La Diablesa Catalana
17.03.08 @ 20:58:22. Archivado en Historia, Biografías, Vidas Imaginarias
Corría el mes de enero del año 1912. Barcelona era en ese entonces una ciudad hermosa, como lo es hoy día. Vivía allí Enriqueta Martí. Era una mujer pequeña de ojos oscuros y piel aceitunada. Su voz era un tanto grave y agradable, con matices que otorgaban cierta delicada armonía a sus frases, un encanto luminoso que seducía.
Frente a su casa había un colorido jardín, arbustos recortados de forma simétrica, columpios, arenales. Ella se paseaba casi todos los días. Desde su lado del vallado podía ver a todos los que por allí transitaban. Podía ampararse en la sombra de los árboles mientras observaba con detenimiento el movimiento de la calle.
Frente a la estructura donde habitaba nuestra protagonista de hoy, había un parque. Muy concurrido, era de preferencia un punto de reunión de los niños de los alrededores que corrían y hacían piruetas sobre la hierba.
Ella fisgoneaba con cautela a los pequeños. Posaba sus negras pupilas sobre los más alejados, los solitarios, los tímidos o los aquejados por alguna malformación o enfermedad. Mientras observaba el vaivén de las olas infantiles, una creciente agitación le subía por el pecho, hasta instalarse en el centro de su cerebro que hacía ebullición.
Cierto atardecer, uno de los chicos desapareció. Podía verse a la madre desesperada entre quienes se esparcían tumbados sobre el césped o sentados al pie de los árboles. En la fase extrema de su desesperación, la mujer gritaba el nombre del hijo y tan solo podían oírlo los hilillos de las raíces y denso cuerpo de los troncos.
Desapareció sin dejar rastro. Nadie vio nada, nadie escuchó nada. Virtualmente esfumado en el aire, la criatura no dejó ningún rastro. Ni sus juguetes, un oso de felpa, una pala y un soldadito
La noticia se expandió de prisa, pero al parecer no causó una conmoción.
A veces ocurrían cosas como esa. Los chicos se extraviaban y aparecían en otro lado. Los padres separados de las madres, se llevaban a sus hijos para fastidiarlas, pero este no era el caso.
Otro muchacho se hizo aire. La rama de un árbol se mecía y una espiral de polvo se levanta sobre la acera donde había quedado la bicicleta tumbada sobre uno de los cuadriculados de la vereda de cemento.
El hecho trascendió a los diarios locales. Algunos intercambios de opiniones en los cafés y las plazas, le daban sazón a la historia. Una horda de adoradores del diablo había secuestrado a este niño y posiblemente al anterior para invocar su presencia. Otros con menos fantasía, pero con más prudencia consideraban que había sido un acto criminal. No estaban lejos de acertar.
Comenzaron a tejerse historias de todo tipo, ya con el tercer desaparecido. Sin embargo, los padres y madres para paliar un tanto su propio temor inventaron decirle a sus hijos que quien cometía los plagios era un personaje sombrío, maléfico e invisible conocido como “el hombre del saco”.
Al caer la tarde del 10 de febrero de 1912, tres semanas después del primer suceso, una niña de cinco años de nombre Teresa Guitart fue considerada desaparecida. La prensa hizo eco del hecho. Por primera vez se le dio una importante cobertura. La foto apareció en varias primeras planas acompañada por la súplica de los desesperados padres.
Es curioso, pero la niñita iba del brazo de su madre. Regresaban a casa luego de haber correteado por varias horas. A la entrada del edificio, la progenitora de Teresa se detuvo a conversar con una vecina. Unos cuervos volaron sobre el campanario de la iglesia.
Cuando subió a su piso, se dio cuenta de que algo faltaba. Sus manos vacías extrañaron de pronto la presencia de la niña. Como una exhalación bajó por las escaleras y gritó su nombre. El bullicio del atardecer engullía las sílabas el trisilábico nombre. El ruido de los primeros vehículos desvanecía en sus estridencias la voz de la mujer desesperada. No hubo respuesta.
Allí había estado Enriqueta. Con un manto negro muy largo, cubrió a la niña y se la llevó. La intentó seducir con el muy atávico engaño de los dulces y los caramelos, pero cuando la pequeña se percató de que no estaba por allí cerca su madre, intentó correr. Era demasiado tarde. La diablesa había capturado su primera víctima. La noche caía con suavidad sobre la torre de la catedral y después se deslizaba con creciente velocidad sobre toda la ciudad.
La policía montó varios operativos pero todo fue inútil. Teresita no aparecía. Sin embargo, por algunas casualidades ocurren las cosas. Una vecina vio cierto atardecer un rostro asomado a la ventana de una de las casas. El sucio vitral no le impidió ver una mirada anhelante y una muda súplica en el gesto.
La policía acudió al lugar. Entró uno de los brigadistas mientras otro custodiaba el perímetro. Dentro, una mujer y dos niñas, tenían aspecto de recién haberse despertado. “Una es mi hija y la otra, la de la cabeza rapada, la encontré caminando por las calles”, dijo la dueña de la pieza. Por supuesto, nadie en la estación creyó esa historia.
Los expedientes demostraban que Enriqueta había sido detenida en 1909. Poseía un prostíbulo con menores de ambos sexos de entre cinco y dieciséis años. Pero todo quedó allí, porque su cómplice era hijo de una distinguida familia de la localidad.
No obstante, se procedió con el caso. Las niñas dieron cuenta de los hábitos estrafalarios de Enriqueta. Se solazaba en la fornicación como quien mira el crepúsculo. Hombres de todo tipo habían entrado a su habitación, mientras las pequeñas se escabullían por otras partes de la casa.
Una de las niñas, llamada Angelita, dijo que Enriqueta cuidaba a un niño llamado Pepito. En cierta ocasión, la mujer llevó al pequeño a la cocina y lo dejó sentado sobre una mesa mientras buscaba algo en los cajones.
Después, añadió la criatura, lo acostó sobre la superficie de madera y le clavo varias veces el cuchillo en el vientre, en el cuello y en el rostro. En medio del terror, la chavala se hizo la dormida.
Otro niño que había sido secuestrado por Enriqueta Martí, había llegado a la casa harto nervioso. Como lloraba mucho, la salvaje arpía lo llevó hasta una de las habitaciones de la parte trasera donde le cortó el cuello. Después de eso, lo pico en pedazos con un hacha un tanto oxidada y depositó los pedazos en un saco. No se supo que hizo con los restos.
Cuando los investigadores entraron de lleno en la casa de Martí, fueron sorprendidos por el terrible olor a grasa quemada y a putrefacción matizada con sustancias para la limpieza desodorizadas.
En el desván los policías encontraron el talego. Dentro encontraron pequeños huesos. Después de confirmaría que pertenecían a niños. En un horno, un tanto oxidado, carcomida el esmalte, un cráneo miraba con estupefacción el rostro de los policías que se asomaron al interior.
En uno de los clóset los gendarmes encontraron costillas, clavículas, rótulas, húmeros, pedazos de cráneo. Huesos astillados se habían prendido del tejido de algunas prendas de vestir. Sobre el piso, algo parecido a un metatarso. Estos restos se notaban chamuscados. Algunos montoncitos de ceniza se elevaban como eslabonadas cordilleras entre zapatos y pantuflas.
Ante esta evidencia, Enriqueta Martí alegó que utilizaba las osamentas para estudios de anatomía. Anémica justificación toda vez que los médicos consideraron absurdo el uso de huesos quemados para estudios de la anatomía.
En el último sitio de la casa donde se investigó se encontraron varios frascos de vidrio. Dentro, grasa, sangre coagulada, vísceras desprendidas de raíz de sus asentamientos, ojos resecos como pasas. Colgada de una percha, engullida por la oscuridad, se mecía una cabellera rubia de niña.
En total, los restos encontrados en varios lugares donde había vivido Enriqueta pertenecieron a unos diez niños y niñas. Al final, se descubrió que la Martí utilizaba a los niños para la fabricación de pócimas y brebajes para levantar el ímpetu erótico y como afrodisíacos de sus igualmente desquiciados clientes. No dejaba por matar de celebrar orgías pederastas donde los niños perdían la vida. Fuentes de la época también manifestaban que para combatir la tuberculosis debía beberse sangre humana.
Se dice que la lista de los pervertidos clientes de la Martí involucraba a médicos, abogados, comerciantes, políticos, personalidades relevantes de la localidad y hasta algún escritor. Pero pronto el asunto dejó de estar en la primera plana. Hubo la casualidad que por aquel entonces, un trasatlántico colisionara con un iceberg y se hundiera, era el Titanic.
Enriqueta Martí, finalmente, murió a manos de sus compañeras de prisión que la lincharon. Nunca se celebró juicio a esta monstruosa mujer, una de las más malvadas y feroces criminales que haya existido.
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Estas historias que nos cuenta son cada vez más horripilantes, cada vez más desagradables, cada vez más siniestras.
Suelo abrir la página y sin acordarme de que el escrito pertenece a la serie de los lunes, comienzo desprevenida la lectura...No sé cómo soy capaz de llegar al final. Como mínimo termino la lectura con náuseas y arcadas.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Roderick Guzmán Meza








