El Demonio del Sur
24.03.08 @ 21:00:24. Archivado en Biografías, Vidas Imaginarias
Era hijo de una prostituta. Ocupaba el séptimo lugar entre 13 hermanos. El ubérrimo vientre que le había parido se convirtió en una estéril concavidad antes de cumplir los cuarenta años. Pedro Alonso López fue el nombre con que aquella tarde de mayo de 1949 fuera bautizado en la localidad de Tolmia, comunidad rural de Colombia.
La madre bebía y se emborrachaba en las cantinas del pueblo. No pocas veces era traída por sus compañeras de faena en estado de inconsciencia. La colocaban sobre un hediondo colchón que ofendía la última pared de una casucha de una sola habitación.
Cuando despertaba habrían pasado varias horas. Entonces, acosada por la pobreza volvía a los espantosos antros a entregar su maltratada humanidad por unos cuantos pesos. Los hijos vagaban por el entorno a ciencia y paciencia de los vecinos que conocían la desagradable historia.
Maligna y lujuriosa, esta mujer llevaba a casa a los hombres con quienes tenía comercio sexual. Sin el mínimo rubor iniciaba el ritual erótico en los destartalados sillones frente a los pequeños que se estremecían viendo a su madre cometer acciones pervertidas con desconocidos.
Se lanzaba entonces a un tenebroso abismo de concupiscencia. Desnudos y sudorosos, como animales terribles que intentaban devorarse, la mujer y sus amantes ignoraban el pudor. Los pequeños miraban abatidos el asqueroso enfrentamiento y arqueaban en el patio trasero sobre las deposiciones de las gallinas y en medio del escándalo de los perros.
Esta mujer tenía un puño de pedernal, cincelado por la ferocidad de un relámpago, que dejaba caer sin la mínima pizca de piedad sobre cualquiera de sus hijos al que diera alcance. La calle era su mundo, sobre ella se deslizaba como víbora en celo a la caza de machos que le trituraran como un guijarro.
El país era asolado por una cruenta guerra civil. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán había sido la llave con la que podía abrirse la caja de la oscuridad. Pronto se dieron revueltas y aparecieron grupos al margen de la ley que asaltaban poblados, robando y matando.
Cierta tarde cuando el sol se derretía tras unos cerros pelados, ribeteado por crespones del humo que se levantaba desde un vertedero de basura, la hermana de Pedro regresaba del baño comunal envuelta en una toalla. Como el pudor no era palabra conocida, se deshizo del paño sin el menor rubor. Entonces se acercó su hermano y manoseó su desnudez, a lo que respondió la consanguínea arrojándolo sobre el camastro donde la madre había derramado los fluidos de sus dos últimos amantes de la madrugada.
Para desdicha de los dos, la mamá había dejado olvidado algo sobre la vetusta y carcomida cómoda y al entrar vio a los hermanos sumergidos hasta la apoteosis en furioso e incestuoso encuentro.
Lanzado a la calle, pateado y apaleado como un perro sarnoso que olisquea la alacena, Pedro, quien solo tenía ocho años, tan solo reproducía lo que había visto hacer a la madre desde que tenía uso de razón. Nunca más regresaría a ese lugar de pesadillas, donde el lobo acechaba con las fauces ensangrentadas. La bestia marcharía a otro lugar, pero en silencio, con el cuidado de dejar el cubil en el momento específico.
Deambulaba un día cualquiera por las calles. Sucio y flaco, tenía tanta hambre que husmeó en los basureros. Sin embargo, su estómago aún no poseía el blindaje de ese tipo de menesterosos que ingieren desperdicios sin consecuencias funestas para el organismo.
En esos asuntos andaba el muchacho cuando un hombre lo llama y le ofrece comida, techo y cama. Para Pedro Alonso, la figura masculina era evanescente, distante y algo tenebrosa. Era el fantasma que gemía en los brazos de su madre, el torpe troglodita sin voluntad que seguía el olor de la hembra.
Con exultación aceptó la oferta. Imaginaba una casa con portal, grandes y mullidos sillones, con una despensa abarrotada y agua tibia para lavarse antes de dormir; se figuraba un floreado y verde jardín en la parte trasera donde podría jugar a la pelota y corretear con los perros.
Pero era demasiada esperanza la del pequeño réprobo en ciernes. El individuo al cual había seguido, quien le tomaba de la mano para cruzar las calles le condujo a un edificio en ruinas un tanto alejado del movimiento del centro del poblado. Se sintió acorralado cuando el sujeto lo lanzó contra un tabique parcialmente derrumbado y se deshizo de sus pantalones. Contra un montón de arena rociada con orine de gato, el maligno personaje lo sodomizó en repetidas ocasiones hasta que su lascivia quedó satisfecha en un último jadeo.
Este incidente le abrió las puertas de un laberinto. Incapaz de comprender esta acción salvaje, sabiéndose hombre y no mujer, no era capaz de decodificar por qué alguien de su propio sexo le había poseído como una enorme araña sobre un promontorio arenoso. Después de esto, Pedro fue acosado por numerosos extraños.
Obligado por el temor a sufrir otra vez tan atroz dolor, dormía en escondrijos, oculto entre tinacos y con cascotes levantaba trincheras para confundirse con las sombras y los desperdicios. Antes de esconderse y con las primeras horas de oscuridad salía a buscar comida en los vertederos de basura donde en ocasiones, debía pelear por un mendrugo o los residuos de un almuerzo.
Un año después, Pedro Alonso marchó a la capital del país, Bogotá. En la enorme ciudad mendigó y recogió basura. Fue entonces cuando conoció a un estadounidense que, conmovido por los ruegos del chico para que le diera algo para alimentarse y por su desnutrida apariencia lo llevó a vivir a su casa donde le aguardaba su esposa.
El extranjero le proporcionó una residencia cómoda y agradable, alimentación, ropa y juguetes. Además le inscribió en uno de las escuelas de la localidad para que desarrollara una inteligencia salvaje e ingenua… otras sorpresas le esperaban a Pedro…CONTINUARÁ.
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Roderick Guzmán Meza








