Reflexiones de Martes Santo
18.03.08 @ 20:53:30. Archivado en Religión
La Semana Santa nos somete a jornadas de reflexión, no pocas veces intensas y hasta onerosas por los vanos resultados que apenas obtenemos al tratar de explicarnos algunos actos irracionales de nosotros los humanos, entre los que es imposible excluir las transgresiones a la moralidad y la convivencia. A esto llamémosle pecado.
De día o de noche, cuando tengamos algo de tiempo, cuando no nos agobien las vicisitudes domésticas, contemplemos el universo, los astros, la negrura del orbe, dirijamos nuestra mirada también a la naturaleza que nos rodea y establezcamos un punto de partida para la meditación.
Al tratar de explicarnos el balance existente en el abismo estelar, donde una supernova es el resultado de un colosal cataclismo cósmico y la dorada eclosión de una flor, nos quedamos pasmados ante una insalvable frontera.
Entonces, para defendernos del terror existencial, del devorador vacío, acude a nosotros la idea de que una entidad suprema, de inconmensurable poder, ha diseñado todo cuanto podemos y no podemos ver, palpar, oler, paladear y palpar.
Sentimos algo de alivio al sabernos protegidos. La luz de cada mañana, los delicados hilos luminosos que sobre los pétalos se deslizan y anidan de igual manera en las rocas y en las nubes, en la ladera nevada y en el orlado frenesí de las olas nos hacen percibir esa presencia. Las tinieblas desgarradas por el ígneo impulso de la energía solar se transforman en minúsculas criaturas de terror, atadas y encarceladas en la lejanía.
Pero, ¿por qué la creación? ¿Cuál ha sido la motivación del acto creador? Dios crea el universo con un propósito, dicen, pero nadie sabe explicarlo.
¿Qué necesidad ha tenido la deidad portentosa de diseñar un firmamento, un cielo a partir de una supuesta nada? ¿Qué papel ha de jugar el enclenque y efímero ser que le adora? ¿Por qué generaciones y generaciones para confirmar su grandiosidad si apenas somos una mancha insignificante en una planicie tan vasta como remota?
Ni las luces más amplias de las mentes más lúcidas, ni los mayores dotes intelectuales podrá explicar cuál ha sido el sentido de la creación, a no ser que recurra a una respuesta emparentada con los dogmas y la fe.
Dios ha debido estar absolutamente solo antes de la creación. Encerrado en la oscura cápsula de la eternidad no necesita de nada ni de nadie (porque no existe nadie). Se mantiene tranquilo, sin expectativas, contemplando el anillo de tinieblas que le ciñe.
Es todopoderoso y en su sereno sosiego, no existe nada capaz de perturbar su felicidad, pero tampoco nada puede discutirle su poder, su belleza, su paz.
Es infinito e imperecedera es su dicha. No hay fines ni propósitos, no existen esperanzas ni sueños. Es perfecto el estado en que su corazón sideral palpita sin movimientos ni leyes ni reglas, tan solo esa sagrada inercia. No ha de querer ni desear nada porque la necesidad no existe.
Lleguemos a este punto y esperemos alguna respuesta. Alguien dirá allá en lo alto de las tribunas que los designios de Dios son inescrutables. Por un momento, todo mantendríase en un cuadrante de mutismo; muchos asentirán y deplorarán todos los cuestionamientos anteriores.
Podríamos entonces imaginar la ociosidad divina. No hay necesidades, pero no por eso se habría de estructurar un proyecto de realidad, basado en la materia, en la organicidad y en lo inerte.
Pero, no podemos pedirle cuentas a la divinidad por su acto de creación, por su arte de prestidigitación por medio del cual ahora nos encontramos intentando acercarnos a una idea central, capaz de establecer el equilibrio entre la duda y la fe.
De pronto, pensamos en los actos de los hombres, criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios. Quien posee un normal juicio es capaz de conocer los pormenores de sus acciones, sus consecuencias. Será consciente de que si lanza una piedra contra una ventana, los cristales han de hacerse añicos y por ello ha de pagar las consecuencias. Quien no tiene discernimiento, dejará la piedra en su lugar o la arrojará sin comprender que unos vitrales han sido rotos.
Dios, ¿es o no consciente de lo que ha hecho y le importa poco lo que ocurra con su creación o simplemente no tiene la menor idea del alcance de sus acciones y por tal motivo el mundo es el atroz escenario del dolor de sus criaturas?
Las religiones echan mano de sus más imaginativos recursos para tratar de apaciguar la curiosidad de las mentes suspicaces, para darle un poco de heno emocional a su rebaño.
Imaginar, por ejemplo, que la muerte de un hombre en una cruz, sea el más grandioso acontecimiento de la historia de la humanidad, es una forma de manipular, a través de cierta culpa primigenia que aún gravita en el aterrador y oscuro fondo de nuestro subconsciente, toda la historia de la civilización occidental.
Me temo que al buen Dios no le interesan nuestras hipótesis, que esta expresión de la imaginación le habrá de resultar insípida y los sentimientos le han de ser una inútil demostración de atraso emocional, todavía muy ligados a la animalidad. Repito, si de esto se tratara. Mas no es así.
¿Por qué ese Dios inventaría una trama tan truculenta, tan terrible, tan llena de maldad para salvar de los pecados a la humanidad? Sangriento el escenario, no reparó en crueldad para llevar a cabo su plan. Entregar a un hijo a la ignominia de la muerte pública, no habría de ser precisamente un acto de amor, sino más bien una terrible expresión de sadismo, bajo la justificación de salvar a una masa bárbara e ignorante.
Es verdad, necesitamos una cadena que nos mantenga bajo control. Pero, de allí a inventar toda una epopeya de sombras para explicar los propósitos de un dios que reconoce de forma implícita que se ha equivocado al crearnos, ha de ser totalmente innecesario. Igual somos de malignos en lo más profundo del corazón.
Pero… me doy cuenta de que también podemos sentirnos desesperanzados y preferimos cortar el hilo de estas cavilaciones. Tal vez sí haya una fuerza majestuosa que impulsa la rueda del tiempo y da luz a los luceros. Por ahora, es todo.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/152154
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Sin embargo yo le digo, Roderick, ha olvidado usted la Resurrección. Y eso es algo que me parece clave para comprender este misterio. Aunque se me podría objetar que eso es una invención de la Iglesia para justificar la atrocidad de la Cruz.
Creo que la clave está en profundizar, en ahondar en el conocimiento, aunque pienso que de nada sirve la teoría mientras uno no experimente por sí mismo y saque sus propias conclusiones.
Se presta para mucho este tema y la limitación de caracteres en la escritura dificulta su tratamiento. Ojalá haya un buen número de comentaristas que se atrevan a aportar su granito de arena y puedan enriquecer la discusión, las opiniones sobre dicho tema. Creo, cómo decía, que da para mucho.
Tal vez andemos equivocados con nuestras creencias, mezcla de las influencias del bien con las del mal, y no logremos aclararnos. Tengamos que experimentar ciertas cosas, a través de vidas terrenales y en otros niveles, hasta alcanzar la evolución deseada que nos haga vivir completos y en un equilibrio justo.
Es muy interesante el tema que propone Roderick hoy y la forma en que lo plantea. Oportuno en las fechas que nos encontramos pero planteado atípicamente.
Sin embargo, ha ido a parar a la figura de la Cruz (quizás la más representativa de la Semana Santa).
El tema, que ha derivado por vericuetos y derroteros fuera de lo puramente religioso, al final ha ido a parar a la pasión de Cristo,....
Pero, fuera de bromas, yo creo que, si Dios es infinito y eterno, es decir, que existe desde siempre y es el (digamos) representante del sumo bien, también existe desde siempre el representante del sumo mal. No sé muy bien por qué pero mi tendencia natural es a ver la dualidad en todos los aspectos de la naturaleza. Una dualidad que no sólo se opone sino que se complementa. Así pues existe el calor y el frío, la noche y el día, la oscuridad y la luz; el bien y el mal. Dos caras de la misma moneda, dos formas o entidades que no viven la una sin la otra, que se mantienen juntas pero no revueltas, que cada una ocupa su lugar pero que no puede vivir, manifestarse, sin la otra. Es lo que los orientales llaman yin y yang.
Tal vez el desequilibrio entre esas dos fuerzas sea lo que ha roto el orden que debería reinar...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








