiarias en contra de la inacción, del conformismo y de la apatía. Pretende crear un hombre nuevo, aún a costa de desaparecer el actual, que ya ha perdido vigencia.
Su consabida parsimonia al hablar, se tornaba en el reflujo de un torbellino cuando arengaba. Poseído por fuerzas oscuras y desconocidas, se transformaba en un gigante tan amenazador como un relámpago, tan feroz como la oscuridad.
Pol Pot avanzó entre los camboyanos con la mano puesta en un libro. Las palabras allí escritas provenían de su dimensión de delirios y mientras todo a su paso se transformaba en ruinas, sus ojos veían erigirse catedrales, colosales terrazas, monumentales jardines e impresionantes torres que rozaban las nubes.
En un bohío de cuatro metros de alto por veinte de ancho y doce de profundidad, construido con varas de bambú, atados con lianas, se habían colocado con minuciosidad, en un orden fantasmagórico, innumerables calaveras sobre huesos tablones. Era el palacio de los huesos, la mansión de las calaveras, la basílica de la muerte. Las osamentas llegaban hasta el techo. En una tarima construida al fondo, Pol Pot despachaba desde lo que llamaba la sede de su estado mayor.
Sobre gruesos tablones, cráneos limpiados de carne con la minuciosidad del orfebre, conformaban una macabra colección de trofeos de caza. Las miradas vacías de los desencarnados daban un aire de irrealidad, de pesadilla a este santa santórum del mal.
Pero estos huesos pertenecían ya a otro ámbito, a otro cuadrante de la realidad. Pol Pot cometía los mayores atentados con la vida y para ello no dudaba en utilizar cualquier herramienta. Una de sus favoritas eran los niños, a quienes obligaba a ser espías y a delatar a sus padres, hermanos y demás familiares.
Después de la delación por parte de los pequeños, Pol Pot condenaba a los padres al paredón. Llevaba entonces a los niños con la excusa de que iban a jugar con otros chicos de su edad, cuando en realidad los sentaba en unas gradas frente al patio de ejecuciones donde veía como sus seres queridos eran rociados con balas de grueso calibre al punto que sus entrañas brotaban como sangrientas flores y sus miembros eran arrancados por el piquete de los proyectiles.
Por toda Camboya podían encontrarse huesos humanos sobre la tierra. Los entierros no parecían ser rituales que preocuparan a Pol Pot y sus esbirros. A veces, en los arrozales o sobre las llanuras desnudas se descomponían los cadáveres en medio del frenesí de los gallinazos y los animales de la selva.
Era una época de tinieblas, era un mundo donde el frágil equilibrio entre la realidad y la fantasía se resquebrajaba ante la sola acusación de traición. Era la época de la delación y de las falsas acusaciones. Los camboyanos eran obligados a delatar con falsos argumentos a sus amigos y familiares. Pero después, quien así acusaba, recibía también sobre sí la imputación de alguna clandestina acción y era ejecutado sin juicio.
Después de la supuesta detención de Pol Pot, por parte de sus propios cómplices, se dijo a los medios de comunicación que el líder el Jemer Rojo había contradicho los principios por los que había luchado todo el movimiento. Sin duda, algo turbio se gestaba.
Al parecer, Pol Pot creó un ambiente de tal abominación que sus propios colaboradores terminaron por voltearse en su contra. La ambición ha de haber corroído a estos monstruos y psicópatas que le acompañaron en su camino hacia la demencia total.
De acuerdo a los informes oficiales, Pol Pot murió como consecuencia de una falla cardiaca el 15 de abril de 1998. Otra versión indica que el mayor asesino de la historia de Camboya y posiblemente uno de los más feroces de todo el mundo, fue ajusticiado por sus correligionarios.
La razón permanece en el terreno de las especulaciones. Pot imponía su visión del mundo y no tenía piedad para hacerlo. Sus manos estaban manchadas con la sangre de dos millones de camboyanos y su deambular era atenuado por una alfombra de huesos humanos.
"Perderte no es una pérdida. Conservarte no es de ninguna utilidad"… Manuales del Angkar.
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Tremendo este documento sobre un asesino "consentido", un psicópata que cometía sus crímenes sin nocturnidad pero con la más impune alebosía, otro Hitler de quiméricas elucubraciones que soñaba con hacer de la humana una raza a su gusto, modelada a su antojo, pasando por encima de los derechos más elementales de la persona.
Cuando un asesino de los llamados "en serie" amenaza en una ciudad, en algún lugar, cuando cunde el pánico, los ciudadanos se protegen en lo posible en un intento de salvarse, de que no les toque a ellos, mientras mantienen viva la esperanza de que la mano de la ley caerá sobre el criminal. Pero cuando no hay salvación para nadie, no hay manera de protegerse y el peso de la misma ley cae sobre cualquier ciudadano inocente, cuál no será el pánico, el terror vivido por familias enteras, desde la generación de ancianos, que impotentes esperan su total y definitiva exterminación, pasando por los adultos medios, incapaces de proteger a los suyos o a ellos mismos de la cruelda...
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Roderick Guzmán Meza








