El Perfume
28.03.08 @ 21:42:57. Archivado en Cultura, Literatura
La lectura de El Perfume de Patrick Suskind ha sido estimulante para la imaginación. Un inédito argumento sobre la vida de un asesino cuyo estímulo esencial se encuentra enclavado en el sentido del olfato, demuestra las inmensas ramificaciones de la inventiva aplicada a la literatura.
Esta ha sido la primera novela del autor alemán que logró un éxito de ventas importante en todo el mundo, además de ser traducido a más de cuarenta idiomas.
Ese mundo fantasmal de los olores rodea a un hombre apocado, destruido por el abuso, los malos tratos, por la desolación y por la soledad. Su vida se circunscribe a buscar la belleza y la verdad en los efluvios invisibles de las personas y los objetos.
El nacimiento de Jean Baptiste Grenouille, el protagonista, tiene como escenario una pescadería callejera del París del siglo XVIII. La madre, un ubérrimo vientre francés ha dado a luz varios niños y niñas, entre las ruinas de un perchel.
Ha preferido lanzar los productos de su lascivia a las cloacas o ahogarlos bajo un macizo de tripas y escamas. Sobre charcos de malolientes fluidos, sobre sanguinolentas playas donde se erizan invisibles espinas de pescado ha dejado deslizar los críos, ahogados en espesos coágulos y podridos enjambres de legumbres.
Pero antes de parir, antes de salir en estado ha de haber sido amante, antes ha de haberse entregado al devaneo y la lujuria, a los vaivenes de la sensualidad. La mujer que ha lanzado a sus hijos a los abismos de la hediondez y del vacío, ha visitado varios lechos o varios hombres han visitado el suyo. Es una voluptuosa marioneta movida por los vientos de la estupidez, una epicúrea que ha ofrecido sus ya escuálidos encantos a cambio de algunas monedas. Por eso los partos se convierten en un ritual de desolación y los vástagos en pesados fardos.
Tarde o temprano, uno de esos pequeños alumbramientos ha de llegar con la factura que ha de pagar la madre a la vida. Jean Baptiste la trae consigo y en su llanto, toma forma delatora. Las piernas ocultas tras sucios manteles de la mesa de limpieza, esconden el sacrilegio. El niño resbala por el ángulo donde se unen los muslos y cae entre los relinchos de los arenques, los bagres y los bacalaos.
Creyéndole muerto se apresta la desnaturalizada a cubrirlo con más desperdicios para que sea lanzado al vertedero, pero el lactante lanza su más estruendoso alarido, su más agudo chillido, como nunca habrá de volver a hacer en toda su vida.
El llanto surca el espacio y rompe la muralla de sonidos que le hubiese aislado. La bullaranga del París de esa época, las palabrotas, las injurias, las ofertas y los regateos, los insultos de los antagonistas, la alharaca de las peleas, el tintineo de las latas, el graznido de las meretrices, el ladrido de los perros, los retintines de las cacerolas, el traqueteo de las ruedas de las carretas sobre las piedras y los densos universos de barro, no pudieron servir de dieléctrico y la voz del recién nacido derrotó a la malevolencia de la madre, perseguida, alcanzada, enjuiciada y ejecutada ante la ira y complacencia de los ciudadanos.
Grenouille descubre que el mundo es una burbuja donde todas las cosas son iguales. Una mancha no se diferencia de un peinado, una ventana no deja de parecerse a un árbol y un caballo posee una morfología muy parecida a las crestas nevadas de los montes y a las cuencas oculares de los gatos.
No parece encontrar diferencias entre los objetos. Es incapaz de establecer disimilitudes. No existen para él diferencias. Las formas son siempre las mismas, sin variantes, sin expectativas. No concede importancia a las dimensiones porque no las conoce ni las intuye. Su forma de establecer relaciones con el entorno es el olfato. La estimulación de esas células nasales que identifican la modificación y el movimiento íntimo de la materia cuya duración depende del aire, tan fugaz como caprichoso.
A cambio de semejante capacidad de percibir la invisible y secreta armazón de la realidad, Grenouille ha sido desposeído de algo que permita identificarle, un olor propio. Su cuerpo no emana esencia alguna. Ni la transpiración, ni la suciedad, ni las secreciones le sedimentan tufo ni pestilencia en su aliento o en los ángulos corporales. Así como él es capaz de seguir un aroma por toda la escabrosa red de callejuelas y plazas, de edificios y mercados, de cloacas y de cobertizos, corrientes, declives, agujeros, caminos, bosques, su organismo no lanza señales olfativas al exterior. Todo su ser termina en la capa inferior de su piel, en las concavidades de su boca y en la circunferencia de sus esfínteres.
Grenouille es rechazado por varias nodrizas asustadas por lo diabólico de su sonrisa, por lo espectral de su mirada. Su boca succiona con fiereza los pezones de quienes le amamantan. Sus labios se prenden de las glándulas con perversión y fuerza. Chupa con voracidad la tibia leche de pechos cada vez más cansados y flácidos que terminan por dejarlo sobre un montón de ropa sucia.
No entiende Grenouille las palabras dichas de forma elemental. Los sustantivos apenas son una declinación de la vibración de una glándula, esto sin siquiera imaginarlo. Es decir, para él una piedra no sería más que eso, si no se le hiciera destacar su olor a musgo, a polvo, a arena, azufre o a lodo.
Grenouille incorpora a cada cosa la precisión de un olor. Nada puede ser para él, si no es a través de una incorporación odorífera, un efluvio privativo capaz de darle sentido. La única realidad que puede conocer este fantástico alucinado es a través del olor. Lo demás deja de ser ante su ausencia.
Otra característica de Grenouille es su incapacidad para experimentar el dolor físico, el cansancio o la enfermedad. No había momento de su vida en que le doblegara el sufrimiento. Los golpes proporcionados por el curtidor Grimal, para quien trabaja de manera esclavizada durante siete años, eran apenas breves pellizcos incapaces de sustraerle de su apego al mundo de los olores o a su silencio tenaz. La sangre que emana, la carne abierta por el rebenque, los moretones y las laceraciones, nada significaban para este misterioso engendro.
Tan solo le doblega un ataque de ántrax que llena su cuerpo de cicatrices y marcas, reafirmando una fealdad que se instala en su rostro conforme avanza en edad. Cada depresión sobre la piel le deforma el rostro, pero Grenouille apenas repara en un ligero escozor que le sensibiliza levemente. Un pliegue de piel sobre la frente se extiende hasta desvanecerse en la línea del alborotado cabello con el color de las tinieblas.
La indiferencia e indolencia de Grenouille hasta este momento de la narración de Suskind se ven estremecidas por la aparición de una desconocida fragancia. Cientos de moléculas le despabilan cierto atardecer mientras contempla el eclipse de una crisálida. Le altera, sus nervios reaccionan, ponen en alerta todo su aparato succionador de vapores, su olfato se enciende y se aviva después de años fatigado por los vahos corrientes y nauseabundos de París.
Es el olor de una mujer. Suskind no lo menciona, pero sospechamos que ha de ser el revoltijo hormonal de una mujer durante su ciclo menstrual lo que ha alborotado a Grenouille. Levanta su rostro para direccionar su nariz hacia el punto desde donde le han llegado los tan extraños corpúsculos que abren parcelas para cuadricular la búsqueda.
Descubre la procedencia en las cercanías a un callejón mientras se celebraba el carnaval. Sigue a la doncella e intenta olfatearla cuando ella se inclina para recoger una flor que ha caído de la cesta sobre su cabeza. Esta se asusta e intenta escapar al acecho de este demonio que la sigue a toda prisa entre la batahola de los borrachos y las prostitutas que danzan sobre la calle húmeda ya de relente. Termina por estrangularla cuando ella trata de pedir ayuda. Desde este momento, irá en la búsqueda de ese olor primigenio que ha encontrado sobre la piel de la asesinada.
En esa exploración, Grenouille termina por convertirse en un asesino implacable. Nada podrá detenerle. Se aparece como un espectro en las alcobas de las damiselas, en los graneros, en las fuentes, en las huertas, a las orillas de los riachuelos, sobre la curva de los cerros, en las escalinatas de los templos, en los mostradores de los almacenes. Mata para descubrir que la fórmula secreta para alcanzar la perfección consta de doce aromas diferentes y tan solo puede ser obtenida a partir de las vapores femeninos.
Un buen día, este alucinado se da por enterado que él no posee ningún olor. Siente miedo. Durante la noche ve demonios que le acechan, súcubos malditos que le acechan, vampiros y arpías que le besan el rostro mientras introducen en su garganta garras y colmillos. No puede ser que alguien empecinado en alcanzar la perfección en un orbe de efímeros esplendores, no tenga el mínimo olor. Ese es su perdición, su tragedia.
Se lanza a una vorágine de ignominia entre un grupo de menesterosos que terminan con su vida en un totémico banquete.
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Saludos, More, Scalfaro, Guzmán Meza.
Me recorre un escalofrío...
Ya, no contento con amargarnos la noche del lunes, cualquier día puede uno abrir desprevenidamente su página y tropezarse con las más sangrientas y macabras historias.
O quizás esa tendencia sea algo innato en la mente de todo ser humano, algo natural, algo a lo que tal vez temamos, algo que pretendamos eludir tal vez por educación, tal vez por vergüenza.
No sé, a veces me asusta este autor y pienso en lo protegida que se siente una sabiendo que la persona que hay detrás de esas palabras, detrás de esos escritos, se encuentra lejos, está al otro lado del monitor, lo que equivale casi a decir que se encuentra en otra dimensión.
Yo sin embargo pienso que Guzmán Meza sí podría emular la imaginación de Suskind, pero me parece una pérdida de tiempo resumir una obra que ya ha sido escrita íntegramente por otra persona.
Lo que está claro es que donde hay crimen allí está Roderick Guzmán Meza, donde hay sangre allí está Roderick Guzmán Meza, donde hay truculencias allí está Roderick Guzmán Meza. Está claro que disfruta con estos temas. Tal vez por eso se haya deleitado en resumir esta macabra historia, tal vez por eso nos la haya querido transmitir a sus lectores, para, en un acto generoso de compartir sus lecturas, proporcionarnos el deleite de hacernos partícipes de las mayores macabras atrocidades a las que él tiene acceso.
Saludos.
Aunque bien es verdad que obras como El Perfume son afines a la truculenta y cada vez más desbordada y macabra mente de Guzmán Meza.
Saludos, More.
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Roderick Guzmán Meza








