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La Sombra de Wisconsin

Permalink 14.04.08 @ 22:20:14. Archivado en Historia, Ficción, Biografías

Charles Rutheford Wilkins vivía en un edificio de apartamentos en un suburbio de Wisconsin. Su madre, Susanne Murphy, era ama de casa y su padre, Charles, un vendedor de electrodomésticos, adicto al alcohol. Todos los recursos de la actividad laboral del padre, se disipaban en las
tabernas, con prostitutas y jugando a las cartas.

Los días de pago, regresaba a altas horas de la noche dando tumbos. Mientras subía las escaleras canturreaba obscenas estrofas que despertaban a los vecinos. Cuando entraba a su domicilio tropezaba con todo y profería maldiciones, en tanto se dirigía a la habitación donde la mujer dormía. Apocada y medio tarada, la esposa de Charles padre, era incapaz de enfrentarse a la ira del marido.

Sin mediar una sola palabra, hediondo a caña y a brea, babeante y con los ojos vidriosos, se lanzaba sobre la soñolienta mujer que apenas abría los ojos y le arrancaba las vestimentas. A pesar del llanto, el hombre poseía con creciente frenesí a Susanne. La violaba incesantemente durante varias horas, la mordisqueaba como un roedor a la comidad de la alacena. La pobre mujer no ofrecía finalmente dejaba de llorar y se deslizaba hacia los pabellones de la inercia. El perverso ritual concluía con un largo suspiro del hombre y la sumisión al sueño.

En cierta ocasión, Charles hijo, fue despertado en medio de la madrugada por ruidos provenientes del cuarto de sus padres. Se levantó con sumo cuidado y se dirigió a la habitación. La puerta estaba entreabierta. Asomó la cabeza dentro del cuarto y pudo ver al padre sentado sobre la madre, como si cabalgara un jamelgo, desnudo y totalmente alucinado.

Esa imagen se grabó en la mente del pequeño Charles. Nunca dejó de tener pesadillas con esa sombría escena. Por las noches tenía miedo de dormir porque volvía cada vez con más fuerza y definición. La ninfa vencida por el fauno, la doncella ultrajada por el minotauro. Desde ese día, el odio hacia el padre tomó una forma diferente. Antes era una combinación de miedo y repugnancia. Ahora era ira y rabia.

Por la mañana, cuando el padre desayunaba, la madre de Charles, de manera solícita le atendía como si nada hubiese ocurrido. Se despedían los progenitores con un beso. El chico observaba el rostro de la madre, magullado, tumefacto, con cíngulos violáceos alrededor de los ojos. No hacía preguntas, pero incrustaba en su pensamiento la idea de ver desaparecer al padre. La providencia o el universo le darían esa satisfacción. Pero, no, no sería tal, porque en su interior quería manchar sus manos con la sangre del monstruo. Nunca pudo hacerlo.

Cuando Charles Rutheford Wilkins asistía al colegio se destacó por ser un aventajado estudiante. Cada año lograba los mayores honores y era condecorado por el consejo de profesores, como uno de los mejores alumnos que el instituto había tenido en toda su historia.

Esta dedicación le hizo acreedor a una beca por parte de la universidad local. Como no era muy aventajado físicamente, los deportes no fueron su fuerte, así que su energía creativa la destinó a actividades artísticas y culturales.
Estudió teatro y literatura. Fue un consumado poeta, según sus profesores. Su lírica destilaba belleza y no eran pocos los que le veían un magnífico sitial en el parnaso de las letras de su país.

Pero, cierto día, al salir de clases, tendría entonces unos 19 años, vio un automóvil estacionado a unos metros de la entrada del recinto educativo. Charles reparó en que dentro un individuo le observaba. No dijo nada y pasó de largo. No había avanzado cien metros cuando pudo percibir la expansión de un nimbo de luz.

El vehículo le alcanzó en una encrucijada y se detuvo. El conductor le preguntó por cierta calle y Charles respondió que hacia allá se dirigía. El individuo se ofreció a llevarlo. Parecía insignificante y el joven accedió.

Salieron a la calle principal y después tomaron en dirección este. Charles reclamó este cambio de dirección a lo que el hombre, de unos cuarenta años, le dijo que quería mostrarle algo. Siguieron en esa trayectoria durante unos treinta minutos cuando de pronto el auto se detuvo. El hombre bajó e invitó a Charles a hacer lo mismo.

Era una vieja fábrica abandonada. A unos treinta metros se divisaba el resplandor de unas llamas. Al acercarse pudieron ver a dos sujetos que, de cuclillas, se calentaban al fuego. De la misma edad del conductor, los tres se abalanzaron sobre Charles y lo tiraron sobre unos cartones detrás de una muralla en ruinas.

Allí le violaron varias veces. Rasgaron sus ropas, lo maltrataron de tal manera que Charles perdió la conciencia. Fue virtualmente destruido. Los tres hombres escaparon en el automóvil, dejando al aventajado estudiante mal herido y sangrante.

Charles salió del hospital aturdido. La violencia que había vivido en su casa le alcanzaba ahora. Sintió dentro de si un furor inaudito, un estremecimiento incontenible. Volvió a la escuela sumergido en su propio mundo, sin señas de querer salir.

Dos meses después. La policía encontró a un hombre muerto. Tenía clavada en la garganta una barra de hierro con una punta afinada y le habían introducido por el recto un pedazo de madera cilíndrica, parecida a la vara de autoridad de la policía, pero rugosa y llena de aristas. La comunidad vio con abominación el dantesco espectáculo de muerte en los telediarios.

Una semana había transcurrido desde el primer hallazgo cuando Charles se encontraba sentado en el parque central. Vestido de negro, no podía ser percibido con claridad hasta tanto no se estuviera demasiado cerca. Un hombre negro de casi cuarenta años, se le acercaba desde el este.

Pasó de largo. Tenía las manos en los bolsillos. Miró hacia atrás y no pudo hacer nada cuando Charle se le abalanzó con punzón que le incrustó en el pecho. No había nadie y el asesino lo arrastró hasta una banca en una región oscura del parque, muy cerca de un árbol. Allí le vació los ojos, le rebanó la lengua, le abrió la garganta con un filoso cuchillo y le partió varios anillos óseos de la tráquea.

De la sorpresa inicial, la ciudad pasó al terror. Dos hombres muertos en una semana en violentas circunstancias. Uno o varios asesinos les habían sacrificado en un aparente ritual satánico, decían los medios de comunicación, pero aún faltaba más.

El invierno llegó con todo su furor aquel diciembre de 1947. Las temperaturas descendían hasta niveles intolerables. El frío obligaba a las personas a mantenerse abrigadas en sus casas. Pero algo acechaba en la oscuridad de las noches, un monstruo de impiedad se escondía en las tinieblas.

Otra de las fórmulas para soportar el frío de los parroquianos era tomar whisky. Las cantinas siempre mantenían una clientela aceptable que daba para los gastos. Anthony Lindsay había agotado sus recursos, pero el alcohol le había otorgado ese estado de satisfacción y de beatitud que da a algunos borrachos.

Caminaba enfundado en su abrigo con las manos en los bolsillos. El viento cortaba. No había luna esa noche. La humedad de las calles reflejaba el halo de luz de los faroles. Uno que otro vehículo permanecía estacionado en las marginales. Poco antes de salir al despoblado, Lindsay se detuvo a orinar.

No se dio cuenta de nada. El golpe vino de atrás. Le partió el cráneo y la materia encefálica brotó sobre la nuca y los hombros, además de esparcirse sobre la hierba casi congelada. Después fue acuchillado en el vientre. Sus entrañas fluyeron con delicada insolencia. Antes de morir abrió desmesuradamente los ojos y en sus pupilas se reflejó el rostro frío e inexpresivo de Charles. Le alcanzó al aliento para ver la blancura de sus dientes descubiertos por una sonrisa. Esta vez llevó el cadáver hasta un barranco y lo lanzó por la pendiente. Abajo le aguardaban filosos peñascos.

Las autoridades concordaron que los asesinatos ocurridos durante las últimas semanas eran resultado de la actividad de un psicópata homicida en serie. Dispusieron poner señuelos, cebos para atraparlo, pero todavía harían falta dos más para completar la agenda de terror de Charles.

La noche de Navidad, una fábrica textil celebraba una fiesta. Serían cerca de las once cuarenta y cinco, cuando De Forest Lord decidió retirarse. La puerta principal del taller estaba ubicada a un costado de la calle principal. Las ventanas del piso superior mostraban un pálido reflejo que llegaba del salón donde se festejaba.

De Forest camina hacia su automóvil, estacionado muy cerca de una parada de autobús. Cuando introducía la llave en la puerta, saltó de detrás de la estructura quien le tasajeó la garganta con tal pericia que la sangre se vertió en un delicado hilo sobre el pecho antes de derramarse como un dique roto sobre la acera.

Charles le incrustó un puñal de unas ocho pulgadas en el vientre. Le arrancó las vísceras con las manos y las introdujo en la boca de su víctima. Después lo castró y colocó el órgano viril en el bolsillo trasero del pantalón. Lo pateó varias veces con botas militares hasta hacer crujir los huesos de su cráneo que lanzaban aristas.

El último de esta lista de demenciales ataques fue un sujeto de unos treinta años que se disponía a calentarse en el fuego que crepitaba en un recipiente de basura. Cuando Charles le vio sintió algo familiar en esa presencia. Reconoció ese aspecto. Era uno de los que había abusado de él meses atrás. El individuo no lo reconoció por lo que Charles, simulando buscar calor, se acercó. Le clavó la filosa hoja en lo lato de la nuca y la empujó con todas sus fuerza hacia abajo. Después lo levantó y le colocó el rostro contra las llamas. Le quemó el rostro cuando todavía estaba vivo. Por último, le arrancó las orejas y las frío. Le dio un par de mordiscos antes de que la policía le descubriera.

Fue enjuiciado y condenado a muerte. Caminó el pabellón de la muerte con un rostro sin emociones. Fue ahorcado el 4 de diciembre del año 1949.


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