Jackson Pollock y el Ritual de la Ruptura (R)
01.04.08 @ 22:19:57. Archivado en Cultura, Biografías
Jackson Pollock fue un pintor estadounidense muerto en un accidente de tránsito hace poco más de cincuenta año, sacudido por una intensidad vital que le desbordó, incapaz de contenerla dentro de si la condujo por los derroteros del color y la forma. Temperamento de expresión multiforme, terminó por cansarse de la vida, se hastió de la materia en la que vivió encerrado y se dejó arrastrar por un espíritu anhelante de eternidad.
Encontró en el licor un brebaje propicio para adormecer sus terrores, alguna vez le sirvió de aliciente para mantenerse lúcido ante el nobilísimo abismo donde la muerte había acampado para esperarlo y donde compartía coordenadas con la locura.
Anterior a su propuesta, Estados Unidos era una granja sin sutilezas, sin exquisiteces artísticas pictóricas. El color y la forma estaban ocultos en las tinieblas, esperando la escobilla que barriera con sus trazos todo rudimento, toda oscuridad.
Apenas se habían percibido algunos resquicios por donde asomaban la luz y la tonalidad, esmeriladas por insuficientes propósitos de quienes apenas eran simples retocadores.
Desde él comienza a moverse el engranaje de las artes en su país. Antes de aparecer en el escenario los cristales eran enquistados en las cúpulas de las catedrales, en los vitrales de las capillas y los lienzos rezumaban en un monstruoso letargo a la espera de la línea primigenia desde donde partir hacia el alumbramiento del genio.
Cuentan con cierta dosis de crédito que Pollock, al igual que otros grandes del arte, fue rechazado en sus primeras etapas. Nada valía para los críticos, su estilo era rudimentario, baladí, triste y abúlico; se asomaban quizás elementos de la veta creativa, aún adormecidos por la lenidad de una herencia soterrada poco a poco por el ímpetu de su imaginación.
Tender la tela sobre el piso de su estudio, sobre ella gotear, verter y lanzar la pintura se convirtió en una forma desenfadada de establecer un estilo personal, una rúbrica de su arte. ¿Cómo podría imitarse a alguien que obedecía a un impulso esencial, a una fuerza interior cuyo génesis ha sido el dolor y la ira?
Pollock continúa un paso adelante. Deja tras de si una cerrada nebulosidad de culto. Pocos se animan a rasgar ese telar para adentrarse en los pabellones de su desolación sin sentir vértigo, sin asomarse a esos augustos barrancos donde alguna vez él mismo divisó su destino.
Todo lo abstracto de su trabajo, lo incomprensible de sus líneas, de sus pliegues inconclusos y estrías desgajadas de un núcleo invisible, de esas curvaturas que otorgan esencia y fuerza al enigma de su pasión, telúrica y delirante, le convierten en esa gigantesca figura de culto surgida de un modernismo que mucho le ha adeudado al surrealismo.
Para todo utilizaba casi las mismas técnicas, los mismos métodos, vertía sobre la tela desnuda toda la energía de su pulsión íntima, lanzaba sobre el lienzo un frenesí de desolación y liberación, más allá de las cadencias del universo martirizado y sacrificado a los ampulosos retratos y los paisajes.
Se han descubierto algunos garrapateos de Pollock, bocetos en lápiz sobre papel, fundamentados a partir del trabajo de antiguos maestros. Pero después de superar ese trance de normalidad, Pollock se lanza en busca de sus sueños, penetra los amplios salones donde abundan los fantasmas, las tremebundas criaturas atrapadas en un helado laberinto.
Su musa tuvo primero una relación con diversas mezclas de estilos como el surrealismo, el expresionismo o el realismo socialista. Guiaron su pincel y sostuvieron su paleta en esos primeros tiempos Picasso, Miró, Sequeiros, Alfaro. Bebió en la copa de la tradición indígena de su país, en el muy citadino cómic y de allí dio un salto de espanto hacia su definitiva propuesta de abstracciones yk conceptos.
La vida personal del genio quizás pueda encontrarse circunscrita en los ámbitos del desastre. Era una especie de desconsideración del numen que habitaba su estructura biológica, deseoso de abandonar la rústica materia para incursionar en el empíreo, en la pasmosa nada donde reposa la eternidad.
No obstante, su arte era un asunto de delicados manejos. No cesaba de buscar nuevas formas para darle vida a su arte. Pasó del dibujo a lápiz a la acuarela, la tinta esfumada y el colage, sin esperar a hacerlo en trabajos diferentes. Se le ocurrió utilizar atomizadores para rociar la pintura sobre la blanca planicie de la tela y osciló entre lo rudimentario y el deslizamiento delicado, entre el movimiento torpe exploratorio y la casi levitación.
Un sencillo jardín era para Pollock un vasto complejo sistema sideral, una galaxia de colores y de honduras estremecedoras por lo sugerente y lo terrible. Flores como imposible animales aéreos que planean sobre una superficie invisible, atadas a la urdimbre del suelo por una especie de cordón de argento.
Este arte del maestro Pollock tenía compulsiones sexuales identificadas en ciertos remolinos, chorros y gotas. Pero también traslucía una angustia cósmica, ese miedo a dejar de ser, de caer por el despeñadero de la ausencia.
No era extraño percibir una explosión de glóbulos transparentes, nubes en tropel sobre deformes promontorios, sobre cauces sin dirección, rupturas, hechizos de concavidades y vértices, delirios de salpicaduras multicromáticas con rostros de duendes desmayados sobre los pétalos de una magma vestida de musgo.
Para Pollock mantener la tela en el caballete era un rigor innecesario. La desmontó y la colocó sobre la planicie del piso de su estudio. Alteró con este arrebato la perspectiva del artista. Se entregó a la horizontalidad y rompió los hilos de sus anteriores movimientos de pie ante el paño.
Tal vez esto sea la génesis de una revolución, este movimiento de súbito, esta disconformidad con lo inmovible. Pollock, creo que sin tener plena conciencia de su descubrimiento, se hizo a la mar y navegó como el nauta perdido en sus delirios bajo el cielo tormentoso de la rutina.
Dentro de las muchas cosas extraordinarias que hizo Pollock con la pintura, pueden ser mencionadas la forma en que afiló y condensó las estructuras, el control de la rapidez, las imágenes sugeridas por unas formas heterodoxas y a veces espectrales.
Su trabajo era un ritual, un acto de hechicería y prestidigitación, debajo de lámparas y vigas, en medio de ordinarias paredes atestadas con sus propias obras o desnudas después de un histérico arrebato provocado por su depresión alcohólica, por sus demonios interiores.
Revelaciones, espasmos, delirios, espejismos, tristezas, terrores, angustias, miedos, psicosis, todas estas roturas de la personalidad le permitieron a Pollock legarnos esta magnífica obra, este genial aporte al arte.
El arte de Pollock puede contar con todos los elementos que alientan el poder creativo. Equilibrios y caídas, de pronto muy masculino y visceral, más tarde delicadamente femenino, hilarante y mudo, alharaca ígnea y serenidad crepuscular, sombría caverna y luminoso pastizal. Todo el universo escondido en su cerebro salía a través de sus pinceles y sus lápices.
Jackson Pollock murió el 11 de agosto de 1956 como consecuencia de un accidente de automóvil.
Comentarios:
Saludos.
Lancé una hipótesis atrevida a la luz del, a mi entender, exagerado gusto de Guzmán Meza por lo sádico, lo cruel, lo macabro, el crimen, por la atracción que muestra hacia este tipo de temas. Pero he de reconocer que le ocurre igualmente con todo tipo de arte, con toda clase de manifestación artística. Y es que, ese desequilibrio de la mente que en mayor o menor medida todos experimentamos, se hace totalmente manifiesto en la comisión de un crimen como en la realización de una obra de arte. Es pues, en ese orden de cosas, donde podemos apreciar una cierta veta artístic...
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Roderick Guzmán Meza


