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El Payaso Maldito

Permalink 07.04.08 @ 15:25:01. Archivado en Biografías

Era un sujeto con encanto, de voz suave y ademanes gentiles. Era gracioso y amable. De baja estatura y regordete, un denso bigote oscuro poblaba su labio superior, en sus ojos había un brillo de candidez.

Para muchos de los que le conocieron, era el estadounidense común, el vecino de al lado, el hombre tranquilo y alegre que saludaba todas las tardes a los parroquianos, trabados en sabrosas tertulias en las cafeterías y las plazas.

John Wayne Gacy era su nombre. Había nacido en Chicago en 1942. Confluyeron ese día en el orbe algunas oscuras configuraciones estelares. Tal vez una tormenta cósmica lanzaba materia sideral hacia la atmósfera terrestre y disponía las características de su personalidad.

Su familia era de clase media. Su padre, un alcohólico que odiaba a los homosexuales, se burlaba de John llamándole “nena”. La distorsión del razonamiento del progenitor no dejó de ser un elemento disociador en ellos dos. En cierta ocasión salieron de pesca y el hombre llevó un contenedor repleto de cervezas. Se quedó dormido recostado a un árbol, mientras el pequeño John intentaba, sin éxito, atrapar algún pez.

Al despertar, obnubilado todavía por los vapores etílicos, estremecido por un furor inconsecuente con el momento de lasitud, culpó a John de haber espantado los peces y procedió con el mayor de los desenfrenos a azotarlo con su pretina hasta verlo sangrar. Le dejó allí tirado sollozante, mientras se marchaba maldiciendo.

A pesar de las palizas, John continuaba haciendo de su padre un héroe, un benefactor, cuya protección era necesaria pagarla de alguna manera, aún a costa de los rebencazos y del dolor y las lágrimas.

Para llamar su atención y atraer su afecto John se fingía enfermo. Por medio de algún movimiento de la voluntad, la temperatura de su cuerpo ascendía hasta el delirio. En realidad no padecía ninguna enfermedad, dijo el médico alguna vez. No sabemos cómo, pero lograba estimular estados febriles. Tal vez el impulso de acciones histéricas elevaba el mercurio del termómetro.

Sin embargo, el padre era un hombre sin menoscabos sentimentales. Podía escuchar el llanto lastimero del hijo sin inmutarse mientras fumaba un cigarrillo. Ni siquiera se acercaba a enterarse cómo estaba. Sobre su poltrona favorita, miraba la televisión bebiendo cervezas.

Este era el diario acontecer en la vida de John. La madre atormentada por la turbulencia del temperamento del marido intentaba complacerle, aún a costa de la seguridad de sus hijos. No pocas veces se entregaba a los escarceos del tálamo nupcial para aplacar la ira del hombre.

Al tener cierta independencia, John se hizo vendedor de materiales de construcción. Pronto logró hacerse de un capital y adquirió su propio negocio, una empresa de albañilería y decoración. Comenzaba una era de prosperidad económica y de eficientes relaciones ciudadanas.

El bueno de John, divertía a los niños durante su tiempo libre. Amenizaba fiestas de cumpleaños vestido de payaso. También efectuaba su rutina cómica en el hospital pediátrico local. Era conocido como Pogo cuando representaba el papel de arlequín y hasta fue declarado hombre del año por sus aportes al bienestar de los pequeños.

Políticamente, John era demócrata. Así lo reconocía cuando en la cafetería local proclamaba su adhesión a las libertades ciudadanas y rechazaba la intervención militar en otros países. No en pocas ocasiones, reconoció ser un admirador de prohombres de la historia de su país.

Pero un buen día, nuestro protagonista sintió dentro de si una especie de conmoción, una sacudida poderosa. Sus sueños habían sido poblados por siniestros personajes vestidos con trapos bufonescos, que sonreían de manera estruendosa y macabra. Veía en sus pesadillas a hombres ataviados también con vestimentas femeninas, tocados con sombreros de colores y con bragas y sostenes. En el rostro, un abundante bigote le otorgaba un feroz y estrafalario aspecto.

Para escapar de estos escenarios oníricos salía a caminar. Recorría zonas donde los homosexuales se reunían para ofrecer sus favores. Entabló relación con algunos a quienes invitaba a su casa. Les servía algunas unas copas y daba el tono propicio a la atmósfera para tenerlos de regreso.

Así, una noche llevó a uno de estos invertidos a su casa. Le sirvió vino y canapés. Le atendió solícito y con el mayor de los esmeros. El consumo del fermento de la vid terminó por emborrachar a su invitado al que violó repetidas veces. Fue implacablemente sádico, mordía sus carnes, le golpeaba con cables eléctricos y le introducía por salva sea la parte, todo tipo de objetos tubulares.

Arrobado en la contemplación del cuerpo sangrante, lamía el rostro amoratado de su víctima y besaba sus labios con fruición. Después le cantaba al oído desconocidos versos que bien pudo haberlos compuesto John. Posteriormente, lo introducía en la tina de baño con las manos atadas y el rostro cubierto con una bolsa plástica. Cuando estaba ya casi exánime su víctima, la extraía para volver a profanar su intimidad con reciedumbre y perversidad.

En mayo de 1977, Jeffrey Ringall, un mariconcito de poca monta y mentecato, con una reputación de promiscuidad tan sórdida como una meretriz desde su más remota juventud, sobrevivió al empuje de la violencia de John e informó a la policía del intento de asesinato del cual había sido objeto. Los uniformados no le hicieron caso y lo enviaron a su casa. No se le volvió a ver más por el lugar. Algunos dijeron que se mudó de ciudad, otros que John Wayne Gacy, finalmente lo asesinó y disolvió el cuerpo en ácido.

Más tarde, un travestido de nombre Marc Ollers estaba borracho en un bar local. Con la excusa de ayudarle a llegar a casa, John lo subió a su auto. Marc estaba totalmente inconsciente y Wayne Gacy le violó durante varias horas. Cuando despertó, se encontró sangrante dentro de una tina y vio ante él a un hombre con un cable eléctrico en las manos. Esa fue su última visión de la vida.

Otros crímenes más se dieron. La comunidad gay se encontraba alarmada y pidieron a la policía investigar a John, quien se había convertido en sospechoso número uno después de la desaparición de Ollers.

El alguacil obtuvo una orden de registro y entró en la casa de John. Al abrir la puerta, un insoportable olor golpeó su olfato. La fetidez tomó alas y flotó por toda la casa. El tufo provenía del sótano donde tres cuerpos se descomponían en medio de un charco de fluidos orgánicos y un festejo de gusanos que reptaban sobre la carne agrietada y hedionda.

Wayne Gacy fue arrestado de inmediato. Los investigadores cavaron en el jardín donde fueron encontrados otros 25 cuerpos. Conducidos por el propio asesino, llegaron a las orillas de un río, donde pudieron desenterrar 5 más. Las edades de las víctimas iban desde los 7 hasta los 29 años.

Al ser interrogado, John se comportó de manera extraña. Primero hablaba normal, como el hombre al que todos conocían y después se transformaba en otro individuo, con una voz muy grave, los ojos saltones y con agresivos ademanes. La personalidad de Wayne Gacy era entonces la de un sujeto dominante, altanero y soberbio que retaba a los gendarmes.

“No fui yo, ha sido otro. Fue el gato Hanley quien hizo todas esas cosas malvadas”, dijo John Wayne Gacy cuando fue sometido a interrogatorio en la dependencia policial. Era en los momentos de pasividad cuando se podía hacerle confesar y no cuando se desdoblaba, no sabemos si real o fingidamente, en el violento ogro.

La estrategia no pareció dar resultado. Pronto cedió ante la pericia de los investigadores quienes le acosaron durante horas para arrancarle una confesión. Finalmente lo hizo.

Admitió que escondía los cuerpos debajo de su cama o en el ático durante horas, antes de pensar en sepultarlos. Reconoció que una fuerza interior lo empujaba a desahogar una rabia incontenible. La sentía desde niño, según dijo, pero tan solo al convertirse en hombre pudo desahogarla. En sus palabras no parecía haber arrepentimiento, más bien expresaba la relación de los hechos como si los estuviese leyendo en un diario.

Fue llevado a juicio en marzo de 1990. Durante las tres semanas de proceso, trató de confundir al jurado con arrebatos infantiles de llanto y crisis emotivas. Como alucinado gemía describiendo escenas en que su padre tomaba el rebenque y le azotaba. Se sumergía en un pozo de silencio cuando el fiscal cuestionaba sus motivos. Tan solo lanzaba una mirada vacía al estrado y después dejaba fluir las lágrimas.

No tardaron mucho los jurados en tomar una decisión. Le encontraron culpable por homicidio en primer grado. Unas treinta víctimas reclamaban justicia desde la eternidad. Fue condenado a muerte.

El 10 de mayo de 1994, John Wayne Gacy recorrió el pasillo de la muerte. En un blanco y aséptico recinto, le esperaba el médico con la inyección letal que le fue eficientemente aplicada. Antes de morir dijo a todos: “Besen mi trasero”.

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