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El Funcionario

Permalink 25.04.08 @ 21:59:38. Archivado en Cultura, Panamá

Laborar en una oficina pública nos ofrece la posibilidad de descubrir curiosas figuras de la fauna local de cada país. Al menos en el nuestro, no escasean quienes utilizan a la perfección, no solo el antifaz de funcionario, sino también el de ciudadano y personaje.

Los claustros burocráticos son relucientes e impersonales, las paredes pintadas de un blanco calcáreo son bañadas también por albas luminiscencias provenientes de los tubos de mercurio que flotan sobre las cabezas de los empleados; evocan asepsia, pulcritud, pero también aridez y frialdad. No hay nada donde posar la mirada para descansar los ojos, los objetos recrudecen una intolerable simetría empotrados contra este matiz.

Colocados en hileras, los colaboradores (eufemismo por empleado, subalterno) los funcionarios se las ingenian para el diálogo, para el intercambio de experiencias y opiniones, sin desgastarse la cervical torciendo el cuello. Conocen el acento respectivo para cada compañero y cuál será el destinado al dirigirse a ellos los demás.

El día comienza a las 7 y 30 con los consabidos saludos, ya conocidos, repetidos durante años hasta el vértigo. La mayoría arrastra una manta de kilómetros de largo que dispone para ser pisada, pero los demás se cuidan de semejante desafuero y dedican un lacónico “buenos días” a sus compañeros y compañeras antes de que inicie la faena, todavía aletargados por las horas de sueño.

Olvidaba decir que antes de ingresar en las oficinas, es preciso atravesar la más endemoniada afrenta al sosiego, el más desastroso enfrentamiento de masas que predispone al burócrata para la guerra, al desafío y a la oposición: el transporte público.

Debe abordar un autobús, muchas veces destartalado, conducido por un individuo no muy equilibrado que no recibe un salario, sino los excedentes de una cuenta que ha de ser entregada durante la noche.

Forma una fila en la terminal de su barrio. En una quebrada fila que se extiende por varias decenas de metros, espera con proverbial paciencia su turno de abordar el vehículo. Mantiene apretadas sus manos, en tensión, a la espera de los empellones, de los roces y los peligros de que los carteristas introduzcan en su bolsa unas ágiles manos que podrían esquilmarle en menos de diez segundos

El bus se estaciona y un sujeto mal vestido, con un acento deplorable, pervertida su voz por la ronquera o la agudeza, llama a los usuarios a comenzar el abordo. Suben y suben, los asientos son todos ocupados, pero todavía hay espacio para saturar el viaje.

Apretujados, ubicados en dos filas junto a los asientos, donde los más afortunados se lanzan en clavado a la piscina del sueño para recuperar el que han perdido por madrugar.

Hace tanto calor que los rostros chorrean sudor. A pesar de ser temprano en la mañana, algunos pasajeros se niegan a abrir las ventanas, las mujeres por no despeinarse y los hombres por holgazanería o por modorra.

Así se marchan a la aventura de surcar las calles y avenidas de la ciudad, antes de que comience la hora punta de la mañana. Pueden verse la incorporación de vehículos particulares y comerciales desde calles adyacentes, donde se han construido vecindarios sin las precauciones urbanísticas necesarias para impedir los embotellamientos.

Las paradas no se encuentran a mucha distancia una de otra. Es un síntoma de la pereza que aqueja a los usuarios. Pocos son dados a caminar más de sesenta metros al apearse del bus. Al cruzar las calles, es importante poseer un claro sentido de la distancia y la velocidad, tanto de uno mismo como de los automóviles que avanzan sin contemplación hacia su destino. La hora de entrada se aproxima.

Al llegar a las instalaciones donde se encuentran las oficinas, el ciudadano funcionario disminuye la velocidad de su marcha. Algo le entretiene, un sonido, una conversación, el saludo de los colegas, el vendedor de lotería, cartelones de publicidad y cuanta cosa aparezca de improvisto.

Antes de entrar a las oficinas, muchas veces, debe comprar su desayuno. Puestos de venta de frituras están por doquier. Algunos venden empanadas, arepas, hojaldres, refrescos de frutas naturales de la estación y otros comestibles.

El empleado público reserva unos setenta y cinco centavos de dólar para esta jornada alimenticia. Es posible que no haya otra durante el día o también podría encontrar la forma de solicitar crédito en algún sitio de expendio de alimentos, no sin antes haberse ganado la confianza de su dueño o administrador.

Ya por fin dentro de la seguridad de su ámbito laboral, da inicio a la cháchara mañanera. Mucha confianza existe entre algunos que se confiesan sin reclinatorio ni discreción, sus últimas vicisitudes. No existe complejo ni miramientos porque la liberación de los escrúpulos abre pesados portones, inaccesibles en sitios disímiles.

Las obligaciones, la mayor parte de las veces, no están sujetas a la temporalidad. La rutina es pesada y flemosa, como si se deslizara uno sobre un pantano de melaza con calzados de plomo. Se entregan los informes o se deslizan subrepticiamente en el escritorio del director para no evidenciar el retraso.

Más o menos a las diez de la mañana, las amarras se han soltado, las embarcaciones navegan a la deriva y lanzan por la borda todos los fardos que permiten la plática banal y la ligereza.

El director es una entidad aislada, casi monacal, enredado en sus propios laberintos, pocas veces procede a dar instrucciones, obedece también a la rutina, al movimiento de un lento engranaje. Sus pasos son pausados, meticulosamente calculados, sabe que muchas de sus proezas no serán reconocidas, por lo tanto se convierte en una pieza más de la criatura multiforme que fuera de su despacho, en este momento, se ha tornado dicharachera, carcajeante y ruidosa.

Hemos visto individuos injuriar a su mujer para ganar gracia y ser aceptados en el grupo; así mismo, vejetes que ya han llegado a la edad del retiro, pero que alegan conservar suficientes energías para continuar activos. Otros que proclaman su alegría de vivir a pesar de estar aterrados por conocer los resultados de exámenes médicos que no han de ser muy favorables.

Mujeres hemos observado también que han convertido a sus familiares (léase marido, hijos, perro, vecina, tías, tíos, hermanos, primos, cuñadas y demás ejemplares de la fauna afectiva) en parte de la jornada diaria. Son tan conocidos que se convierten en funcionarios invisibles, en entidades con peso específico dentro de la oficina.

Otro elemento acude al uso de la manipulación para hacerse con la atención de sus compañeros, pero no solo para entablar el diálogo, sino también, insólito pero cierto, para pegarse cual voraz paria, de la portaviandas de algunos de sus camaradas y almorzar opíparamente recibiendo donaciones provenientes de diversos benefactores.

Transcurre el día así en la oficina. La bajada del mediodía hacia la tarde se hace lenta, engomada. Las charlas transforman en sesiones de comedia y pueden escucharse sin desparpajo risotadas y vocinglería. La mayor parte de los intercambios se sustentan con insustancialidades, banalidades y tonterías sueltas de las más estólidas.

Pero en fin, como ya se aproxima la hora de salida, he de dejar este texto para otra ocasión. Es fin de semana y no importa más nada que salir pronto de este jaula para irnos a encerrar a otra mazmorra, la de la rutina doméstica.

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Interesante ese mundo...Precisamente por lo carente de interés es por lo que se hace interesante sociológicamente hablando.
Esa jaula se presta a meter en ella unas cámaras de televisión y ofrecer a los espectadores un auténtico "reallity".
Se podría ver su lado cómico si no fuera porque se trata de una rutina diaria, de un trabajo que hay que cumplir día a día durante cinco a la semana, de unos compañeros que hay que soportar, de unas conversaciones que uno tiene que escuchar aunque no le apetezca y de unas atrocidades que difícilmente uno puede tragar, y es lo que realmente convierte todo ese mundo en patético.
Bueno, pues gracias a Roderick, ya sabemos donde podemos ir de safari humano.
Enlace permanente Comentario por solariana 26.04.08 @ 16:46

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