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El Demonio del Sur (Final)

Permalink 31.03.08 @ 21:57:20. Archivado en Biografías, Vidas Imaginarias

En un comentario realizado sobre uno de los textos preparados para esta sección, se ha puesto en duda mi salud mental. No sé si he de reírme a mandíbula batiente o sumergirme en un piélago de sombrías dudas. Ha de ser una cualidad que comparto con muchas personas en este vertiginoso mundo globalizado. Pido disculpas si hiero susceptibilidades, pero nuestra intención es demostrar el lado oscuro del alma humana para que podamos, alguna vez, descubrir el brillo en ella escondido.

Pedro Antonio López era visitado por una suerte adversa. La materia utilizada por el hado, en esta ocasión, había tomado la forma de maestro. Llegó desde los recónditos lugares donde no se escuchan las palabras, donde el verbo es la canción de los cristales rotos. El tintineo de los machetes era una especie de verbo atronador durante las noches de feria. Los hombres y las mujeres bailaban sobre gruesos tablones, debajo de un tejado de láminas herrumbrosas, en tanto la luna ascendía como una muchacha desnuda sobre un horizonte de tinieblas.

Este pedagogo impartía clases en una escuela de corte rural. Conoció a Pedro cierta mañana al verlo rondando el recinto. Desde su aula vio al muchacho absorto en la contemplación de la pizarra en cuya superficie, algunas cifras conformaban la arquitectura de un silencioso enigma.

El maestro entendió que se trataba de uno de los muchos niños menesterosos a los que la escuela les ha sido vedada por las carencias. Le hizo un gesto y Pedro se acercó a la cuadriculada cerca de alambres. Le hizo entrar al salón. Ocupó un puesto al final de la clase ante la mirada de los demás chiquillos que solapadamente se burlaban de la ropa raída y la suciedad del rostro de Pedro.

Al concluir la jornada, el maestro inquiere a Pedro Antonio. Se entera de la pobreza y del deseo (acaso también necesidad) del pequeño de estudiar. El educando le lleva a su casa, un cuartucho en un viejo galerón ubicado en las afueras del pueblo. Allí no hay más que dos inquilinos, una vieja media ciega y un borracho que siempre duerme durante el día.

Lo engañó. Le hizo creer que le impartiría instrucciones, que remontaría su atraso para ubicarlo en igual nivel que los niños del aula, pero lo que realmente hizo fue abusar sexualmente de Pedro Antonio.

Lo humillaba, le trataba de mariquita y le golpeaba cuando intentaba escapar. Finalmente, el agredido logró escapar de su carcelero y se marchó. Al único lugar donde podía regresar era al hogar familiar. No había ya nadie. La guerra civil colombiana le había arrebatado a las únicas figuras que reconocía como parientes. Entonces procedió a robar. En estos lances andaba cuando le prendió la policía. También es violado repetidamente en prisión.

Herido su orgullo, vulnerada su virilidad, juró que nadie volvería a tocarlo. Se hizo de un cuchillo y mata a cada uno de los hombres que profanaron su cuerpo en la oscura y hedionda mazmorra. Les cortó el cuello y los castró. Pintó sobre sus pechos con la sangre derramada, su versión de una calavera y unos fémures. Fue juzgado, pero se dictaminó que había actuado en defensa propia. Un año fue adicionado a los dos que debía cumplir en el penal.

Salió poseído por un atroz odio hacia todo el mundo, pero el abuso al que le había sometido la madre durante sus primeros años, le hizo tener miedo a las mujeres, a pesar de los ultrajes proporcionados por los hombres. Poco o nada lograba comunicarles a las mujeres. Su voz se trancaba, sus ojos y labios temblaban ante la presencia de una fémina. Dentro de si, una fogosa rabia se levantaba.

Para desahogar el furor de una libido insatisfecha, recurría a las revistas pornográficas y a la masturbación. Este hábito se convirtió en compulsión, en apremio, en obsesión. La culpa caía sobre la madre como un mantón sucio y hediondo. Ella aparecía amenazante en las noches de pesadilla de Pedro.

Se marchó a Perú. Allí se asentó un villorrio casi selvático. El poblado estaba compuesto por mulatos, mestizos e indios. El odio de Pedro hacia las mujeres le hizo comenzar su faena depredadora en esta localidad. Comenzaron a aparecer cerca del río, entre matorrales, en los barrancos, parcialmente sepultadas bajo el fango, cuerpos de mujeres degolladas, estranguladas o acuchilladas.

La malignidad de este personaje hizo también incursión en Ecuador. En el país andino, Pedro masacró a cuanta mujer tuvo a su acceso. Les aplastó la cabeza, les decapitó y hasta esparció sus entrañas como un diabólico rastro sobre el musgo de las peñas y la arena humedecida.

Se realizaron denuncias ante las diversas comisarías de la región. Al menos unas cien mujeres había desaparecido o encontradas asesinadas. Cierto atardecer, cuando intentaba secuestrar a una niña de solo nueve años, Pedro fue capturado por un grupo de pobladores de Ayacucho, en el norte del Perú.

En su mayoría indígenas, le despojaron de sus vestimentas y lo torturaron durante varias horas antes de decidir que le enterrarían vivo. Sin embargo, un misionero estadounidense intervino y convenció a los ajusticiadores de liberarse de la culpa y de los horrores del infierno. Finalmente, entregaron a Pedro a las autoridades peruanas.

Se hizo contacto con las autoridades colombianas para confirmar si existía o no relación con los crímenes cometidos en el país vecino. No obstante, se dijo que en la tríada fronteriza existía un comercio de jóvenes con fines exclusivamente sexuales y de prostitución.

Durante el mes de abril de 1980, cayeron lluvias intensas sobre la región de Ambato cerca de Ecuador. Los campos se inundaron y la tierra fue erosionada. Cuando bajó el nivel de las aguas, pudieron verse desperdigados los restos de cuatro niñas. Los expertos concluyeron que las pequeñas no habían muerto ahogadas durante las riadas, sino que alguien había procedido a sepultarlas. Se levantaron expedientes por homicidio. Hacían falta él o los responsables.

Varios días transcurrieron después del hallazgo. Una mujer de la comunidad de Carvina Poveda se dirigía al supermercado a realizar sus compras. Iba acompañada por su hija de doce años. De pronto, de entre unos arbustos, un hombre salió y se abalanzó sobre las dos mujeres. Logró atrapar a la adolescente y trató de huir con ella en brazos, pero fue atrapado por algunos comerciantes quienes le retuvieron hasta que llegaron las autoridades.

Los policías comprendieron que tenían un loco bajo custodia e hicieron un llamado a la comisaría de la cabecera de provincia. Encarcelado ya, Pedro se negaba a cooperar y permaneció en silencio durante el interrogatorio. Para nada hablaría con los gendarmes. Entonces decidieron apelar a la figura de un sacerdote a quien utilizaron para ganarse su confianza.

Pedro comenzó a hablar y cuando clareó el día siguiente sobre el entramado de casuchas, ya había revelado actos tan violentos y sanguinarios, que el padre huyó visiblemente impresionado. Pidió casi a gritos que no lo dejaran más tiempo con el monstruo que estaba tras las rejas.

El padre no delató ninguno de los delitos cometidos por Pedro, pero los policías se las habían ingeniado para escuchar sus palabras y grabarlas. En las cintas Pedro confesaba con la mayor frialdad que había asesinado a por lo menos 100 muchachas en Ecuador, otras 100 en Colombia y una cantidad superior en Perú.

"A mí me caen bien a las muchachas en Ecuador," dijo, "son más dóciles y más confiadas e inocentes, no son como las muchachas colombianas que sospechan de extraños." Así daba rienda a su confesión. Con la mayor serenidad describía los maltratos y asesinatos. Se justificaba diciendo que todas le recordaban a una mujer asquerosa y malvada que había visto cuando era niño y que lo atormentaba ahora en su adultez.

“Perdí mi inocencia a los ocho años. Alguien abusó de mi y me hizo sentir mucho dolor y miedo, así que decidí hacer lo mismo a tantas muchachas como pudiera”, dijo Pedro a los abogados.

Dijo que sus métodos eran muy sencillos. Buscaba en las mujeres una mirada inocente, un brillo de ingenuidad en sus pupilas. Por eso las “cazaba” a la luz del día porque no quería que la oscuridad escondiera sus intenciones de matarlas.

“Primero, procedo a violarlas, con fuerza, con dureza. Después las estrangulo mientras miro fijamente sus ojos. Allí, podía vislumbrar el verdadero placer de la extinción de la vida. Era una forma de alcanzar el más profundo placer, la más plena satisfacción sexual antes de que la vida se escapara con el último aliento”, puntualizó el asesino a sus interrogadores.

Pero el horror continuaba después de haber llegado la muerte a sus víctimas. Como no le creían todo lo que decía, Pedro se ofreció a conducirlos a varios sitios donde había enterrado a sus víctimas. Diseñó para ello un plan de acción.

Una caravana sale de la comisaría al día siguiente. Al llegar a un lugar apartado cerca de Ambato, Pedro señaló un sitio desmontado. “Allí hay muchas de esas mujerzuelas”, dijo señalando con el dedo índice derecho. “Más allá, detrás de esos helechos y también debajo de aquel peñón”, agregó con la mayor imperturbabilidad. Y así fue.

Se encontraron los restos de al menos 53 muchachas de entre ocho y doce años. En el transcurso del día el monstruo condujo a las autoridades a 28 nuevos sitios. En todos descubrían cuerpos ya putrefactos o pelados hasta los huesos. No lejos de allí, unos perros mordisqueaban un hueso todavía con hilachas de carne colgadas.

A pesar de haberse encontrado más de 57 cuerpos, este depredador insistía en que la cantidad superaba las 110. Los peritos encargados de las investigaciones consideraban ciertas las versiones de Pedro Antonio López. “Si alguien alega haber matado a 110 personas y hemos encontrado 57, debemos tomarle en serio. Creo que 300 es todavía una cifra muy baja”, apuntó uno de los expertos.

El proceso no duró mucho. Pruebas, había de sobra. El hombre había confesado y algunos testigos le identificaron como el agresor de algunas mujeres que habían sobrevivido, pocas, de regiones, en ocasiones muy distantes unas de otras.

Encontrado culpable por al menos sesenta crímenes, Pedro Antonio López fue sentenciado a cadena perpetua. Todavía permanece preso y ha pedido encarecidamente, no ser liberado jamás porque continuaría su macabra faena destructiva ya que su madre todavía no le había dejado en paz. Aún podía verla entrar a su habitación y desnudarse mientras un desconocido la poseía ante sus ojos.

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