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Gea Agoniza en el día de la Tierra

Permalink 22.04.08 @ 21:19:56. Archivado en Cultura

No somos los humanos los primeros pobladores del planeta. Apenas descendimos de los árboles hace doscientos mil años, tiempo insignificante para el daño que hemos hecho a la tierra.

No formamos los primeros eslabones de la cadena de la vida, hemos sido las últimas entidades en surgir en este vasto proyecto que llamamos creación o naturaleza.

Antes estuvieron los microorganismos, bacterias y protozoos se solazaban en sus caldos de cultivo, en sus hervorosas oquedades, bajo la eterna calígine del vapor sulfuroso.

Eones han de haber transcurrido antes de que apareciéramos estupefactos ante el rugido de las bestias y la impiedad de los cataclismos, antes de que la naturaleza cediera ante nuestra peligrosa ficción.

Hemos sido los últimos en llegar, pero podríamos ser los primeros en marcharnos, derrotados por la ambición, la insensatez y el ego. En nombre del progreso hemos traído destrucción y estimulado los desastres. Gea, la madre tierra agoniza, mientras en los foros y tribunas de todo el mundo se levantan voces en su defensa. Pero las alocuciones no producen eco y todo el barullo de los políticos se convierte en silencio cómplice.

En tiempos pretéritos, bacterias simples se dedicaban a desintoxicar el planeta. Aspiraban gases tóxicos mientras se conformaban moléculas de hidrógeno y oxígeno en la atmósfera. Nosotros hemos revertido el proceso.

Lanzamos al aire agentes contaminantes que perforan la capa de ozono y a través de las crecientes grietas los rayos ultravioletas se lanzan sobre el mundo.

Nos hemos convertido en antítesis de aquellos gérmenes que sin pensamiento, ni credo, ni voz ni conocimiento, hicieron posible la vida. Depredadores implacables, hemos quebrantado la sagrada relación de la naturaleza con la humanidad.

Antaño rendíamos culto a la lluvia, al sol, a los ríos, al viento, a las montañas, a las estrellas, la luna, las cosechas y la tierra, hoy hemos cometido el sacrilegio de lanzar orín sobre sus símbolos. La santidad de la naturaleza la hemos hecho trizas para usurpar sus bondades.

Estos eran los dioses de antes, los aliados más valiosos para la supervivencia de esta raza de perversos y alucinados homínidos que huían del fuego y de la tormenta, que se escondían en las cuevas al escuchar el rugido del tigre o el aullido del lobo. Ante ellos se inclinaban y realizaban ofrendas. Sus primicias eran colocadas en el altar para aplacar las iras y obtener benevolencias.

Al descubrir lo profano de esas esencias nos dedicamos a tomar revancha de atávicos temores. No hemos dejado de mortificar la materia de la que todo se encuentra construido; hemos derretido los casquetes polares, aumentado el nivel del mar, arrasado con los bosques, contaminado los ríos y los mares, quemado pastizales con una violencia inaudita e inexplicable, toda vez que dependemos de lo mismo que destruimos.

Los pronósticos apocalípticos, las previsiones cataclísmicas no provienen de los augures, de los nigromantes, de los astrólogos o de los espiritistas, sino de los científicos, de los sabios que nos alertan sobre los alcances de nuestra criminal conducta.

Hemos aspirado a la comodidad y construimos un paraíso artificial de hierro y concreto. Desgarramos las entrañas de la tierra para obtener su sangre y, cual personajes alienados de un terrorífico sainete, somos indiferentes a los clamores de la naturaleza herida ya de muerte.

Para nosotros quizás es demasiado tarde. El humo de la destrucción cubre el orbe. No parece haber solución en nuestras manos porque nos importan más el tintineo de las monedas y el brillo del oro.

La posibilidad más próxima será educar a la generación que nos sucederá. Los niños y la juventud podrían ser los redentores de este drama cósmico al que asistimos, unos como villanos y otros como espectadores indiferentes.

La naturaleza es nuestro principal aliado, dependemos de ella, todos nuestros alimentos provienen de ella, pero nos solazamos martirizándola, destruyéndola con saña y sin la mínima pizca de piedad.

Los gobiernos deben fomentar la defensa de los variados ecosistemas y penalizar con rigor a quienes destruyan el ambiente, pero debe ser pronto porque el tiempo se termina, los recursos naturales comienzan a escasear y la muerte aguarda disfrazada de hambre en los pueblos más pobres.

Vivimos en el Paraíso, pero el orgullo, la ambición y la soberbia, no nos permiten darnos cuenta.


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