Cavilaciones del Miércoles Santo
19.03.08 @ 20:43:35. Archivado en Literatura, Religión, Ficción
Seguiremos hoy la misma línea de pensamiento que hemos establecido con la entrega anterior. La temporada lo justifica aunque el tema no parece ser muy atractivo para los lectores. Pues bien, la luna continuará colgada del abismo sideral y nosotros apenas dejaremos sobre este mundo un rastro que ha de borrar el viento. Por eso, nos es propicio razonar sobre misterios, sobre enigmas, transitar caminos intrincados sin estaciones de descanso para tratar de entenderlos.
Un compañero bloguero ha escrito un texto sobre Judas y nos ha llamado la atención por la variante por él utilizada. Imaginativo y benevolente, propicia un encuentro entre la madre de Jesús y el traidor, el innombrable. Las razones de la entrevista evocan lo inapelable, lo necesario para la consumación de un plan de trascendencia cósmica.
No he de negar, que profeso cierta simpatía por este personaje. Las razones podrían ser de lo más variadas: se ha convertido en la víctima propiciatoria, en el receptáculo del odio y de la injuria. Si se lo merece o no, tratemos de averiguarlo, no sin el temor de convertirnos igualmente en proscritos.
La tradición le ubica dentro del círculo de allegados de Jesús. No era pescador porque no se le identifica como parte del entorno de otros discípulos como Simón, Andrés y Juan, por ejemplo. Ha de haber tenido algún tipo de educación, una base cultural. Tiene conocimientos sobre ciertas corrientes religiosas y filosóficas de la época.
Oriundo de (Iscariot) Judea, no deja de tener una sospechosa similitud fonética con su gentilicio. Esta era una próspera región comercial, todavía de mayor relevancia que Galilea, al parecer la patria de Jesús. ¿Sería entonces extraño que Judas haya sido quien expandió la doctrina del Maestro por la zona?
De ser así, Judas habría organizado no pocas apariciones de su líder espiritual. Habría convocado a la masa para escuchar las enigmáticas parábolas. Quizás haya organizado algunas células de adeptos para reforzar su influencia en la región.
Algunos autores consideran que Judas fue quien verdaderamente comprendió la enseñanza de rabí. El cuerpo del Cristo representaba un estorbo para los propósitos del movimiento y por eso Judas, se involucra en lo que se ha considerado como una traición durante dos milenios.
Jesús estaba consciente de que su misión no respondía a procesos materiales. Su mensaje debería ser preservado, mucho más allá del tiempo y del espacio. Es posible que considerara que vivir mucho tiempo significaría el desvanecimiento de la iniciativa original.
Percibimos cierta complicidad entre el Maestro y el discípulo. Un beso estampado en la mejilla de un hombre que ha predicado ante todo el pueblo, a la vista de las autoridades, que escandalizó a mercaderes y sacerdotes en el asalto al templo, no ha ser precisamente un desconocido profeta al que se hace necesario identificar.
Algunos elementos de sospecha comienzan a surgir llegados a este punto. En primer lugar, la idea de la traición no se asienta sobre bases muy sólidas. Hay un personaje que nos incomoda cuando intentamos seguirle la pista al Cristo. Este es Tomás.
Se dice que en hebreo, gemelo se dice “taoma”. Curiosa similitud con el Tomás evangélico quien no tiene mayor presencia hasta que se ha consumado toda la misión, la pasión, la muerte y la resurrección.
Si tomamos a Tomás como un apodo y no como un nombre propio, tendríamos que habría un gemelo en escena, ¿pero de quién? Volvemos entonces a recordar el beso del Iscariote y la necesidad de identificar al futuro crucificado.
¿Sería esta la verdadera causa por la que Judas estampa un beso en la mejilla de Jesús, para diferenciarlo de un silenciado hermano gemelo? ¿Es entonces este hermano gemelo quien se presenta como el resucitado ante los apóstoles y quien culmina la misión?
Tomás no participa en muchos de los acontecimientos. Es mencionado como discípulo de sopetón, para permitirle una escena trascendente, precisamente cuando de creer se trata. Por eso es que se le ha convertido en el discípulo incrédulo, porque es quien debe desviar la atención del plan de la vuelta a la vida de Jesús.
¿Por qué entonces, es él y no otro quien para creer debe ver? El reconocimiento por parte de Pedro no sería una demostración de fe, sino de culpa, por haberlo negado unos días antes cuando el consabido gallo cantaba.
Busquemos más indicios. Quienes no han comprendido la verdadera misión del rabino son precisamente los más cercanos, quienes le siguen y riñen por ocupar el sitio más próximo a Jesús al establecerse su reinado. Han sido torpes e ignorantes, rústicos y cerriles. Son personas de lo más recóndito de una provincia alejada, sin mayor ilustración ni conocimiento.
Ellos llegan a establecer relación con Jesús siendo judíos y ni siquiera muestran asombro por las herejías que promueve el Maestro. Simplemente le siguen. ¿Sería esto el resultado de la labor proselitista adelantada por Judas antes de la llegada de Jesús como antes hemos especulado?
Sigamos otro sendero. Es dogma que Jesús ha padecido y muerto por nuestros pecados. Ningún cristiano devoto pone en tela de duda este hecho. Empero, al morir y convertirse en una entidad espiritual que asciende a los cielos, Jesús reafirma un sentimiento de amor en las masas. Es admirado y querido, es el líder de miles de millones de personas en todo el mundo y transcurridos dos mil años, siempre ha estado vinculado con la bondad y la misericordia, con el afecto de sus seguidores.
Eso no nos parece cargar con los pecados de la multitud humana. Más bien parece una liberación, una emancipación. En cambio Judas sí se ha llevado el escarnio y los oprobios. Si su espíritu se encontrase en algún lugar, digamos en un infierno, estaría acosado por la oscuridad y el dolor. Esto es lo que nos parece llevar los pecados a cuestas y no estar en una luminosa dimensión de bienaventuranza, a la diestra del Dios Padre.
Judas se sumerge en la pulverulenta mazmorra de azufre. Es acribillado por las saetas de los demonios y los venablos de los réprobos. Allí están con él los pecados, como parte de su esencia.
El hombre de Iscariot, finalmente cumplió el cometido para el cual había sido elegido. Sin embargo, no le imaginamos sucumbiendo a la culpa al punto de suicidarse. Imaginamos que su vida terminó a manos de los propios apóstoles, acuchillado sin piedad y lanzado a un barranco.
En sus Tres versiones de Judas, Jorge Luis Borges escribe: “El verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, a la mutación y la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre”.
Más adelante, en el mismo trabajo literario el autor argentino nos dice: “Judas eligió aquellas culpas no visitadas por ninguna virtud: el abuso de confianza (Juan 12: 6) y la delación. Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno”.
Juan I: 10 dice: “En el mundo estaba y el mundo fue hecho por él y el mundo no lo conoció”.
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Como se suele decir ¿para qué quiero enemigos teniendo amigos de esta clase?
Y ¿cuándo se sufre más, cuando nos delatan o cuando nos niegan?
A partir de estas interesantes y curiosas hipótesis planteadas por Roderick, estas Cavilaciones de Miércoles Santo sobre la figura de Judas, yo planteo mi propia reflexión de Viernes Santo, día en que se celebra la Soledad de la Virgen, la soledad de una madre, de una mujer que ¿cómo no? se sintió sola, y en la que repercutieron enormemente estas traiciones.
Y en cuanto a que fue Judas quien cargó con los pecados de la humanidad, en fin, se arrepintiera o no, se condenara o no, se suicidara, lo lincharan o muriera de viejo, yo pienso que cargó con su culpa exclusivamente. No me parece que, por ser una pieza clave sin la cual no hubiera sido posible la misión de Jesús, según el supuesto plan divino, hasta el último momento, no fuera responsable de sus actos. Eso sería poco menos que justificar su traición.
Y eso, amigo mío, queramos o no, sucede a diario cuando alguien pone su confianza en otra persona y es defraudado. En ese sentido, igualmente es una traición la que cometió Pedro que la que cometió Judas. Ambos fueron traidores. Uno le negó y otro le delató, ¿por dinero?, parece extraño, alguna otra debía de ser su ganancia. ¿Y la traición de Pedro, fue a cambio de algo? Tal vez no una ganancia pero sí el temor a una pérdida...
Tantas elucubraciones ya me parece que rayan en lo absurdo. En primer lugar algo tan trascendental, tan celebrado como es el nacimiento de Jesús en el pesebre de Belén, a donde fue a parar una joven a punto de dar a luz por cuestión de empadronamiento, después del anuncio del ángel, con la adoración de pastores y magos que seguían la estela de un astro aparecido en el cielo, a un bebé que, todo parecía indicar, era un ser único y extraordinario, y ahora resulta que no era uno, que eran dos, dos hermanos gemelos. Y, como tales, jugaron al jueguecito típico entre gemelos de suplantar la identidad del hermano.
Por otra parte, si el supuesto hermano gemelo de Jesús (Tomás) se presenta como resucitado ¿cómo iba él mismo a meter sus dedos en las llagas de otro ho...
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Roderick Guzmán Meza








