Mentes Peligrosas
23.04.08 @ 21:31:50. Archivado en Cultura, Panamá
Tal vez en otros ámbitos no ocurra lo mismo que en esta órbita latinoamericana, en particular en América Central. Los jóvenes parecen haberse tomado una cruenta revancha de las generaciones antecedentes. La violencia se expande como un gas mortífero y no parece que exista fórmula capaz de contenerle.
Una furia avasallante se mueve y todo lo cubre, proviene de ese caudal de energías contenido en organismos en plena etapa de desarrollo, no para organizar un modelo de existencia futura, con base en principios aceptados como provechosos para la sociedad, si no para embestir sin mesura a un entorno agobiado por otro tipo de desafortunados eventos.
A diario los adolescentes cometen fechorías, triquiñuelas, bellaquerías y actos deleznables que oscilan entre la autodestrucción adictiva y el asesinato por encargo, antaño exclusivamente afines al proceder adulto, a sus frustraciones desequilibrios y calamidades personales.
En un mundo en que todo ocurre a velocidades de vértigo, en el que los sucesos históricos acaecen ante nuestros ojos, divulgados por la televisión o la Internet, la juventud desacraliza el puro sentimiento de vitalidad para convertirlo en contaminado juego de navajas y pistolas, de sangre y fuego, de dolor y miseria.
Los expertos en estos asuntos, los psicólogos, los trabajadores sociales y los demás, conciben como la génesis de estas conductas alienadas a la marginación, la pobreza, la ignorancia y la falta de recursos que les impiden acceso a niveles de vida menos onerosos y de mayores gratificaciones.
Romper un ciclo de esta naturaleza no es asunto hacedero. Quien delinque para poder alimentar a su familia, para superar ciertos atavismos de carencias o por ridícula e insolente vanidad, entrará tarde o temprano en una dimensión de espejismos, en una alcantarilla de pesimismo de donde saldrá lanzando espumarajos de rabia, con mayor encono contra quienes le hayan depositado, por ejemplo, en los centros de detención.
En Panamá, el incremento del protagonismo de los menores en los dramas delictivos, ha aumentado de manera exponencial y lo más lamentable es que en numerosas ocasiones, han sido los adultos quienes les han reclutado en las filas de los degradados sociales, en las callejuelas de los barrios y lo peor, hasta en los centros educativos donde también comienza a gestarse la tempestad.
Triste panorama para los llamados países en desarrollo, absurdas pretensiones de progreso con estos pésimos antecedentes de desasosiego, de indignidad y de caos.
Estamos en una peligrosa antesala, en un peldaño que conduce hacia el abismo. No podemos imaginar el alcance de estos movimientos, si una juventud agotada por la desesperanza, herida por la desazón y la incertidumbre, no encuentra un sendero de crecimiento integral y torna su espíritu a ingerir el pan de la locura.
Sus actividades al margen de la ley, robo, hurto, drogadicción, tráfico de estupefacientes, violación y homicidio, no tienen el suficiente peso específico para incrementar los castigos, al menos en este momento las legislaciones no contemplan esta posibilidad.
Un ciudadano muere en una calle transitada ante la atónita mirada de los transeúntes, varios disparos resuenan mientras el cuerpo sin vida cae sobre el pavimento y a su alrededor se expande un charco de sangre, los verdugos se desvanecen entre las callejuelas y zaguanes, con un absurdo botín de iniquidades sobre sus espaldas.
Las leyes no contemplan mayores penalizaciones para los menores transgresores, pero no es esto lo peor; los adultos que les contratan para emprender todos los actos mencionados logran evadir los tribunales de justicia, mientras los ejecutores de los ilícitos vuelven a las calles con el mayor de los desparpajos.
Un menor encontrado responsable de un homicidio, por citar un ejemplo, es trasladado a un centro de resocialización y allí es custodiado por elementos civiles sin preparación, legos en el rigor de las cárceles y en la dureza del encierro. Por tanto, no reconocen su encierro como una deuda con la sociedad.
No es un asunto de endurecernos contra los desmanes de una generación inoculada con la ira y la irreverencia, no es de castigarlos sin oportunidades, sino de trabajar para descubrir el origen, no de la propia violencia que esa es inherente a nuestra especie, si no al descontento convertido en cólera que los anima.
Es imperioso renovar el sistema educativo, preparar a esta joven generación para enfrentar inéditos desafíos, para plantarse con éxito ante las exigencias del universo laboral. Con lo que ahora les ofrecemos, no hacemos más que alimentar el incendio. De lo contrario deberemos castigar en ellos nuestras propias falencias.
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Roderick Guzmán Meza








