Ilusiones y Fantasmagorías de la Física
15.04.08 @ 22:06:21. Archivado en Ficción, Ciencia, Medicina, Tecnología
Algunas veces me he preguntado si todo lo que vivimos, sentimos y experimentamos en los diversos niveles que nos lo permite la conciencia, es la realidad. En este vasto universo se desarrollan intrincados procesos a los cuales no tenemos acceso. Tan limitados como son nuestras herramientas sensoriales, el horizonte apenas lo percibimos con una línea distante, a veces quebrada por promontorios o declives.
El movimiento de los átomos y las partículas por debajo de esa denominación, como por ejemplo los electrones, produce relaciones con el cosmos absolutamente heterodoxas que descomponen la idea que poseemos del comportamiento de la materia o de la frecuencia en que vibra la suposición de realidad que utilizamos para conducirnos.
El físico francés Alain Aspect de la Universidad de París hizo algunos descubrimientos impresionantes. Bajo ciertas condiciones algunas partículas subatómicas tienen la capacidad de comunicarse de manera instantánea a distancias tan cercanas como diez metros o tan pasmosas y abismales como diez mil millones de kilómetros.
Esta idea contradice la teoría de Einstein sobre la imposibilidad de que cualquier objeto en el universo rebase la velocidad de la luz. Nada puede superar esta barrera, propuso el físico alemán y los límites de la realidad universal podrían tener alguna relación o parentesco con esta propuesta del Premio Nóbel de Física.
La idea de instantaneidad que produce esta imagen de electrones movidos a velocidades tan impensables, superiores a la de la propagación de la luz, a la de la fe y de los verbos divinos nos conduce a aperturas y contradicciones. Si esto es así, entonces, el universo podría estar regido por leyes tan vulnerables como rústicas.
Otro acreditado físico, David Bohm, de la Universidad de Londres se inclinaba por pensar que la realidad, tal como la conocemos, con sus arriba, abajo y lados, no existe y todo es irreal porque la relación entre estos puntos dependerá de la posición de quien se encuentre en determinado cuadrante del espacio. Decía el ya fallecido científico que a pesar de lo sólido de las estructuras materiales, la dureza de una roca, la densa proporción de nuestros organismos, el universo es una fantasmagoría, una proyección de innumerables relaciones.
Los dos físicos abogan por la idea de que somos hologramas, detalles de una idea que aparenta cierta independencia, cuyos movimientos son apenas presentimientos de su conformación, pulsaciones, vibraciones, como si fuera un fogonazo lanzado por el flash de una cámara fotográfica.
Si somos hologramas, si cada elemento de este cosmos es una ilusión, entonces nada de lo que nos preocupa sería otra cosa que una oscilación negativa cargas electrónicas producidas por la fuerza magnética de movimientos de baja intensidad de la materia.
Tal vez no seamos otra cosa que espíritus sometidos a la caducidad de una experiencia un poco más densa, a los movimientos de horizontes coincidenciales, cada uno por siempre en el mismo sitio, sometido por la ilusión de movimiento que se produce en la imaginación.
Es posible que todo sea una mera ilusión. El estar escribiendo ante este ordenador, el que usted, amigo lector se encuentre decodificando este texto, podría ser apenas un espejismo, estimulado por los avatares de partículas que giran inconteniblemente a distancias que no existen porque no son y no serán jamás.
Pensar de esta manera nos induce a imaginar que no somos entidades individuales, sino una extensión de algo, ajeno de forme absoluta a nuestra capacidad de comprender.
Bohm utilizaba el siguiente ejemplo: “imaginen un acuario conteniendo a un pez. También imaginen que el acuario no es directamente visible, que sólo se lo ve por dos telecámaras, una situada frontalmente y la otra lateralmente. Mientras miramos los dos monitores televisivos podemos pensar que los peces visibles sobre los monitores son dos entidades separadas, la diferente posición de las telecámaras nos dará en efecto dos imágenes levemente diferentes. Pero, siguiendo con la observación de los dos peces, al final nos percataremos que hay cierta unión entre ellos: cuando uno se vuelve, también el otro se volverá; cuando uno mira frente a si, el otro mirará lateralmente. Si nos quedáramos con el objetivo real del experimento, podríamos llegar a creer que los dos peces se estén comunicando entre sí, instantánea y misteriosamente, pero éste no es el caso”.
La conexión entre las partículas subatómicas más rápida que la luz, realmente nos dice que existe un muy profundo nivel de la realidad al que no tenemos capacidad de acceder, una dimensión más compleja, más allá de lo yoico.
Deberíamos pensar entonces no en diferentes partes de la realidad, sino en facetas de una unidad más profunda y básica que es holográfica e indivisible. Si estamos separados en la superficie del espejismo al que llamamos realidad, en un nivel más profundo todo estará conectado sin término.
Así las cosas, los electrones de un átomo de carbono de nuestro cerebro podría estar conectado con las partículas subatómicas de una estalactita o de el fósil de un mamut escondido bajo toneladas de nieve y tierra fangosa en las profundidades de Siberia. ¿Acaso también el latido de nuestros corazones, los valores de nuestra tensión arterial, mantengan afinidad con cada estrella?
La naturaleza sería una red infinita. Todos, cada cosa, cada ser, cada peñasco o cada brizna de hierba al viento, estaríamos indisolublemente atados en una infinita cadena de sucesos. Bajo estos conceptos expresados por los físicos, estaríamos muy cerca de encontrar el punto en el que confluyen pasado y presente y se desarrolla el futuro.
Esta relación podría sugerir que Dios y cada uno de nosotros, desde el pez hasta el sol, desde la pólvora hasta el borde exterior de la galaxia, somos una sola cosa. Nada puede separarnos porque nada es lo que aparenta.
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Roderick Guzmán Meza


