La Vigencia de Sartre
09.04.08 @ 20:32:32. Archivado en Biografías
Hace pocos días, muy pocos para no escribir algo al respecto, se cumplieron 28 años desde la muerte de Jean Paul Sastre. Durante todo este tiempo, al menos para nosotros, la propuesta de este filósofo y figura cimera de la literatura y del pensamiento del siglo XX, ha adquirido mayor vigencia, sobre todo en un mundo donde los valores y las expectativas comienzan a distorsionarse, a cambiar de forma y modificar su sentido.
Nacido como Jean-Paul Charles Aymard Sastre, en París, el 21 de junio de 1905, fue uno de los principales exponentes del existencialismo. Además, fue el décimo escritor francés en ser reconocido con el Premio Nóbel de Literatura, galardón al que renunció porque consideraba que “los lazos entre el hombre y la cultura debían desarrollarse de forma directa, sin pasar por las instituciones”.
Hijo de un oficial de la marina, Jean Baptiste Sastre y Anne Marie Schweitzer, hermana del legendario misionero Albert Schweitzer vivía en un mundo de complicada realidad. Perdió muy temprano a su progenitor y quedó a cargo de sus abuelos. En la novela autobiográfica Las Palabras, Sastre nos relata la percepción de su entorno, desde la mirada asombrada de un hombre para el que la niñez consolidó su personalidad.
Sarte podía, como bien lo hacía, de no padecer del llamado complejo de Edipo porque no debía rivalizar con la figura paterna, perdida ya en los nebulosos pasajes de la eternidad. Para él, la madre era el núcleo, la fórmula y el horizonte. El abuelo era la imagen de un agente divino con enorme cuerpo y barba de río derramada sobre su pecho. Era el Yavé bíblico, majestuoso y telúrico, capaz de ser bueno porque tenía todas las condiciones y la fuerza para ser cruel y destructivo. El viejo Charles Schweitzer es quien enseña a Jean Paul, el mundo aséptico y perfecto de los números.
Este universo de armonía y equilibrio, el de las cifras, las ecuaciones, los cálculos y las medidas, basado en signos capaces de esconder o divulgar los más oscuros secretos, dio forma a una parte del pensamiento de Jean Paul, pero también ha de haberle conducido por territorios demasiado fríos.
También el abuelo, sería el responsable de introducir al pequeño Jean Paul en el planeta de los clásicos literarios. Pero el mayor descubrimiento del futuro autor sería la filosofía, cuando de adolescente buscaba verdades insondables.
Es en la elitista Ecole Normale Superieure donde en 1929 conoce a su inseparable Simona de Beauvoir. Desde ese momento y por el resto de sus vidas, estos dos disconformes espíritus se mantuvieron unidos. Fue una relación basada en el pensamiento y en el sentimiento, en el deseo y en la crítica. Su unión estuvo revestida por un interés intelectual del uno por el otro, de una admiración mutua.
El ser humano está condenado y para esa pena no hay remisión. Está condenado “a ser libre” ha manifestado Sastre. No tiene opciones, deberá enfrentarse siempre a la acción y ante ella ha de observar la misma capacidad de asombro del neófito para poder constantemente convertirla, transformarla.
La responsabilidad del ser humano es hacerse a sí mismo, es convertirse, es ser y hacer, la acción, el movimiento, plenos. Debe ser para sí porque dentro se encuentra todo, las galaxias de motivos, los cuadrantes de la voluntad, los núcleos de la divinidad.
En muchas ocasiones, Sartre afirmaba que si la literatura no lo era todo, entonces no era nada. Todo significa para el filósofo francés la representación del mundo, podría decir universo, porque más allá todo lo que es ha de ser, más allá están los espejos, los reflejos.
La acción debería estar siempre en paralela línea. Desde críticas atalayas observar el mundo pero asumiendo la responsabilidad de representar el mundo como resultado de las transformaciones llevadas a cabo por las iniciativas aplicadas y no por los sueños y las especulaciones teóricas.
“La literatura ha de rendir cuentas del mundo interior. Kafka moldeó y describió su mundo. Desde muy dentro de sí, el autor checo volcaba sobre el papel todo el dolor y la angustia de ese orbe desacralizado y al borde del colapso”, ha dicho Sastre mientras alude a la responsabilidad que tenemos en el devenir del mundo a través de cada uno de nuestros actos.
En alguna ocasión afirmó que la novela podía caer fuera del ámbito de la literatura. No tenemos muy clara esta posición. El filósofo se decanta por la idea de que la novela es un estudio de los poderes del lenguaje y de escribir por escribir. Pero ese experimento con las bases de la comunicación no deja de realizar aportes y novedades. Un poco como Joyce que dentro de esa experimentación introduce los impulsos del subconsciente y las pulsiones interiores de la mente.
También la filosofía debe serlo todo o dejar de serlo todo. Es el camino por donde debe transitar el ser humano, mientras se plantea cuestiones sobre si mismo, su lugar en el mundo, su necesidad de encontrarse para poder sentir alivio ante las angustias del vacío existencial, ante el absurdo de la vida o para derrumbarse como tumulto da arena ante los embates de las olas.
Nadie rechazaría un Premio Nóbel por el prestigio que este representa y por la millonaria recompensa. El ego se encuentra a la expectativa ante la candidatura, se agita ante el sonido del nombre con el que es conocido en el mundo material. Nadie, repetimos, osaría contrariar a esa entidad, a veces sofocante, a veces histérica, que se esconde tras la barrera de la carne.
Pero Sastre sí lo hizo. Al igual que Shaw, el filósofo prefiero ser merecedor de si mismo y mantenerse como ferviente estimulador de sus principios. Dos razones argumentó Sartre para justificar su rechazo: una subjetiva, desprendida, en sus propias palabras, de su concepto intelectual sobre lo que debe ser un escritor; a saber, un realista crítico que rechaza la institucionalización de su labor ante la sociedad, la civilización y la historia.
Si uno es ministro, por ejemplo, ha dicho el autor francés, no ha de ser un intelectual, sino tan solo un funcionario. Debe cumplir tareas específicas durante un período de tiempo determinado. Debe rendir cuentas al presidente, el primer ministro o el parlamento. Su conducta debe estar supeditada a una línea y la libertad es constreñida por el puño de su organización, además del cargo. Un funcionario, eso sí, debe poseer una sólida, una vasta cultura, pero ser novelista es arriesgarse a desvanecer un dique, tras cuyo derrumbamiento se soltaría una riada.
El Nóbel para Sartre era como ser una firma en manifiestos, requerida para tales o cuales propósitos, alejados de la idea de literatura libre, comprometida con un mensaje por encima de las barreras de las cosas
En tanto que la razón objetiva del rechazo es que puede aceptarse tal premio internacional, tan solo si realmente lo es. Los Nóbel de otras disciplinas sí reúnen esa característica, argumentaba el autor de La Náusea. La Academia sueca premia el aporte científico. No ocurre lo mismo con la literatura.
Decía JPS que la literatura rusa solo había recibido un reconocimiento en su tiempo en la persona de Boris Pasternak, quien de paso, lo merecía desde hacía tiempo. Ignoraron a Tolstoy, Chejov y otros escritores. “A mi por ejemplo, me han favorecido con el Nóbel porque soy de izquierda; pero también soy un burgués occidental. Se creaba la impresión de que se reconocía el trabajo de un escritor de izquierda, pero también lo hacían con un pequeño burgués”, adicionaba el filósofo.
Jean Paul Sartre murió en la misma ciudad que le vio nacer, el 5 de abril de 1980. Su legado perdura y su pensamiento, al menos para nosotros, mantiene vigencia.
“El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo”.
Comentarios:
Como bien dice Roderick "Su legado perdura y su pensamiento, al menos para nosotros, mantiene vigencia". Y eso es cierto, no cabe duda de que la filosofía de Sartre está hoy plenamente vigente y, podríamos decir, gracias, en buena parte, a su legado. Pero... ¿y su reconocimiento? Pienso que tal vez los existencialistas de hoy, del siglo XXI, se hayan olvidado de Jean Paul Sartre.
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Roderick Guzmán Meza


