El Profesor Inexistente
08.04.08 @ 20:34:26. Archivado en Ficción, Vidas Imaginarias
La vida está llena de cosas curiosas, anécdotas fantásticas y situaciones inimaginables. No pocas veces lo irreal trasciende sus propias fronteras y hace una escala en el cotidiano acontecer, en la rigurosa impiedad de la existencia.
Seguro hemos sido impresionados por personajes de ficción que se deslizan durante la duración de la lectura de una novela, un cuento o en menor medida por los efímeros vericuetos de las tramas de las películas.
Pero estos personajes, con sus situaciones y vivencias son creados por sus autores con un propósito o varios, entretener, desahogar, criticar, recordar o definir. Su vida ha podido haber sido, pero también no lo ha sido.
Ahora, recorriendo algunas publicaciones noticiosas en la red, me he encontrado con una fantasmagoría de majestuosa comicidad, al menos para mí, porque a quien la ha creado tal vez no le vaya muy bien.
Esta historia se desarrolla en Francia, en la época actual, en estos años tumultuosos de guerras y agresiones, de violencia y de hipocresía de los nuevos modelos democráticos.
Una mujer de 54 años desarrolla su trabajo en una entidad estatal del país europeo, específicamente en el Departamento del Tesoro. Durante varios años se ha desempeñado con solvencia, sus jornadas no dejan de manifestarse con eficiencia, sin demasiados descensos a los atolladeros de la burocracia.
No sabemos si en su soledad, en su insania o tal vez en su pérfida inclinación por la trasgresión y la ruptura, muy bien ocultas y disimuladas, extremadamente elaboradas tras el antifaz de la normalidad, en algún instante de malévola lucidez, ha creado un inquietante personaje.
Este inusitado protagonista paliaba el abandono afectivo de la mujer. La imaginamos en su sala de estar, rodeada por el nimbo de luz proyectado por una lámpara con un libro en el regazo, mientras decía su parte del diálogo doméstico y escuchaba la inaudible respuesta.
No obstante, el propósito del acompañante rebasó con creces su inexistencia y pronto fue destinado a acciones menos conspicuas, algo más al margen de la realidad, pero también de la legalidad.
Nuestra amiga funcionaria era agente del tesoro en la localidad de Saint Denis, al nordeste de París. Experta en contabilidad, se sobrecogía ante la magnitud de sus carencias y su soledad terminaba por magnificarlas, sobre ante la presencia de ingentes cantidades de dinero.
El ilusorio compañero, de la mano de la habilidad con los números y la contabilidad de nuestra protagonista, se convirtió en profesor universitario, con números de identidad personal y de empleado de una entidad educativa y como consecuencia de algunos movimientos y cálculos, el nonato académico cobró la suma de 4 mil euros por mes durante al menos catorce años.
Los desempleados de Francia hubiesen querido tener mejor suerte porque ellos, al menos existían y el pedagogo tenía un defecto que nadie toleraría, el peor de todos, jamás haber vivido, jamás haber tenido compromisos y mucho menos deudas y esquilmar los recursos del Estado.
Con un puesto en el Ministerio de Economía, la mujer tenía acceso a la confección de cheques y a expedirlos; pero también le era fácil interceptarlos. Durante más de una década el “profesor” cobró su salario y los desvíos que de ellos hacía su imaginativa creadora le permitieron realizar inversiones en el sector inmobiliario.
Comedida hasta la circunspección, nuestra protagonista no demostró jamás el nivel socioeconómico que se había labrado a través de la esforzada labor docente del invisible destinatario de los suculentos pagos mensuales.
No ostentaba posesiones. No había dos vehículos en su estacionamiento, ni ampliaciones en su vivienda, tampoco salía de viaje hacia exóticos parajes, ni se había inscrito en las listas y agendas de los lujosos clubes nocturnos.
Nada delataba la brillante y sutil estrategia de defraudación financiera al Estado francés. Nada permitía imaginar que el documento de pago se desvanecía a mitad del camino entre la pagaduría y el decanato del claustro educativo.
¿Tenemos capacidad para imaginar la relación de esta empleada gubernamental con su fantasmagórica creación? ¿Somos capaces de adivinar los forzados silencios entre dos entidades, una real y tangible y la otra ausente y vacía?
Sin embargo, todos los organismos necesitan descanso, todas las entidades físicas vivientes requieren de jornadas de ocio y sosiego, al margen de las incordias que ocasionen la vida cotidiana y sobre todo, la rutina oficinesca.
Llegó el momento de tomar vacaciones, de dejar a un lado la brega y el trajín. Satisfecha por sus logros, decidió dedicarse a si misma merecidos halagos, postergados refinamientos y tomó el tren hacia un agradable pueblecito de la campiña gala.
Pero olvidó en su ya pospuesto descanso obligatorio que el pago destinado al “profesor” llegaría hasta la Universidad mientras ella se solazaba en la contemplación de un lírico riachuelo bajo las ramas de un abedul.
La secretaria del centro educativo recibió del Departamento del Tesoro un cheque destinado al profesor X. Considerada una equivocación, la valija fue devuelta al Ministerio. Las investigaciones descubrieron el fraude y determinaron la responsabilidad de la funcionaria.
Así comenzó su final. Fue separada del cargo y ahora el gobierno se dispone a entablarle un juicio por estafa a la que había sido en algún momento diligente y puntual servidora. Diez años le aguardan a esta imaginativa mujer y el pago de unos 150 mil euros que tal vez hayan quedado de los estipendios del “profesor”.
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Roderick Guzmán Meza


