Caballo Loco el Guerrero Místico (Final)
14.03.08 @ 22:09:59. Archivado en Guerras, Invasiones, Biografías, Vidas Imaginarias
Custer ascendía por la cuesta contraria, pero los indios le salieron al paso. Interceptado por los guerreros de Caballo Loco o Tasunka Witko el general de los cabellos largos sintió por primera vez en su vida el aliento de la muerte. Vio a lo lejos, sobre un caballo oscuro como las tinieblas de una noche tormentosa, un jinete con el rostro parecido a la nada. Sentía su mirada vacía, su inequívoco vacío. Pero, dentro de su pecho, palpitaba también el corazón del guerrero y en su cerebro el cálculo del estratega. Esta vez, sin embargo, sería la primera que cometería un error.
Tasunka Witko guió a sus combatientes seguro de la victoria. Rodeó a las huestes de soldados blancos. Comenzó a conformar los círculos con los cuales acorralaría al militar. Las casacas azules se encerraban en un núcleo para construir su bastión defensivo.
El movimiento circular de Caballo Loco envolvía a los hombres blancos. El cerco se cerraba y parecía imposible salir de él. Custer se dio cuenta de que permanecer sobre las cabalgaduras les convertiría en blanco fácil para las balas y las flechas de los Sioux y los Cheyenes.
También formó Custer un círculo protector. Era como retornar a claustros atávicos donde la calidez proporcionaba seguridad, donde los sonidos eran tan solo los movimientos de un corazón que motivaba la vida. Entonces comenzó la rotación de los guerreros, de los feroces combatientes, estimulados por la visión de los ancestros, por la voz del halcón y la trepidación de las estampidas de búfalos.
En cada nuevo giro, con cada revolución, los adversarios del general de los rizos de oro, descargaban relámpagos de metal, tormentas de lanzas y saetas. La furia de los indios comenzó a quebrantar la resistencia de los blancos. El corazón de los soldados estadounidenses temblaba ya de pavor, en sus ojos se asomaba el pánico al contemplar a la muerte vestida con lana y coloridos penachos.
Uno a uno caían los soldados blancos. Las balas les reventaban las carnes, desbarataban sus cabezas, las lanza hacían saltar las vísceras, los tomahawks los ojos y el encéfalo carcomido por la violencia del bronce y la roca.
Los cuellos desnudos de los vestidos con chaquetas azules se convertían en cataratas de sangre. Las venas y las arterias abiertas derramaban el fluido vital sobre la tierra oscura, donde antes pacía el venado.
Para consolidar la defensa, Custer ordenó a sus soldados matar los caballos. Detrás de los equinos muertos, los combatientes formaban trincheras desde donde disparaban sus fusiles ya casi sin municiones. Sobre sus cabezas revoloteaban los cuervos en una macabra danza de sombras con los picos abiertos y los ojos sin vida.
Por todas partes rugía el trueno y gritaba el búho. Por todas partes temblaba el ciprés mientras las nubes cubrían las cimas de los montes con su crespón de gas y nieve. Todo el campo de Little Big Horn se había tornado escarlata. Los poros de la tierra se habían inundado con la brillante y espumeante licuefacción de glóbulos y células despedazadas por el fuego y el azufre.
Solo media hora duró la hecatombe. En treinta minutos, los dioses antiguos aplastaron al crucifijo y encendieron el universo blanco. El tiempo se detuvo incrustado en un rojo peñasco. No se movieron los relojes ni el planeta giró. Fue un período en que los anales fueron interrumpidos por la vorágine festiva de la muerte.
Al finalizar, volutas de humos ascendían desde los cadáveres. A cierta distancia, un solo caballo galopaba hacia la pradera. Era Comanche, una de las cabalgaduras de los soldados que había roto la brida y lanzado a su jinete sobre un tumulto de tierra donde se deslizaban los escorpiones y las víboras.
Los indios se reunieron en torno a Caballo Loco. El líder resollaba con el rostro manchado de sangre. Los demás también mostraban las señas de la fiereza de la batalla. Frente a ellos, yacían sobre el barrizal los cuerpos sin vida de 225 hombres blancos y unos 40 indios. Boca arriba, traspasado por flechas, lanzas y balas, Custer estaba tendido con los ojos abiertos contemplando el vuelo del cuervo antes descrito. En sus ojos había hielo y eternidad.
Caballo Loco cabalgó entre los caídos. De pronto, todo se borró y se tornó en oscuridad. Hacía frío. El valeroso guerrero percibió imágenes remotas de otros tiempos. Montañas bañadas en luz, extensos pastizales pintados de oro y esmeralda. Se acercaban viejos adalides tocados con majestuosos penachos. Se le acercaron sin decirle nada. Tan solo en sus ojos pudo ver dibujada la punta de una bayoneta. No supo explicarse Caballo Loco la visión, pero al retornar a la realidad sintió el roce de una leve brisa que le hizo sentir miedo.
Sintió dentro de si que el hombre blanco regresaría, cargado de muerte para vengar esta humillante derrota. En su corazón se abrió una trocha de angustia por donde vio asomarse innumerables fantasmas con su propio rostro.
Los vientos salvajes le trajeron la voz del búfalo que a lo lejos pastaba. Hizo una seña y todos le siguieron. Volverían a su nación con las manos manchadas de sangre, pero satisfechos y victoriosos.
Cuando desmontaron, Caballo Loco fue abordado por su pariente, Alce Negro, también bravo guerrero, le miró de hito en hito, como si desdibujara su silueta. Después le habló en su lengua sobre la traición y la muerte. Caballo Loco no dijo una sola palabra, tan solo se detuvo un instante sin verle para después entrar en su tienda.
En la batalla de Little Big Horn, ante la ferocidad de la contienda, indios y blancos se enfrentaron en una batalla cargada de simbolismos. Las dos secuencias de círculos chocaron.
El círculo del ataque, de la avanzada, el círculo que se expande y consume, que conquista y asimila. El círculo de la defensa regresa al punto medular de la acción desde donde no puede volver a difundirse mientras se mantenga el contacto entre las dos fuerzas antagónicas.
Después, el ejército volvió tal como imaginó Caballo Loco. Ejerció sobre los indios una incontenible presión que obligó al héroe indio a rendirse. Apresado por los soldados blancos, fue encarcelado en el Fuerte Robinson, donde sería asesinado a bayonetazos el 5 de septiembre de 1877.
"Miré ante mí y percibí que los montes tenían peñas y bosques, y que de las alturas partía todo género de colores hacia el firmamento. De súbito estuve en la montaña más alta, y alrededor de mí, a mis pies, se dilataba el cerco total del mundo. Y estando así, vi más de lo que puedo enumerar y entendí más de lo que vi; pues veía de modo sagrado, con el espíritu, las formas de las cosas, y la forma de todas las cosas que deben vivir juntas como un solo ser. Y advertí que el aro sacro de mi pueblo era uno de los muchos que constituían un círculo, amplio como la luz del día y el resplandor de las estrellas, y en el centro había un poderoso árbol florido que cobijaba a todos los hijos de madre y padre. Y observé que era santo”… ALCE NEGRO…
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Yo, personalmente, me inclino por los países pequeños, Portugal, Armenia, Grecia, Irlanda, Panamá, Costa Rica, Cuba y tantos otros...Pequeños en tamaño físico, en poder, pero grandes en espíritu.
Me enfrento a entes que admiran al pueblo USA mas no a sus perversos mandatarios y ejércitos llenos de ricitos dorados destroza verdes praderas y que oprimen, torturan y esterminan a místicos guerreros defensores de los venados que antes -de la llegada del malo- pacían libres.
Deploro a los políticamente correctos y me quedo con la Malinche. Como haría Cochise, by the way...
Vivan Hernán Cortés y Pizarro.
Yo no tengo para nada la sensación de ver aquí un alegato sobre buenos y malos, ni siquiera de vencedores y vencidos. Sí veo, sin embargo, basada en hechos reales, en acontecimientos históricos, una metáfora sobre la naturaleza humana, sobre el profundo sentido de la energía que mueve al hombre, sobre el eterno simbolismo de ese principio que guía la historia de la humanidad y en el cual se basa cualquier sentimiento o motivación, cualquier mecanismo de vida (y de muerte), el Yin y el Yang.
Mi admiración por los grandes países no se verá jamás recompensada, más reitero lo dicho.
Demasiado políticamente correcto todo, la pradera, el tufillo antimperialista del cuento y de los comentarios, las plumas de Crazy Horse, la sangre y visceras del ricitos de oro, el venado que pastaba, y el pequeño gran hombre llamado caballo y que bailaba con los lobos imperialistas.
!Ah y gratis!; los EE.UU de América del Norte son un grandísimo país.
Y lo mismo les parece a los bisnietos de Cochise, Gerónimo, Diez Osos, Alce Negro, Nube Blanca, Toro Sentado e incluso el "Místico" Crazy Horse...+ no al chorra de Evo ni al ardoroso Chávez ni al Coma-andante.
Ni al parecer a usted, dear very politicaly correct Robert.
Al final los bisnietos de Custer (ni tantos rizitos de oro, ni tantos errores)tienen que tragarse, hoy, la versión políticamente correcta de que Custer era un HP imperialista y xenófobo, mientras que los de Caballo Loco (ni tan místico, ni tan poetico) se forran con las franquicias de los casinos...
Enfin, mal q pese a algunos,
¡Vivan the USA!
Al final los bisnietos de Custer (ni tantos rizitos de oro ni tantos errores)tienen que tragarse hoy la versión políticamente de que Custer era un HP imperialista y xenófobo, mientras que los de Caballo Loco (ni tan místico ni tan poetico) se forran con las franquicias de los casinos...
Enfin, mal q pese a algunos,
¡Vivan los USA!
Atraído por el olor a sangre, allí está Roderick dispuesto como siempre a relatarnos su crónica de la muerte. Pero tras ese maremagnum de vísceras, cuerpos inertes, olor a pólvora, hombres y caballos bañados en charcos de sangre, uniformes azules, chalecos bordados con hilos de colores, flechas y rifles, reluce como siempre la belleza de la buena literatura, el empleo de la sabia metáfora, el lujo en la descripción de los detalles y...ese algo más, esa nota entre humana y divina, ese misterio entre la caducidad y lo eterno, ese profundo significado que se encuentra presente en cualquier acto humano, representado aquí en la figura a la vez simple y elemental y a la vez sagrada y completa del círculo, que sólo Roderick Guzmán Meza consigue plasmar en sus escritos.
Confieso que comencé esta lectura sin muchas esperanzas, sin mucho ánimo y con algo de curiosidad, motivada un poco por el recuerdo de las películas de mi infancia pero temiendo que me resultara tediosa y aburrida, como así terminaron por cansarme las famosas películas de luchas entre comanches o sioux y el famoso 7º de caballería...
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Roderick Guzmán Meza








